Opinión

Setas de invierno

Opinión 

La niebla se apretaba suavemente a nuestro alrededor. Dudábamos. Sin darnos cuenta, nos desviábamos de la senda que creíamos conocida. Caprichosa envoltura, al amanecer solo era un augurio. Por unos instantes fuimos dos cuerpos temblorosos que caen en un abismo. Sentí miedo. ¿Ha sido su memoria o la mía? ¿Ha desaparecido, simplemente, o somos nosotros los que olvidamos? Un aleteo nos despierta del letargo, damos la vuelta, enderezamos la dirección de nuevo. Nos acompaña el reclamo de un trepador azul. El canto rompe antes que la palabra. Mi padre me recuerda que los faisanes son muy querenciosos de las encinas de esta solana. Olvidamos el canasto. El gesto que quedó por hacer delataba lo que temíamos, pero ignoramos pronunciar.

No hace tantos inviernos volvíamos a casa el último día del año con setas de chopos, faisanes de encina, panaderas y champiñones. Hoy regresaremos con las manos vacías. Pienso en ello mientras no dejo de tocar una piedra rugosa que cogí al llegar. El tacto como remedio ante un lenguaje que aún mastico, no sé darle nombre, ¿tengo acaso que hacerlo? La superficie bronca me calma, la lectura de sus bordes y restos de tierra y raíces pareciera hablarme de lo que desaparece, de un territorio nuevo que se forma entre la nostalgia, la incertidumbre y el deseo. ¿He dejado de habitarlo o comienzo de nuevo en él? Camino sobre la lengua de los frutos que no fueron. Recordar me trae otros paisajes, titubean nuevos y extraños a la vez. Dicen que la repetición crea intimidad, me pregunto qué confianza nace en estas lindes de pérdida y anhelo. Podría ser una nueva forma de estar aquí. El futuro bajo nuestros pies, haciéndose antes de ser visto, como algo que todavía no sabe cómo levantarse, cómo decirse. Pero sigue siendo, porque una lengua insistente es una lengua verdadera. Luz o herida, también alcanzan y nos tocan las historias que se comparten y se heredan porque supimos prestar atención.

Detalle de A Forest Floor Still Life with Birds, Butterflies and a Lizard Melchior d' Hondecoeter, c. 1668
Detalle de A Forest Floor Still Life with Birds, Butterflies and a Lizard Melchior d' Hondecoeter, c. 1668.

Mirar hacia abajo, abrir la navaja con cuidado, espigar, no aprisionar las esporas entre los mimbres, recolectar, cocinar, aderezar, morder, volver al instante que te regaló el sabor. También yo soy organismo querencioso y quiero un mañana en el que pueda regresar a casa. Pero aquí seguimos, caminando sobre estratos de tiempos que no coinciden y a la vez se entremezclan y se superponen, nos mantienen en pie, nos enseñan a seguir a pesar de que desconocemos qué brotará de él. Vivimos, qué curioso, inmersos en un vaivén que nos encierra en una ilusión en la que nada hubiese cambiado. ¿Tenemos relatos verdaderos para contar lo que ocurre? Las setas no están, son fantasmas, pero siguen hablándome de un territorio transparente e indócil, donde hay organismos que se resisten a las lógicas que hoy operan, que desaparecen sin garantizar rendimiento, que no quieren ser domesticadas. Si comenzamos a pensar desde aquí, la paciencia y lentitud se volverán privilegio y así, tal vez podríamos aprender del metabolismo de los hongos. No hay nuevos principios, no se deja nada atrás, lentamente se transforma en otra cosa que florecerá cuando sea el tiempo.

Los caminos que hoy abrimos se olvidarán mañana. Antes de irnos recordamos a aquel que quiso seguir repoblando este trozo de tierra. El sol comienza a desprenderse, llega a los pequeños alcornoques que se sembraron de bellota hace más de veinte años. Estos claros serán abrigo de otras huellas, de otros cuerpos, de otras canciones, de otras lluvias, de otras costumbres. La memoria del suelo volverá a archivar lo que fuimos. No sé si volveremos nosotros, si nos recordará el lugar la vereda antigua que fue de cabras y linces. Ahora ansía que lleguen las yeguas, los cerdos, los cielos claros, otros animales furtivos y salvajes. Quedará un sendero conmigo, seguirán creciendo los árboles.