Con 51 años de edad, el humorista Joaquín Reyes señala que las plataformas digitales promueven una crítica permanente y una presión desmedida hacia la propia persona y hacia los demás.
Autoexigencia
El cómico medita en 'El sentido de la birra' acerca de la valoración personal, el agobio de la visibilidad en entornos virtuales y la “economía de la atención”.

Joaquín Reyes, 51 años: ''Uno de los retos que encaramos respecto a la autoestima y el uso de redes sociales consiste en que nos evaluamos de forma permanente, dándose un grado de autoexigencia perjudicial''

Los medios sociales se han vuelto un elemento esencial del día a día, aunque no carecen de inconvenientes. De este modo lo manifiesta Joaquín Reyes, quien ha compartido un análisis bastante severo acerca de la influencia de dichos espacios en la valoración personal y en el modo en que los individuos interactúan con su propio ser y con el resto de la sociedad.
El humorista trata este asunto en medio de una charla relajada en El sentido de la birra, en la cual enfatiza una tendencia que le resulta inquietante: el juicio continuo al que nos exponemos dentro del ámbito virtual.
El perfeccionismo incesante en redes
Tal como indica Reyes, una de las principales complicaciones ligadas al manejo de las redes sociales radica en que impulsan una comparación constante. Los usuarios no solamente vigilan y valoran a otros sujetos, sino que igualmente se examinan a sí mismos de modo persistente, originando una autoexigencia que describe como evidentemente nociva.

Desde su perspectiva, esta tendencia repercute de forma particularmente intensa en las mujeres, quienes enfrentan una exigencia suplementaria vinculada con la estética, la visibilidad y el deseo de complacer. Una carga que, en lugar de resultar beneficiosa, termina determinando la forma de proyectarse y de entenderse a sí mismas.
La urgencia de agradar y la “economía de la atención”
El comediante igualmente cuestiona la dinámica contemporánea de la exposición permanente. Menciona un requerimiento de exhibirse, agradar y atraer que se ha vuelto habitual en el ámbito virtual, aunque no lo percibe como algo beneficioso. Todo esto se sitúa, de acuerdo con su estudio, dentro de lo que llama la “economía de la atención”, una estructura donde atraer la atención resulta prácticamente imperativo.

Bajo este panorama, Reyes manifiesta un particular malestar ante expresiones tales como “monetizar” o “capitalizar” la atención, vocablos que representan según su visión la manera en que se ha asimilado una narrativa donde cada individuo está obligado a transformarse en su propio sello comercial.

¿Cuándo nos creímos esa historia?
A lo largo de la plática, el humorista cuestiona en qué punto la colectividad admitió con escasa oposición la noción de que cada persona tiene que comercializarse, publicitarse y luchar por el interés ajeno. No lo expone a través de la añoranza ni con un enfoque ético, sino como una propuesta para meditar sobre la manera en que se alcanzó este punto de forma inadvertida, gradualmente.
Admite que esta transición no resultó repentina, sino progresiva, lo cual ha propiciado que numerosos individuos se hallen hoy plenamente involucrados en una rutina que provoca agotamiento psicológico.
Sin mostrar una actitud pesimista, Joaquín Reyes invita a meditar acerca del empleo de las plataformas digitales y su repercusión en el bienestar psicológico y la valoración personal. Si bien reconoce que estos asuntos suelen tratarse de forma superficial, considera fundamental detenerse a evaluar los efectos futuros que conlleva esta exhibición ininterrumpida.