Una choza simbólica

Opinión

Una choza simbólica
Periodista

He vivido en nueve domicilios distintos hasta la fecha. La mayoría fueron pisos en Barcelona, pero también en otras ciudades e incluso en el campo, en una casa vieja, con tejado a dos aguas, enclavada entre un trigal y un tramo de autopista. Tampoco son tantas: la escritora Stefanie Kremser recuenta hasta 22 direcciones diferentes en el libro Si aquest carrer fos meu (Edicions de 1984), en su caso en cinco países distintos, entre Europa y las Américas. En cada una de las nueve viviendas donde moré, fui una persona distinta y, a la vez, la misma. Todas forman parte de mí aunque alguna solo fuera el continente de un trozo de vida en tránsito; cada una tenía un aroma peculiar y se avenía de forma distinta con la luz. A veces sueño aún con la habitación que alquilé en una casa victoriana, apartada del centro de Londres, con su ventana de guillotina que daba a un jardín descuidado y una vía muerta. De alguna manera, también he vivido en Manderley y en Thornfield Hall, la mansión de Jane Eyre.

Por esas casas y vidas vividas, hará cosa de un año me deslumbró el memoir Anhelo de raíces (Gallo Nero), de la escritora de origen belga May Sarton, donde relata el proceso de comprarse una casa, la primera de su propiedad, en 1958 en la localidad de Nelson, en el estado norteamericano de Nuevo Hampshire. Se trataba de un caserón destartalado del siglo XVIII, con los establos a punto de venirse abajo, que no solo logró transformar en hogar durante una década, sino también en «una defensa contra el mundo», en un santuario para la escritura, en un lugar donde domeñar a sus demonios a través de los hábitos metódicos: «La rutina no es una prisión, sino el camino hacia la libertad del tiempo». Sarton se encontraba entonces a punto de cumplir la cincuentena, esa encrucijada que invita a hacer balance, a prescindir de lo superfluo.

‘Cabaña mínima’, de Lola Irún, ahonda en el vínculo que une al ser humano con la naturaleza y la creación

Si menciono Anhelo de raíces es por el hilo mágico que lo une a otra lectura muy reciente, Cabaña mínima / Cabañas escritas (La Garúa), de la poeta Lola Irún, un libro sorprendente desde sus características físicas: arranca como poemario, sí, pero le das la vuelta al artefacto y se transforma, con la misma portada, en un ensayo lírico, dos obras que son una y comparten idéntico propósito; esto es, ahondar en el vínculo estrechísimo que ensambla al ser humano con la naturaleza y la creación artística. Honra a la autora el hecho de expresar agradecimiento a sus maestros, los poetas Rafael Argullol, Ramón Andrés, Teresa Martín Taffarel y Jesús Aguado, quien prologa la obra: «Un poeta hace habitable el mundo —escribe—. Un poeta tiene vocación de cobijo, de cobijar».

Más allá de la crisis habitacional que nos ocupa y maniata a la juventud, la vida se aviene mal con la intemperie; necesitamos una choza mínima. No solo una cabaña física, como la que se construyó H.D. Thoreau a orillas del lago Walden, sino un lugar simbólico entendido como interioridad, refugio y simplicidad, un lugar que permita repensar este mundo loco. Volver a lo simple, a lo que se zampa la cotidianidad.

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