
Celorio: palabras que retiemblan
No fue una mujer como apuntaba la rumorología, pero sí un hispanoamericano. Mexicano, para más señas, un año después de que España fuera el país invitado en la Feria del Libro de Guadalajara y a las puertas de que Barcelona se convierta en la invitada de honor en el mismo marco. La hermandad prosigue. No es un mexicano cualquiera, claro, pero para lo que nos ocupa es un mexicano especial, especialmente nuestro en su calidad de dueño de la Cátedra Extraordinaria Maestros del Exilio Español en la Universidad Nacional Autónoma de México. Quizá lo único que le faltara a este lado fraternal de la lengua fueran lectores, pero aquí va el premio gordo para remediarlo. Recorrer la bibliografía de Gonzalo Celorio es abrirse a un conocimiento profundo de la historia reciente de México, donde no falta, por supuesto, la odisea de los exiliados -El metal y la escoria la protagoniza un joven de una aldea asturiana que acabará dirigiendo un emporio de bebidas en tierras mexicanas-, ni la familia como ente de dolor y disparate -en Los apóstatas recurrió a la figura de sus hermanos para hablar de los delirios a los que uno se arroja cuando falla la fe-, ni la modelación de un trasunto con el que encarar fantasmas y echar unas risas -el catedrático de literatura en creciente estado de embriaguez de Y retiemble en sus centros la tierra recorría la huella colonial de la capital mexicana en un periplo más catártico que artístico.

Aficionado a diluir las fronteras entre ficción y realidad en sus novelas, y enorme conocedor de la tradición literaria hispanoamericana, no es de extrañar que Celorio haya alumbrado también grandes títulos cuando él se ha colocado en el centro del relato, es decir, al componer memorias (léase ejercicios ficcionales camuflados), o cuando la materia de estudio ha sido la literatura. En el primer caso, prácticamente salido del horno (¿contaba su fiel sello, Tusquets, con información privilegiada sobre el Cervantes?), tenemos Ese montón de espejos rotos, un repaso libre, burlón y a cara descubierta por la mil vidas que le ha tocado gozar y penar. Sobre el segundo, su Ensayo de contraconquista, cuaderno de pasiones lectoras y una lección magistral sobre la herencia barroca de la esfera hispanohablante, entre otros intereses y saberes. Pero como al autor le gusta jugar con los géneros, retorcerlos y voltearlos, ahí está también un título que es síntesis de ambos modelos, Mentideros de la memoria, donde el recuerdo de tótems a los que conoció -García Márquez, Cortázar, Monterroso...- convive con el análisis certero, pero en ocasiones abierto al tirón de orejas, de sus obras.
Quizá no hayan constituido más que puntos extra en el veredicto de un jurado que prioriza con lógica los méritos literarios, pero cabe recordar que el autor ha sido un volcán en múltiples áreas a veces consideradas injustamente demasiado periféricas respecto a la publicación de obra. Ahí es nada medio siglo ejerciendo la docencia, a lo que hay que sumar facetas como la de crítico literario, director de revistas, editor o máximo responsable de la Academia Mexicana de la Lengua. Expresado de otro modo, alguien que ha visto en las palabras algo que va mucho más allá de la creación de ficciones o ensayos; un transmisor/descifrador/preservador de sus posibilidades y fuerza.
