Carta de ajuste

Ahora que ya han pasado los fastos –muy relativos– de la muerte del dictador y la llegada al trono de Juan Carlos I, espero que me disculpen por dar mi propia versión personal de aquellos días. Ya sabemos que, con los años, en la memoria se nos instalan falsos recuerdos y podemos asegurar como auténticas cosas que en realidad no llegamos a vivir, pero pese a las dudas, segundas versiones y trampantojos de la edad, intentaré ofrecerles un relato fiel de un tiempo en el que, probablemente por vez primera, tuve conciencia plena de vivir días históricos. Habíamos pasado antes por el asesinato a manos de ETA del almirante Carrero Blanco, y aquel atentado ya supuso una iniciación a un tiempo de música clásica y sacra y una parálisis de un país que, en realidad, y esto es un juicio de valor a posteriori, ya había cambiado.

El 20 de noviembre de 1975 yo tenía 14 años de edad. Había crecido junto a un padre antifranquista que creyó, para luego decepcionarse seriamente, que con el fallecimiento del general habría gentes que, como Manuel Fraga (que había visto la democracia en Londres, me decía) podrían llevar este país nuestro de la dictadura a una democracia incipiente. Al fin y al cabo, había quien decía que estábamos, tras los 25 años de paz (sic), en una democracia orgánica, como se la llamaba entonces, con unas Cortes y todo y algunos simulacros de votación. Al pa, pa, i al vi, vi , ¿recuerdan alguno de entre los mayores a Eduardo Tarragona y aquellos carteles? Le ganó la partida por el tercio familiar a Juan Antonio Samaranch, nada menos…

Ya he dicho que no quiero engañarles, así que no les voy a mentir asegurando que estaba muy politizado a mis 14, casi 15 años. Para nada. De hecho, en mi casa no se hablaba nunca de la guerra civil. Y si llegaba a asomar en la conversación de los mayores, inmediatamente se pasaba a un tono de voz susurrado. De forma similar, el catalán se usaba en entornos privados o con la dueña del colmado o el propietario de la librería, entre los mas cercanos que recuerdo. Pero jamás con cualquier figura con apariencia de autoridad. El de la guerra civil era un tema tabú y, en realidad, sólo recuerdo un pariente abiertamente crítico con Franco, un tío no carnal muy derechón que reprochaba al Generalísimo (doble sic) haberse amoldado al sillón y al poder y no hubiese proseguido con la revolución pendiente joseantoniana.

Todo era muy confuso, más para un mozalbete de mi edad, pero una espesa capa de miedo lo cubría todo. Había un temor que sólo se disipaba al cruzar la frontera y dejar atrás la patria. Pasar a Francia era una especie de aventura en sí misma. Creerán los más jóvenes que exagero, pero el poso de miedo y contención era muy real. La dictadura de Franco no fue, como prefieren creer algunos, una dictablanda . Al mismo tiempo, es obvio que se inoculó a sí misma su antídoto: clase media, progreso económico, mayor igualdad social y el boom del turismo y, con todas sus salvedades, del cine y la televisión.

El presidente de Gobierno Carlos Areias Navarro llora ante las c#{emoji}135;amaras de TV tras leer el testamento pol#{emoji}146;tico de Franco

Carlos Arias Navarro llora al anunciar la muerte del dictador Francisco Franco

Carlos Perez de Rozas

La dictadura de Franco no fue, como prefieren creer algunos, una ‘dictablanda’

Sigo con la historia de aquel 20 de noviembre de hace 50 años. Nos desayunamos, literalmente, con la noticia de la muerte del general. Ya se esperaba, fue una larga agonía. Pero el impacto fue notable. Mi padre salió a escape –hace 43 años que falleció; le dio el tiempo justo a votar por Felipe y ver que ganaba las elecciones– a verse todavía no sé con quién.

En mi casa, la televisión estaba bastante restringida, así que lo supimos por la radio. Y el televisor, al conectarlo, lucía una carta de ajuste ominosa a la espera del comunicado oficial que luego llegaría. Mi madre decidió que yo debía ir al colegio, aunque creo recordar que mi hermana se libró ese día. Éramos alumnos de un centro privado superficialmente catalanista a cuyas puertas nos recibieron dos Land Rover de la Policía Armada. Los grises nos conminaron a los más mayorcitos a ahuecar el ala. Y llegué de vuelta a casa a tiempo de ver, lo recuerdo vivamente, al orejas, es decir, a Carlos Arias Navarro sollozando en aquella televisión en blanco y negro.

Lo de la carta de ajuste se me ha quedado en la cabeza como un símbolo de aquel tiempo y de aquella esperanza matizada por la angustia e, insisto, el miedo. En realidad, la carta de ajuste me sirve como metáfora de un tiempo que sólo cobró auténtico color tras el fracaso del golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Con 20 años cumplidos y en la universidad, cómo viví aquello es otra historia. Eso sí, estoy muy de acuerdo con la tesis de Javier Cercas de que los tres traidores, a saber, Gutiérrez Mellado, Santiago Carrillo y Adolfo Suárez, mantuvieron la dignidad y fueron protagonistas claros, desde la valiente enmienda de sus orígenes vitales e ideológicos, de eso que llamamos la transición democrática.

No me extiendo más. Tolérenme, tal vez, dos añadidos finales. Uno, que fuimos de los primeros vecinos en tener televisión en color. Nuestro aparato estaba ya vetusto y mi padre se enroló en las filas de la modernidad. Pues bien, mi tío el facha –la expresión ya había empezado a circular– opinó al verla que no valía la pena, que la tele se veía mucho más nítida y mejor en blanco y negro. Ya les he dicho que aquello fue una prolongada carta de ajuste de todo el país a una nueva realidad.

Llegué de vuelta a casa a tiempo de ver al orejas, es decir, a Carlos Arias Navarro, sollozando

Y una última cosa. Hasta en su testamento –su famoso testamento de despedida– Franco incorporó, entre referencias a la unidad de España y la fe en Dios, etcétera, este fragmento admonitorio: “No cejéis en alcanzar la justicia social y la cultura para todos los hombres de España y haced de ello vuestro primordial objetivo.” Me sigue dejando ojiplático, porque no creo que nada pueda justificar la prolongada dictadura de Franco, pero esa referencia a una cultura que estaba seriamente limitada y censurada me sigue pareciendo una insufrible paradoja. Los héroes de aquellos años fueron los que eligieron no imponer su verdad ni su relato. Los tres tenores ya mencionados del 23-F y un amplísimo coro de gente que entonaba la canción del progreso y la libertad. A ver si no lo echamos a perder…

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