En la novela Fahrenheit 451 , nuestro banderín de enganche, el protagonista, el bombero Guy Montag, vive aterrorizado por el “sabueso mecánico”, un perro robot dotado de una aguja retráctil que inyecta morfina o procaína en dosis letales. En el caso de nuestra humilde brigadilla, el miedo cerval, nuestro chucho mecánico, se encarna en los eventos plúmbeos o, peor aún, en la ausencia total de presentaciones, en la eventualidad de que las semanas transcurrieran entre desolaciones de cráter lunar. Para nada. Aun cuando buena parte del sector editorial se encuentra ahora mismo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, en la capital de Jalisco, no te rajes, hemos mantenido el fuego vivo, deslizándonos por la barra dorada en un sinfín de salidas a la carrera.
Un no parar. El lunes estuvimos en la biblioteca Francesc Candel, un edificio que en otro tiempo lejano formó parte de la fábrica Philips. El auditorio estaba hasta los topes, sobre todo de trabajadores jubilados de la Seat, para escuchar a Jordi de Miguel (guionista) y Cristina Bueno (ilustradora), ambos autores de un libro que los interpela: La Seat: motor de llibertat . Una lluita obrera a la Barcelona antifranquista (Edicions de l’Ajuntament de Barcelona), una novela gráfica articulada en torno a la huelga del 18 de octubre de 1971. En esa fecha la policía irrumpió en la fábrica de la Zona Franca y sus disparos segaron la vida del obrero Antonio Ruiz Villalba; una de sus sobrinas se encontraba entre el público, en primera fila. “Cuando la Seat estornuda, España entera se resfría”, se decía en el tardofranquismo.
Sigue vivo el rescoldo de la memoria: la histórica, la de los amigos, la de las páginas leídas
Al día siguiente, mientras una servidora prendía una hoguera en La Central del Raval –se presentaba el libro de relatos El peso de la piel ( La Caja Books), de la periodista polaca Margo Rejmer –, otros colegas bomberos se desplazaron raudos al incendio metafórico en la +Bernat para rendir homenaje a su fundadora, Montse Serrano, de cuyo adiós acaba de cumplirse un año. Condujeron el acto José María Milá , empresario y socio del establecimiento, y Fernando Pelayo , quien se hizo cargo del proyecto de la fundadora (“Cuídame la librería”, le pidió Montse poco antes de fallecer). Una velada muy cálida a la que asistieron otras socias de +Bernat ( Mercedes Milá , Roser Viñuales ) y algunos escritores ( Enrique Vila-Matas , otro Enrique ( Murillo ), Víctor Amela , Lilian Neuman ). Se brindó con cava Inconformista, un nombre muy acorde con el evento.
También hubo chinchín en el 45.º aniversario del premio que concede la librería Documenta, donde, el jueves, nos dieron de merendar la mar de bien: queso con uvas y nueces, dulces, tallos de apio con humus y fruta cortada. Acudió mucha, mucha gente guapa, aparte de Josep Cots y Èric del Arco , los libreros con pajarita. Reímos bastante. Agentes literarios, editores, libreros de la competencia (leal), periodistas, escritores y poetas, como Francesc Bombí-Vilaseca , bombero honorífico de este cuartelillo.
Mercedes Milá y Enrique Murillo junto a una imagen de la librera Montse Serrano, que murió hace un año
A todo esto, el miércoles, nos habíamos plantado en Altaïr, la Capilla Sixtina de la literatura de viajes, para escuchar a Jordi Esteva , de girabautismal por la reedición de Los árabes del mar ( Galaxia Gutenberg), un libro híbrido entre la crónica nómada, el ensayo histórico y el testimonio etnográfico recabado en los antiguos puertos de Arabia y de la costa africana del Índico, en el paisaje que navegó Simbad. Lo acompañaron el editor, Joan Tarrida ; Pep Bernadas , cofundador de la librería, y el poeta, hebraísta y arabista Manuel Forcano , quien trajo a colación una frase de Agustín de Hipona digna de esculpir en piedra: “El mundo es un libro, y aquellos que no viajan solo leen una página”.
Al rememorar sus aventuras por aquellas latitudes, en busca de viejos navegantes a vela, de sus relatos orales, Esteva encadenó topónimos que invitaban a la ensoñación: los sultanatos de Omán, Suakin, Jartum, Zanzíbar, Lamu, Mombasa o la isla de Socotra. El cineasta encaminaba sus pasos allí donde intuía el desvanecimiento de un mundo, con el propósito de mantener vivos los rescoldos. A eso aspiramos también: que siga ardiendo la memoria, la histórica, la de los amigos que se fueron, la de los paisajes vividos y leídos.