Cultura

Hay que adaptarse a la música en vivo

Es un hecho, y muy beneficioso, el afianzamiento de Montjuïc como el polo permanente de la Barcelona musical, en variados frentes: sede de las paradas de las mastodónticas giras planetarias y albergue de conciertos de gran tamaño. El posicionamiento de la capital catalana en el mapamundi musical se ha consolidado debido a varios factores: la estrategia de las promotoras punteras en concentrar geográficamente al máximo los movimientos de sus estrellas; el magnífico resultado de alumbrar varios festivales de impacto internacional; la tendencia a que las actuaciones de primeras figuras no se circunscriban a solo una fecha (y allí la ciudad es muy atractiva en términos extramusicales) y una demanda cada vez más alta para ver a las estrellas en directo. 

En esto último convergen varios factores como el consumo relampagueante y visual de la música por parte de las jóvenes generaciones o el fenómeno fomo, es decir, cueste lo que cueste no convertirse en un bicho raro por ser el único en no ver en directo a tal solista o grupo. En nuestro entorno, los casos de Rosalía y Oques Grasses son paradigmáticos. Hay que ser realistas ante la evidencia: la demanda está allí y la ciudad tiene que adaptarse a la misma, si no quiere dejar de estar en las grandes ligas de tendencias, culturales o... Monetarias. Y ello significa aunar esfuerzos para que, por ejemplo, otros grandes recintos como los del Barça y del Espanyol se sumen a una coyuntura que va hacia los enormes aforos, adecuadamente comunicados. 

En otra escala, la incorporación regular del Poble Espanyol ya es una buena noticia, como también lo sería la recuperación del antiguo Palau d’Esports de la calle Lleida. Porque una de las grandes tareas pendientes es tejer y sobre todo facilitar un entramado de salas de pequeño y mediano formato a lo ancho de la ciudad, porque Barcelona es una factoría que emana músicos de primer rango (ahí no hay quien la gane) que han de vivir y compartir su arte.

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