Muere a la edad de 70 años Béla Tarr, la contraparte fílmica del Nobel László Krasznahorkai.

Obituario

El realizador húngaro, creador de piezas maestras como 'Sátántangó', que dura siete horas, y 'El caballo de Turín', fallece tres meses después del galardón a su íntimo compañero y principal aliado.

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Béla Tarr luego de ser premiado con el Oso de Plata de la Berlinale de 2011 por 'El caballo de Turín' 

JOHN MACDOUGALL / AFP

Las Claves

  • El cineasta húngaro Béla Tarr falleció recientemente tras décadas de una colaboración creativa trascendental con el escritor László Krasznahorkai.
  • Juntos

Tan solo tres meses después de que se concediera el Premio Nobel de Literatura al autor húngaro László Krasznahorkai, ha muerto su allegado y colaborador principal: Béla Tarr, director oriundo de Pécs (Hungría) que, aunque no logró la Palma de Oro de Cannes, el mayor reconocimiento cinematográfico, aspiró a ella y fue premiado en otros certámenes de peso como la Berlinale o Locarno, además de haber sido el centro de múltiples retrospectivas internacionalmente. 

Su alianza con Krasznahorkai, que se extendió durante cerca de treinta años, constituye posiblemente la más trascendental entre un autor y un director posicionados en un plano idéntico de impacto y calidad creativa, una singular unión de cinematografía y letras distante de los cánones tradicionales: “Normalmente tomamos una novela y, de alguna manera, la arruinamos totalmente. Sólo quedan algunos diálogos y situaciones. Luego tenemos que redescubrir todo lo que László ya había descubierto en la realidad cuando escribió la novela”, señaló Tarr alguna vez.

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Krasznahorkai y Tarr entablaron contacto cerca de 1985, momento en que el director se sintió cautivado al leer Tango satánico, el debut literario del autor. De inmediato planeó llevarla al cine, aunque la iniciativa sufrió retrasos debido a que los mandatarios comunistas no la aprobaban. Mientras tanto, redactaron conjuntamente La condena (1988), el quinto largometraje de Tarr, visto como el inicio de su fase más evolucionada, extrema y trascendente, alejándose del realismo social de sus obras iniciales. La contribución del novelista resultó fundamental, ya que transformó por completo la estética del realizador, elevándola a una dimensión más compacta, sombría, intensa y con un protagonismo superior del entorno natural, rasgo que perduró hasta la emblemática El caballo de Turín (2011). 

La trama de La condena podría presentar la fluidez del cine negro –un minero cautivado por una intérprete que se presenta en un cabaret llamado Titanik–, sin embargo, a través de su deliberado rigor estético en blanco y negro y el compás reflexivo de sus dilatados planos secuencia, desprende una lírica que funciona como la representación visual de la rigurosa literatura de Krasznahorkai.

Tras colaborar en la creación del mediometraje sobre Budapest The Last Boat (1990), surgió al fin la colosal Sátántangó (1994), una cinta de aproximadamente siete horas que extrema propuestas visuales análogas mediante tomas ininterrumpidas de hasta diez minutos, para relatar, desde ópticas variadas, el ocaso de una explotación colectiva en pleno derrumbe del comunismo. 

Según Susan Sontag, mediante este título, el cual declaró que vería de nuevo con fervor anualmente por el resto de sus días, Tarr se transformó en “uno de los salvadores del cine moderno”. En el grupo de seguidores de Tarr se hallaron asimismo el analista Jonathan Rosenbaum, el intérprete Lou Reed o Gus Van Sant, que reflejó su huella en una cinta como Elephant (2003), soberbia Palma de Oro, que originó su Trilogía de la Muerte, y un relevante complemento, Paranoid Park (2007).

En la cumbre de su prestigio, ambos compañeros se arriesgaron con Melancolía de la resistencia, la elogiada segunda novela del autor, que se transformó en Las armonías de Werckmeister, una obra cinematográfica más corta que no sobrepasa los 140 minutos, aunque grabada en apenas 39 planos. Es decir, con el típico pesimismo persistente de los dos artistas y el mismo blanco y negro meticuloso para narrar la brutalidad que se origina con el arribo de un circo a una localidad pequeña. 

La modificación del nombre remite a una disertación acerca del autor y tratadista melódico germano Andreas Werckmeister, a quien se le atribuyen todas las desgracias de la sonoridad subsiguiente. El integrante adicional en esta productiva alianza creativa sería el instrumentista Mihály Víg, quien igualmente interviene en cada uno de estos filmes. No obstante, la figura fundamental es una fémina, Ágnes Hranitzky, cónyuge y editora de las obras de Tarr, a partir de sus piezas breves iniciales al concluir la década de los 70.

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Béla Tarr con el galardón honorífico de los Premios del Cine Europeo en 2023 

ODD ANDERSEN / AFP

Durante 2007, se estrenó la versión fílmica de El hombre de Londres, obra portuaria de Georges Simenon que, al igual que La condena, constituye un noir que se transforma en una vivencia límite, simultáneamente fascinante e inquietante. Debido a la intervención de la siempre dinámica Tilda Swinton en el elenco, la cinta logró disputar la Palma en Cannes, facilitando el camino a El caballo de Turín (2011), otra pieza magistral de la cinematografía del siglo XXI, esta vez bajo la codirección oficial de la leal Ágnes Hranitzky. 

El caballo de Turín se refiere a ese animal castigado al que Friedrich Nietzche se aferró conmovido por su padecimiento, antes de hundirse en su propio desvarío. El célebre suceso funciona para meditar sobre la suerte del equino que termina en una propiedad rural con el auriga y su hija, entregados a rutinas constantes y a la dureza del clima como emblema de la vacuidad de la existencia. Luego de esta victoria, que cosechó múltiples distinciones en la Berlinale, Tarr resolvió jubilarse. 

Aún presentó algún trabajo como Missing People (2019), un conjunto de escenas protagonizadas por verdaderos indigentes de Viena, con el cual finaliza su carrera fílmica. No obstante, su legado más relevante lo forjó junto a Krasznahorkai, en una mítica colaboración entre cine y literatura.

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