
Hitler y Franco, esos creadores sobre el lienzo.
Existió una época en la cual Hitler soñaba con ser un artista de renombre. A la edad de 18 años se trasladó desde Linz hasta Viena y recorrió con su figura flaca y pálida las mismas vías que transitaron Freud, Gustav Mahler y Egon Schiele, pernoctando frecuentemente en un humilde refugio para indigentes o debajo de algún puente. Tras ser denegado en dos ocasiones por la distinguida Academia de Bellas Artes de la urbe austriaca debido a su torpeza para retratar la fisonomía humana, desistió de su formación y, apoyado por un mendigo, subsistió de forma sencilla elaborando tarjetas postales nostálgicas de la localidad. Comercializaba estas obras a los visitantes en los locales de cerveza, inicialmente en Viena y posteriormente en Múnich. Logró captar a algunos compradores habituales, aunque ese representó todo su legado en el arte. No poseía la chispa de la genialidad, estaba desprovisto de inventiva y destreza, se mostraba indolente y resulta inviable hallar vestigio alguno de su espíritu en sus cuadros.
Poseía, sin duda, convicciones profundas acerca de la esencia de la creación y su misión en la colectividad. Después de su incursión política, aquel creador de escaso talento volcó toda su voluntad en modificar la dirección artística, convirtiéndose en el juez de la estética, proscribiendo y suprimiendo trabajos de cientos de artistas degenerado s (para los nazis el arte moderno no representaba únicamente un fraude o un embuste arriesgado, sino que constituía algo mórbido, perjudicial e incluso infeccioso).

Existe un detalle en el relato de Hitler como artista que resulta verdaderamente impactante. ¿De qué manera el malvado más abyecto y devastador de la centuria pasada pudo albergar anhelos creativos? ¿Resulta factible que un individuo encarne simultáneamente la figura del creador y la del exterminador? Es evidente que los autores no requieren poseer trayectorias intachables, pues son humanos vulnerables y con fallas, al igual que el resto; sin embargo, una cuestión es esa y otra muy distinta aceptar que seres atroces logren rozar lo sublime. O que pretendan hacerlo.
Hitler no fue el único mandatario que manejó los pinceles. Franco igualmente incursionó en el arte pictórico, si bien no pretendía forjar una trayectoria profesional, sino que lo empleaba como método terapéutico. Tras el café vespertino, dedicaba un tiempo a pintar con el fin de mitigar las tensiones. Cargaba con excesivas crueldades sobre sus propios hombros. Su doctor, Vicente Gil, Vicentón, le había sugerido esta práctica, y a veces recibía asistencia del artista Fernando Álvarez de Sotomayor, a quien designó responsable del Museo del Prado. Conservó este pasatiempo casi oculto, no obstante, en 1964, quizás buscando mejorar su reputación internacional, se publicó en el Daily Mirror —entonces uno de los periódicos más difundidos en Occidente— un retrato suyo frente a una obra de gran tamaño. La publicación amarillista encabezó la noticia con Franco, el artista. La tela mostraba la representación de un desastre marítimo.
El dictador español realizaba pinturas diariamente por la tarde, tras su café, para mitigar su tensión.
Franco plasmó floreros, imágenes de su descendiente Carmen y hasta una melancólica representación de sí mismo portando prismáticos y uniforme de almirante. Sus trazos resultaban toscos y monótonos, como simples reproducciones donde no volcó su esencia personal. Acaso solo se percibe la arrogancia varonil y la dureza de las secuencias cinegéticas, el horror de un oso acorralado por canes, el ave rapaz que cae sobre las perdices abatidas o la violencia instintiva de un búho junto a su captura.
