Ugné Karvelis, figura lituana del boom
Hoy llegaría a los 90 un personaje muy reservado
Un relato inédito perfila a la editora Ugné Karvelis, excompañera de Cortázar.

Retratos. Acompañando este texto, Ugné Karveñis caminando junto a Julio Cortázar por Brasil durante la década de los setenta. En la parte inferior, retratada en su oficina laboral en París.
Dentro del sector de los libros existen figuras discretas cuyo trabajo apenas se reconoce y cuya huella se desvanece gradualmente. Tal es la situación de Ugné Karvelis (1935-2002), figura clave de la industria editorial en Francia que colaboró extensamente con Gallimard en el área de las letras internacionales. Específicamente, impulsó la difusión de los títulos fundamentales del boom latinoamericano a lo largo de las décadas de 1960 y 1970. Su trayectoria, carácter y herencia la posicionan como una mujer excepcional digna de reconocimiento. No obstante, su perfil no tendía hacia la invisibilidad; su mera existencia generaba interés y su expresión cautivaba a quienes hablaban con ella. Por más de una década compartió su vida con Julio Cortázar en un vínculo intenso, marcado por el entendimiento mutuo y el entusiasmo. Ya se había topado con el literato argentino en las instalaciones de la afamada editorial: “Él me había impresionado pero no me atreví a abordarlo”, me comentó. La reunión definitiva ocurrió más tarde, en el marco de una de las célebres asambleas de creadores y pensadores celebradas en La Habana. Ciertas personas afirman que Ugné orientó a Julio hacia planteamientos políticos radicales; este punto de vista no considera la libertad y madurez del autor, que ya contaba con ideas precisas y firmes antes de conocerla.
Así era como se expresaban Gabo, Fuentes y Cortázar.
Xavi Ayén
Figura cautivadora y de leyenda, la entusiasta y enérgica Ugné Karvelis. El momento inicial en que escuché menciones sobre ella por parte de un conocido ocurrió en el comedor universitario de Princeton, mientras, frente a un cuestionable emparedado de verduras, Mario Vargas Llosa me aseguró con firmeza: “Ugné Karvelis fue quien le abrió el mundo del sexo a Julio Cortázar, al que antes le estuvo vedado, lo convirtió en un hombre feliz... Pero ya no volvió a escribir bien”. Compañera sentimental de Cortázar, Lawrence Durrell o Milan Kundera, entre diversos vínculos, se la ha retratado como mujer fatal, aunque destacó como una relevante editora en Gallimard, sitio desde el cual influía en la definición del prestigio literario global (motivo de sus duros choques con Juan Goytisolo), dominaba ocho lenguas y resultó ser una alumna excepcional de Sciences Po. Debido a su origen en Lituania, los escritores del boom visitaron el bloque soviético: durante un trayecto ferroviario hacia Polonia con Cortázar, García Márquez y Fuentes, el avance resultaba tan pausado que descendió del tren para buscar hielo destinado a los whiskies que los literatos sostenían, recolectando el que se encontraba en la vía, y regresó al transporte con total naturalidad.
Los festejos en su vivienda de París resultaban míticos, y de allí surgió precisamente una grabación en cassette donde Gabo, Fuentes y Cortázar interpretaban rancheras y diversos temas románticos. Asimismo, es preciso mencionar que padeció los tormentos de la ansiedad, la depresión y el consumo desmedido de alcohol.
A Cortázar lo conoció mientras ella se balanceaba en un columpio en La Habana y, de repente, él, sin conocerla de nada, acudió a empujarla. Ella era la propietaria de la famosa casa de Saignon, donde tanto tiempo pasó el argentino, quien trataba a su hijo Christophe con el cariño de alguien que no pudo tener descendencia propia. Karvelis afirmaba –como Cristina Peri Rossi– a todo el que quisiera escucharla que Cortázar no murió de leucemia, como reza la versión oficial, sino de sida, siendo una de sus primeras víctimas.
Tras la independencia de Lituania, Karvelis se transformó en una figura política de gran relevancia, ejerciendo como embajadora de su nación ante la Unesco. El comunicador y literato Philippe Ollé-Laprune –autor de la descripción que figura en estas hojas– fue su compañero y confidente por bastantes años, grabando junto a ella múltiples audios de diálogos que posiblemente se recobren algún día.
Karvelis nació en Lituania antes de la Segunda Guerra Mundial en el seno de una familia culta y poderosa. El conflicto les obligó a huir del país y ella creció entre Francia y Alemania, eligiendo rápidamente la primera como su nueva patria. También estudió en Nueva York, episodio del que hablaba poco. De este vagabundeo conservó un don poco común para los idiomas, una curiosidad intelectual siempre despierta y una gran facilidad para dialogar con todo el mundo. También tenía el talento de encontrarse con gente famosa sin dejarse impresionar.
Solía ir a ver fútbol junto a Camus, Chirac cubría su minifalda usando su abrigo en la universidad y admiradores desconocidos le hacían llegar flores.

Siendo todavía alumna y en busca de su primer trabajo, optó por intentar entrar en la redacción de la reciente revista semanal L’Express un sábado. Apenas había gente y coincidió con un hombre amable que bromeó con esa muchacha algo despistada, aclarándole que los sábados se dedicaban al balompié... Ella aceptó la invitación para ir juntos al estadio. Aquel individuo era Albert Camus. ¡Previamente le habían impedido acceder a una prueba académica por vestir una falda excesivamente breve! Un compañero se apiadó de su situación y le prestó su chaqueta para que lograra entrar sin inconvenientes. Aquel joven resultó ser Jacques Chirac, quien más tarde sería presidente de la República. Jamás mostró timidez... Salvo en una velada junto a Henri Michaux, un autor al que admiraba profundamente y que le causaba gran respeto. Me admitió que “fue la única ocasión en la que me quedé muda ante un hombre”.
Ugné vivía de forma lúdica: al igual que Julio, le gustaba introducir lo maravilloso en lo cotidiano, con una seriedad desconcertante que daba vida a los objetos y encontraba apodos para muchos de sus interlocutores. Esta capacidad impregnaba su realidad, como si la convirtiera en materia para la fábula o la literatura. De hecho, la única novela que publicó, Demain il n’y aura plus de trains (Mañana no habrá trenes), comienza así: “Algunos personajes de este libro han existido y llevan su nombre. Otros son imaginarios. Algunos episodios se acercan a la crónica; en otros casos, las cosas podrían haber sucedido así”. Esto demuestra que la frontera entre la realidad y la ficción no era para ella un problema ni siquiera una preocupación. Así, vivió en un universo con reminiscencias oníricas, cercano a lo maravilloso. Una noche, durante una cena en su casa, llamaron a la puerta hacia las 23 h. Ella sonrió, suspiró y pulsó el botón de la entrada. Unos instantes después, llegó un hombre de origen indio o pakistaní que le ofreció una rosa y se marchó sin decir palabra. Ella se rió suavemente con una mirada pícara y nos dijo: “No sé quién es, pero viene todas las noches con una flor para mí”, como si fuera algo natural. Y también recuerdo aquella comida en Montpellier, en un restaurante del centro de la ciudad, donde su perro, Ramsés Doguito, no dejó de ladrar hasta que lo sentaron en una silla para que estuviera a nuestra altura. Y Ugné, con tono serio, dijo: “Es que cree que es humano...”, con la mayor naturalidad del mundo.
Ella percibió con gran lucidez la transformación de las letras en América Latina. Su convivencia con Cortázar la adentró profundamente en aquel entorno, donde las amistades compartían extensas veladas de debate incesante en su piso de la rue de Savoie o en la modesta vivienda de Saignon, situada en el Lubéron, rodeados de tabaco, licores y jazz. Por aquel lugar transitaron todos, y los vínculos afectivos, los desacuerdos y los fervores definieron esa época. El distanciamiento de Julio al concluir la década de los 70 representó para ella una ruptura con ese ambiente y, más tarde, su retiro de Gallimard. De manera progresiva, casi de forma inadvertida, comenzó a aproximarse nuevamente a sus orígenes infantiles y a Lituania.
Rescató el habla, oculta en sus recuerdos, y presenció el renacer de este estado recobrado. Por consiguiente, alcanzó el puesto de delegada de este territorio ante la Unesco. Esa integración en la tradición lituana fue una acción acorde a su historia: más que un hecho definido por el patriotismo, noto en ello un anhelo de recobrar los gustos y percepciones de la niñez, de colocar esa fase vital en el eje de su biografía. Como si la vitalidad y el sentido del juego de la etapa temprana hubiesen sido para ella un estímulo y una esencia que la escoltaron a lo largo de su vida.
