Maria Magdalena (★★★✩✩): formar, informar y entretener
Crítica de teatro
“La nueva colaboración de Michael De Cock y Carme Portaceli, con Inés de Boza como coautora de la dramaturgia, es un largo capítulo apologético feminista”

Cinemascope.Una escena de la Maria Magdalena dirigida por Carme Portaceli en el TNC

Maria Magdalena ★★★✩✩
Autoría: Michael De Cock
Dirección: Carme Portaceli
Intérpretes: Alessandro Arcangeli, Clara Do, Gabriela Flores, Ariadna Gil, Míriam Moukhles, Ana Naqe, Romeu Runa, Laia Valles, Anna Ycobalzeta
Lugar y fecha: TNC (22/I/2026)
Con Maria Magdalena , el TNC se ha propuesto adoptar los tres supuestos fundamentales de los medios (formar, informar y entretener) como un principio dramático. La nueva colaboración de Michael De Cock y Carme Portaceli, con Inés de Boza como coautora de la dramaturgia, es un largo capítulo apologético feminista, con una de las tres Marías (la pecadora redimida) como eje de un discurso iconoclasta que derruye el castillo misógino-patriarcal de la iglesia desde el concilio de Nicea. Teatro-catequesis a su pesar, con lectura alternativa de los evangelios: salen los canónicos, entran los apócrifos y/o gnósticos. Un ejercicio teatral para saber más de historia del arte (Tiziano, Artemisia Gentileschi, Brueghel el Viejo), teología dogmática, los manuscritos de Hag Nammadi, El código da Vinci o las traiciones de parte como traductor de San Jerónimo en su Vulgata. Una cosa es cierta: de esta función se sale con varias lecciones aprendidas.
Una colosal conferencia performativa en catalán, inglés, portugués y albanés, con momentos para el canto (la voz de la soprano Ana Naqe al servicio, entre otros, de Vivaldi), el baile (con el actor-bailarín Romeu Runa y Míriam Moukhles coreografiados por Ferran Carvajal) y el drama burgués de un divorcio nada amistoso. Todo servido en un gran escenario dispuesto en cinemascope (el prólogo es el desierto de Sirāt en cámara lenta) por Marie Szersnovicz al estilo Robert Lepage, generoso vestuario dibujado por Carlota Ferrer y un diseño de iluminación de David Picazo que es un apabullante catálogo de prodigios lumínicos.
El reparto impecable, desde Ariadna Gil en inmaculado blanco (ella, la mujer que ha convertido Maria Magdalena en su objeto de estudio mientras su vida privada se resquebraja) hasta Míriam Moukhles, que vuelve a derrochar recursos interpretativos con un personaje-esquema. Como todos los otros dramatis personae . Con ellas, Gabriela Flores, Anna Ycobalzeta y Naqe; un grupo cómplice, cual comunidad beguina, en su misión de defender un discurso labrado en dura y pesada piedra. Una suma de talentos –más la música en directo de Laia Vallés y los trazos vivos de Alessandro Arcangeli– desaprovechada, como el mismo personaje de Maria Magdalena. Todo sometido a un mensaje lineal, unívoco, tan cierto y justo como conocido, casi doctrinario, rehuyendo el misterio disruptivo que ofrece la gnosis; ese (re)conocimiento místico que es la base de la resurrección de la “apóstol de los apóstoles”. Hay momentos en los que Gil se adentra, guiada por el Jesús ravero de Runa, en ese universo primitivo y onírico al encuentro de la epifanía. Secreto gnóstico guardado por las mujeres desde antes de los juegos dionisíacos. Pero siempre se vuelve a imponer el grito de la encíclica apolínea. Una constante reverberación antiteatral, cuando hubiéramos disfrutado tanto de lo que ha estado oculto una eternidad.