Cultura

Molly Roden Winter explora su

La lectura

Gatopardo Ediciones brinda un anticipo

Molly Roden Winter, con su marido, Stewart, con el que lleva 26 años casada y 17 de matrimonio abierto 

Molly Roden Winter, acompañada de su marido, Stewart, con quien lleva 26 años de matrimonio y 17 años sosteniendo una relación abierta. 

GATOPARDO

Prólogo

«¿Mamá? ¿Estás ahí?»

«¿Mamá? ¿Dónde te has metido?»

«Mamá, tengo que hablar contigo.»

«Mamá, por favor, llámame.»

Al llegar el avión originario de LaGuardia a Houston, desactivo el perfil de vuelo de mi dispositivo y observo cómo se van apilando los mensajes de texto como si fueran cartas de una baraja.

Mensaje de Daniel, mensaje de Daniel, de Daniel, de Daniel, de Daniel…

«Mamá, ¿tenéis tú y papá un matrimonio abierto?»

Esto no es el plan A. Ni siquiera es el plan W. Esto, por decirlo suavemente, es motivo de pánico.

Utilizo el método que acostumbro emplear cuando encaro un problema difícil de resolver: me pongo en comunicación con mi esposo, Stewart.

Primero, hago una captura de pantalla de los mensajes. Debajo, escribo:

«¿Qué coño es esto? ¿Qué debo hacer?»

«Hostia», me responde. «¿Quieres que hablemos?»

Salgo tambaleándome del avión y busco a la desesperada un lugar donde serenarme, donde pueda dejar mi botella de agua y la basura del avión, poner orden en mis pensamientos y mi dignidad. Encuentro un sitio junto a la pared, flanqueado por los paneles de información de salidas y llegadas.

Stew contesta antes de que el teléfono haya sonado siquiera.

—Vaya, cielo —comenta, y percibo la empatía en su tono. Stew entiende lo poco que deseo sostener este diálogo con Daniel y me lanza una propuesta complicada de declinar—: ¿Y si le marco yo?

—No, me ha interrogado a mí. Es probable que algún espacio de televisión le haya sugerido ese pensamiento y logre zafarme de alguna manera.

—Es un chico maduro. Sea lo que sea, todo irá bien. Más tarde puedo hablar yo con él también, ¿de acuerdo?

—Vale, gracias.

—Te quiero, tesoro.

Tras dieciséis años de matrimonio, después de todo lo que hemos pasado, sé en lo más hondo de mi ser que es verdad.

—Yo también te quiero. Deséame suerte.

—No necesitas suerte. Lo harás de maravilla.

Me recuesto sobre el gélido muro de escayola, con el equipaje de mano encajado entre mis piernas, y me preparo para telefonear a mi hijo con el fin de contarle sobre mi intimidad. Las personas, en diversas etapas de sus trayectos, continúan transitando con urgencia. Tengo dificultades para escuchar, debido tanto al latido de la sangre en mis oídos como al alboroto de la terminal.

Me llevo el teléfono a una oreja y me tapo la otra con el dedo.

—Hola, Daniel. Lo siento, acabo de recibir tus mensajes. Estaba volando, acabo de aterrizar en Houston.

Mi tono es tranquilo, pero estoy temblando.

—Hola —responde. Su voz, que antes me parecía tan familiar y en la que ahora apenas asoma el tonillo agudo e infantil, me sobresalta—. ¿O sea que papá y tú tenéis un matrimonio abierto?

Así, en toda la frente.

El consejo que recibí hace varios años, cuando saqué la pajita más corta y tuve que dar clases de Educación Sanitaria en sexto de primaria, me viene a la mente en ese instante: Primero averigua qué saben.

—Vaya. Es un asunto peliagudo. ¿Por qué lo preguntas?

Antes de que pueda felicitarme por tan brillante estratagema, Daniel responde:

—He visto el perfil en OkCupid de papá en su portátil y ponía eso.

—Ah. —Hago una pausa para rascarme la pantorrilla con el pie, como si así pudiera borrar el malestar que me invade. Y luego, como una tonta, contravengo el segundo principio de toda maestra de Educación Sanitaria que se precie y ofrezco información sin que me la pidan.

—Deseo que comprendas algo, Daniel. Tu progenitor y yo disfrutamos de mucha dicha unidos y constantemente mantenemos la honestidad mutua. No existen misterios ocultos entre los dos.

Al otro lado de la línea, Daniel guarda silencio. Quiero creer que está felicitándose por su buena fortuna al tener unos padres tan progresistas y éticos. Y entonces suelta:

—Un momento… ¿Tú también lo haces?

Contengo la respiración. Daniel ha visto el perfil de la página de citas de Stewart, pero no ha visto el mío. Comprendo demasiado tarde que he malinterpretado la ansiedad en sus mensajes, en su recién estrenada voz de hombre. Creía que su padre me estaba poniendo los cuernos. Esta llamada era para avisarme, para proteger a su inocente madre de una traición medida en abstracciones adolescentes. Pero pensar que tu padre comete adulterio es peor que saber que tu madre se acuesta con otros hombres, ¿verdad? Ahora mismo, no estoy segura. Se me agolpan en la cabeza las innumerables formas en que un chico podría sufrir un daño irreparable al cobrar conciencia de la sexualidad de su madre.

Y luego exhalo.

Existe un punto en el que tus miedos simplemente se materializan. Llevaba siete años angustiado por este instante. O tal vez más. Quizás lo he presentido desde que nació Daniel, al percatarme de que algún día mi hijo maduraría para observarme con una mirada juiciosa, y que entonces descubriría quién soy de verdad. Sin embargo, algo así no sucede de forma súbita; la caída en desgracia puede tomar su tiempo. Yo necesité muchos años para percibir a mi madre como una mujer con fallos, de carne y hueso, un ser sexual y espiritual con requerimientos propios que a veces resultaban contrarios a los de su hija.

Y en el breve instante que me toma resolver qué manifestarle a Daniel, si ser sincera o mentirle, reflexiono sobre mi madre. Me cuestiono si hoy ella se comportaría de una manera distinta.

Me pregunto si yo también lo haría de otra manera.

Primera parte

1

Cae una lluvia torrencial en el momento en que Matt hace girar la llave de su vivienda, la abre bruscamente y accede con cierta dificultad detrás de mí. Mantengo su prenda elevada sobre mi cabeza y, al bajarla, una cascada de agua se precipita sobre el suelo embaldosado. Nos encontramos de lleno en la cocina. Su modesto piso no dispone de entrada ni de un mueble recibidor como el de mi hogar, el cual posee cuatro espacios sin puertas.

Matt está empapado, pero aun así coge un paño de cocina y me lo ofrece.

—Me encuentro bien —le respondo. Su melena rizada está llena de diminutas gotas de lluvia y una de ellas le cuelga de la punta de la nariz. En vez de secarse, tira el trapo sobre la encimera.

Permanecemos cara a cara en el reducido hueco entre la estufa y la pila. Sobre su hombro, logro vislumbrar el lecho. En cualquier instante, podría alzarme y transportarme por el aire.

El rumor del refrigerador cesa y el golpeteo de la lluvia cobra mayor fuerza. Matt me contempla ahora con una atención profunda. Su expresión es tan constante como el núcleo de una llama.

—No deberíamos hacer esto —dice uno de nosotros, o quizá los dos.

Conozco la causa por la que Matt se niega a actuar: le es infiel a su novia. Sin embargo, ¿por qué no tendría que hacerlo yo?

«¿Qué significará esto para ti, Molly?»

Me lanzo hacia él, sumerjo las manos en su densa melena, y sus dedos alargados me toman por la cintura y me acercan.

En ese instante sus labios envuelven los míos. Percibo el contacto de un varón distinto, de una persona que no es Stewart. Tiene gusto a cerveza y noto sus labios cálidos, con una textura más blanda y elástica de lo que imaginaba. Resulta muy diferente a las caricias de Stewart, que se dividen en dos tipos: por una parte, los saludos y despedidas, que son fugaces y se marcan en mi boca como una señal de conformidad; y por la otra, aquellos que anticipan la intimidad o que ocurren durante el encuentro mismo. Son muestras de afecto que me indican que Stew posee el mando, que mi única tarea es rendirme ante él, acompañarlo hacia donde decida guiarnos, y que así todo marchará correctamente.

A través del beso de Matt, percibo una señal inédita: una propuesta para que yo asuma el mando, para no aguardar a que él me dirija, sino para tomar su mano y guiarlo. Había pasado mucho tiempo aguardando este instante y, ahora que sucede, me encuentro dividida entre el temor y la pasión. En realidad, es la intensidad de esta ansia, el desbordamiento de mis ganas, lo que más me asusta. Recupero la mirada justo cuando Matt hace lo propio, y ambos retrocedemos un poco.

—Es hora de irme —sostengo. Lo dejo atrás, con sus ojos fijos en mí, pero sin que haga el menor intento de pararme. «Tú decides esto», me dice con su expresión.

En la vereda, el temporal se recrudece y me resulta imposible razonar. Siento el organismo vibrante y el agua me recorre como un flujo que me entumece el juicio. No soy otra cosa que aliento, fluido vital y un cúmulo de percepciones punzantes. Doy un paso tras otro, con lentitud, muy pausadamente. Si consigo retrasar mi vuelta al hogar, podré postergar el final de lo que estoy experimentando. Lograré aplazar el reingreso a mi vida de progenitora y esposa que limpia narices, lava platos y refunfuña.

Busco cobijo bajo un techado, extraigo el teléfono y lo observo con gesto de desconcierto. Me resulta imposible elegir este camino por mi cuenta. Mis dedos redactan una ráfaga de términos y presiono «Enviar». Le he mandado un recado a Stewart y requiero que su contestación llegue antes de que yo avance. Le he relatado mis actos previos y mis planes futuros, solicitando su consentimiento.

«¿Debería volver?»

Han transcurrido casi dos años desde mi encuentro inicial con Matt, pero apenas evoco los días anteriores, cuando no me sentía presa de una vorágine continua y reservada de anhelo y pesar materno.

La jornada en que lo conozco transcurre de forma ordinaria. Aquella mañana, Stewart me indica que regresará a casa «temprano», es decir, con la antelación necesaria para hallarme despierta, pero no la suficiente para colaborar en poner a dormir a los niños.

Ya son las 20.47. ¿En qué mundo se supone que esto es pronto? Escucho la llave en el cerrojo y mi organismo se pone rígido. No pienso ni decir hola. Mi boca se resiste a hacerlo.

—Tengo que airearme —declaro. Apenas lo miro, porque temo pegarle un grito, soltarle un tortazo o algo peor.

—¿Hacia dónde te diriges? —inquiere, desconcertado. Según su visión, «temprano» consiste en solicitar comida a domicilio, mirar la televisión en pareja y, si hay fortuna, tener sexo.

—A dar un paseo. —Cojo la chaqueta y las llaves—. Quiero echar un vistazo a la casa.

Salgo por la puerta antes de que él haya podido cerrarla. En la calle, una fina niebla flota en el aire, que tiene un aroma a lilas. Lo inspiro profundamente mientras camino, con la mirada fija en los pies, mientras trato de apaciguar mi respiración y liberar la opresión en mi garganta.

—¿Molly?

Alzo la mirada e identifico a una compañera docente de lo que percibo como una existencia previa.

—¡Kayla! —digo—. Disculpa, no te había notado. Tenía la mente en otra parte, me imagino.

—No te preocupes. —Se acerca para darme un abrazo—.

¡Cuánto tiempo! ¿Qué planes tienes para esta noche?

—Solo dar un paseo. Tenía que salir, hoy los niños me han vuelto loca.

Visiblemente agotada y sin duchar tras

Kayla no está casada y carece de descendencia. Al margen de las representaciones de madres exhaustas que muestran las comedias televisivas, dudo que entienda mínimamente lo que le estoy explicando. Sin embargo, me observa con un semblante de apoyo.

—¡Deberías venirte conmigo! He quedado con unos amigos en el Gate.

Me fijo en su sonrisa, en sus botas de tacón alto, su pintalabios recién aplicado y su ligero perfume. Luego reparo en mi propio aspecto. Me he peinado y me he puesto desodorante esta mañana, hará unas quince horas, pero salta a la vista que no me he duchado. Llevo una sudadera con capucha, vaqueros, zapatillas deportivas y no voy maquillada. Estoy exhausta.

Me miro y caigo en la cuenta de otra cosa.

—Me he dejado el monedero —le digo.

—No te preocupes. Te invito a una copa —dice, cogiéndome del brazo—. Vamos. Tienes pinta de necesitarla.

He transitado en repetidas ocasiones frente al Gate, trasladando a Daniel y más tarde a Nate en el carrito rumbo al parque de enfrente, pero al cruzar los pesados portones de madera percibo que nunca antes había ingresado. Daniel nació solo una semana después de instalarnos en Brooklyn y, en los seis años que han pasado, lógicamente, no he dispuesto de tiempo para descubrir los establecimientos de la zona.

Mientras mis ojos se acostumbran a la penumbra, absorbo los sonidos de las conversaciones, las risas y los acordes de Pearl Jam. Aspiro el olor a cerveza y madera vieja y siento el suelo pegajoso bajo los pies. Había olvidado lo relajante que es estar en un sitio donde no se permite la entrada a niños.

Junto a mí, Kayla recorre el salón con la vista. Al localizar a sus amistades en una mesa al fondo, me sujeta del brazo y me guía hacia ellos.

—¡Qué tal, muchachos! Les presento a mi amiga Molly. Me la crucé mientras deambulaba por la vía pública.

En el extremo de la mesa, un par de mujeres sonríen y hacen gestos con la mano. Retiro la silla al lado de Kayla, tomo asiento y dejo la sudadera en el respaldo.

—Molly, ¿eh? —oigo decir a una voz grave—. Tuve una perra que se llamaba Molly.

—Es algo que me comentan con frecuencia. —Alzo la mirada para localizar al autor de la voz. Unos ojos verdes y alegres me observan con fijeza.

—Soy Matt —continúa la voz—. ¿Qué vas a tomar?

—Cerveza, ¿sabes si tienen IPA de barril? —Hago una pausa—. Pero no llevo dinero. Kayla me iba a prestar un poco.

—Descuida. —Matt realiza un gesto para restarle relevancia al asunto y se pone de pie. Es espigado, seguramente supera el metro ochenta y cinco—. Voy a por una IPA de grifo. Regreso enseguida. —Se dirige hacia el mostrador.

A mi izquierda, Kayla conversa con el resto del grupo. Finjo escuchar mientras mis ojos se desvían hacia la derecha, hacia Matt. Está de espaldas a mí, y me fijo en sus caderas estrechas, en lo bien que le sientan los vaqueros, en su pelo espeso y rizado, un poco rebelde en la coronilla. Antes de que mi mente tenga tiempo de procesarlo mi cuerpo reacciona ante lo que veo. Una agradable sensación primero me sube desde lo más profundo hasta el corazón, que late con fuerza, y me baja rápidamente hasta la entrepierna.

Matt se da la vuelta, con sendas cervezas en las manos, y me pilla dándole un repaso. Sonríe, y me miro las manos, posadas sobre la mesa. Tengo las uñas cortas y gruesas —llevo meses sin hacerme la manicura— y mi alianza destella bajo la luz del bar. Bajo las manos al regazo y, sin tocar el vaso, doy un sorbo a la cerveza que Matt ha dejado ante mí.

—Mmm —murmuro—. Hacía tiempo que no me tomaba una cerveza. Gracias.

—De nada —dice con una mirada divertida todavía en los ojos—. Solo por curiosidad, ¿cómo has acabado aquí? ¿Dónde te ha encontrado Kayla?

—Me he escapado del manicomio. Se echa a reír.

—Sin que te moleste, ya me imaginaba algo por el estilo. Tienes el aspecto de una prófuga. —Bebe un trago de cerveza y me observa con expectación.

—Soy madre de dos —confieso, y me lamento al instante. Ha sido agradable disfrutar de cinco minutos sin ser vista únicamente como mamá. Y este chico parece muy joven para tener hijos—. Son estupendos, pero a ratos me agotan. Me hacía falta un respiro, por lo que me marché deprisa sin un destino claro.

Él asiente con la cabeza.

—Comprendo lo que dices. No es que yo lo haya vivido, pero mi hermana tiene dos hijas. Ella reside en Iowa, y en las pasadas Navidades compartí bastantes momentos con ella y mis sobrinas. Seguramente por esa razón logré identificar ese gesto en tu rostro.

—¿Se nota tanto? —inquiero, y percibo cómo se destensan mis hombros. Me asustaba que admitir que tengo familia generara un distanciamiento entre nosotros. No obstante, sus palabras me han devuelto la calma.

—Pero no de forma negativa, para nada —contesta—. Simplemente parece que te hace falta salir a que te dé el aire.

Levanto la birra.

—Brindemos por eso.

—Salud —dice Matt cuando entrechocamos los vasos.

El tiempo y las bebidas transcurren como si fueran una secuencia de un filme de la década de los ochenta. En una escena, Matt festeja a mi lado mientras mi dardo acierta en el centro. En la siguiente, aparezco en primer plano junto a los jóvenes populares, fumando un cigarro y tocando a la mascota de algún desconocido. Por último, regreso al sitio y, mientras el resto guarda sus pertenencias para marcharse, le comento a Matt:

—Te debo unas bebidas. —Y acto seguido, como un cineasta que procura asistir a una actriz debutante para que encaje en su rol, me impongo agregar—: Vives por la zona, ¿cierto? Dame tu teléfono y nos vemos de nuevo otro día.

¡Bravo!

—Te lo entregaré si me facilitas el tuyo —replica—. Planeo forzarte a que respetes tu compromiso.

—Escucha, Kayla, ¿tendrás un bolígrafo? —le consulto, y le aclaro a Matt—: Los maestros siempre cargan con una pluma.

Kayla hurga en su bolso y saca uno. Me mira arqueando las cejas.

—¿Lo ves? Incluso es rojo.

Escribo mi teléfono sobre una servilleta, le entrego la pluma a Matt y él repite la acción. Kayla nos contempla y después me murmura al oído:

—Da la sensación de que a fin de cuentas ni siquiera he debido abonar tus copas. La contemplo de soslayo y contesto con murmullos:

—Estoy casada, Kayla. No pasa nada.

—Si tú lo dices…

No parece muy convencida.

Molly Roden Winter 
Molly Roden Winter NINA SUBIN / GATOPARDO

Mientras vuelvo a casa, con la servilleta del establecimiento en el bolsillo, la brisa fresca me sirve para tranquilizarme. Me detengo a meditar sobre lo que acabo de realizar. He intercambiado mi teléfono con un varón. De menor edad. Y sin pareja. Repaso los datos que tengo: es originario de Iowa, un territorio que he atravesado en la parte trasera de un coche muchísimas veces, de camino a visitar a mis abuelos en Denver. Fue compañero de universidad de Kayla, así que andará por su edad, cerca de ocho años menos que yo. Tiene una hermana y unas sobrinas con las que se lleva de maravilla. Trabaja en Manhattan, aunque todavía ignoro su ocupación. Es simpático, cariñoso, sabe escuchar y es muy guapo. Sabe que estoy casada y, aun así, pretende que nos veamos otra vez para beber algo. Al menos eso asegura. La ilusión que noto en el pecho decae un poco. Es factible que no vuelva a contactarme. De todos modos, me he divertido mucho; de hecho, ha sido una de las mejores veladas que he vivido desde que nacieron mis hijos.

Los niños.

Experimenté un deseo súbito de estar con ellos: de estrechar a Daniel y de estrujar a Nate. Esto surge, en cierta medida, por el remordimiento que me causan los momentos en que no los he tenido presentes. No obstante, existe otro motivo: me encanta la maternidad. Es una realidad que reconozco plenamente. Aun en las épocas más difíciles, cuando ambos usaban pañales y ninguno descansaba por la tarde, mientras Stewart cumplía con su jornada laboral y ducharme era una fantasía inalcanzable, telefoneaba a mi madre desde el salón, recostada en la alfombra. Observaba el vuelo de los Cheerios y oía los conflictos monumentales entre Diésel el Malvado y Thomas el Héroe de las Vías, mientras mi madre me interrogaba: «Dime, si tuvieras la opción, ¿te intercambiarías con Stewart?». Y me veía obligada a admitir que no. Pues extrañaría los besos pringosos y los éxitos en el orinal, el placer de contemplar la calma con la que Daniel le explicaba a Nate las reglas caprichosas de sus diversiones con Thomas la Locomotora. Añoraría los baños de espuma, las risas y las múltiples formas en que ser madre hace que mi corazón desborde afecto cotidianamente, incluso en esos instantes en los que sueño con escapar a toda prisa.

Apresuro mi andar mientras busco las llaves en el bolsillo. Al entrar a la casa, observo calzado, abrigos y juguetes tirados por el suelo de la estancia, justo donde se quedaron antes. Lanzo un suspiro y trato de no pisar nada. Al día siguiente continuarán en el mismo sitio. Accedo primero al dormitorio infantil en absoluto silencio. Oigo cómo respiran y percibo su olor característico. Beso la frente de los dos y me quedo mirando sus caras, que resultan muy elocuentes incluso durante el descanso. Daniel mantiene el gesto adusto, tan formal como de costumbre. Nate, en cambio, muestra una leve sonrisa, como si estuviera planeando alguna travesura en sus sueños.

No me asombra hallar la iluminación activada en nuestra habitación. Stewart acostumbra a trasnochar hasta las dos o las tres de la madrugada y, aunque me da la impresión de haber estado fuera una eternidad, apenas pasan unos minutos de las doce. Al abrir la puerta, lo descubro sentado en la cama, hojeando una de esas revistas del sector musical que siempre acabo encontrando por el suelo o encima del taburete del piano.

—Mira quién está de vuelta —dice—. Pensaba que no tardarías ni una hora. Te habría llamado, pero te has dejado el móvil.

—Lo levanta a modo de prueba.

—Perdona —respondo esquivándolo con prisa mientras me dirijo al aseo—. Necesito ir al baño. —Me bajo los tejanos y me acomodo en el inodoro con la puerta abierta. Me resultará más sencillo conversar si evito tener que observarlo.

—¿Dónde estabas? Empezaba a preocuparme.

—Todavía no he arribado a la calle Diez. Me topé con Kayla y nos marchamos a tomar unos tragos.

—¿Kayla?

—Es una de mis colegas docentes. —Stewart casi nunca asiste conmigo a los eventos del colegio, pero percibo la urgencia de continuar conversando, por lo que agrego—: Me sorprende que no la ubiques.

—Entonces, ¿quién es Matt?

—¿Matt? —vuelvo a preguntar intentando que mi voz suene natural, y busco ganar unos segundos accionando la cisterna del váter de manera estratégica—. Fue compañero de Kayla en la universidad. Estuvo con nosotras en el bar hoy. ¿Por qué preguntas eso? —Salgo del aseo apretando los puños. Si comienzo a morderme las uñas, Stew se dará cuenta de lo que me pasa.

—Te ha llegado un texto, hace escasos instantes —contesta Stewart indicando el teléfono.

—¿Qué decía?

Lo despliega, carraspea un poco y atenúa su voz hasta lograr un registro de barítono seductor:

—«Ha sido un gusto conocerte esta velada, Molly. Confío en que nos reunamos nuevamente pronto. Matt.» —Me contempla, a la espera.

—Como te iba contando, se encontraba en el local con nosotras. —Me distraigo soltando los lazos de mis zapatillas para no cruzarme con sus ojos—. No traía mi monedero, así que he flirteado ligeramente con el fin de obtener algunas bebidas sin pagar.

—Pues parece que lo has hecho de maravilla —comenta. Noto su mirada clavada en mi rostro, que ha empezado a sonrojarse—. ¿Piensas volver a verlo?

—Claro que no —contesto, quitándome los calcetines.

—¿Por qué no?

Lo miro. Hace un montón de tiempo, pero he visto antes esa expresión.

—Pues porque estoy casada. Contigo. ¿Te acuerdas?

—Sí, me acuerdo.

—Y ahora ya somos padres. Matt es un joven sin pareja y estoy convencida de que no siente ningún interés por mí.

—Bueno, yo afirmaría que sí. —Me contempla mientras me desabrocho el sujetador. Leer su texto me ha dejado muy encendida, sinceramente.

Reflexiono sobre este asunto. Previo a la llegada de los niños, Stewart y yo teníamos sexo tres veces semanalmente, e incluso en ocasiones tres diarias. Recientemente apenas ocurren un par de veces mensualmente, si hay fortuna. O más bien, afortunadamente para él. En mi caso, siguiendo todos los tópicos conocidos sobre la sexualidad matrimonial, el agotamiento me quita el deseo. Actualmente lo percibo simplemente como otra obligación de pareja. Y Stew se percata de ello. Como reacción, ensaya tácticas distintas, busca innovar, emplear besos o caricias diferentes, sujetarme o introducirme un dedo en el ano. No obstante, yo únicamente deseo un encuentro veloz, una técnica de éxito garantizado para lograr un clímax compartido que me deje descansar unas valiosas horas previo a escuchar el llanto de Nate.

—Cielo, me alegra que estés disfrutando con esto, pero no va a pasar.

—No comparto tu opinión —replica, al tiempo que me deslizo en la cama—. Sucederá si tú deseas que ocurra. Ya lo he determinado.

—¿Qué has decidido?

—Que puedes volver a salir con él, siempre y cuando me lo cuentes todo. —Me atrae hacia sí, se acurruca haciéndome la cucharita y me besa en la nuca.

Esa noche, tendida a su lado, no consigo dormir. Mi cabeza no para de ir de Matt a Stew y viceversa.

Espero que volvamos a vernos pronto.

Puedes salir con él... Siempre y cuando me lo cuentes todo.

Rememoro una charla que tuvimos incluso antes de nuestro compromiso. El asunto trataba sobre la cantidad de compañeros íntimos de cada uno y la gran disparidad entre mi total y el suyo. Mi cuenta era de cuatro; la de él, de decenas. En ese instante Stew realizó un vaticinio. Cuán inverosímil y arriesgada me resultó en esa ocasión.

—Aguarda y lo comprobarás —me señaló. Se asemejaba notablemente a mi amor platónico, el tenista Andre Agassi, con aquella cabeza circular y calva y esa mirada color avellana, ingenua aunque pícara—. En el plazo de diez años, observarás a un hombre y te cuestionarás cómo sería acostarte con él. Y a mí no me causará problema. Bastará con que me lo relates.

A eso hemos llegado. Diez años después.

2

El par de semanas siguientes se me figuran cuatro, y eso ocurre porque me he desdoblado en dos para transitar vidas paralelas.

En una realidad, me despierto con los hijos al romper el día, elaboro el desayuno y las meriendas escolares, coordino los traslados y sus citas de juego, preparo la comida nocturna y los lavo, les relato historias y les susurro nanas. Atiendo a Stewart cuando vuelve a la vivienda a altas horas, le froto la espalda o compartimos el lecho y me duermo a su costado. Encarno a la perfección a la progenitora y la mujer hacendosa, mas cumplo con tales tareas solo para proteger mi existencia paralela, esa en la que evoco a Matt. Conjeturo sobre sus acciones y sus compañías. Me interrogo sobre si él también me recuerda. Incluso tras el acto íntimo con Stew, me estimulo y sueño que es Matt quien me hace alcanzar el placer una vez más.

Luego de la nota que me mandó la velada en que nos vimos, me impuse aguardar hasta la tarde posterior para contestarle. A partir de ese instante, hemos cruzado varias palabras y siempre que me contacta me invade el nerviosismo hasta que logro replicar con la mayor sencillez posible. Y la incertidumbre que precede a su próxima respuesta se convierte en un auténtico suplicio.

«¿Cómo estuvo tu fin de semana?», me consultó Matt el domingo por la noche, y mi contestación, el lunes por la mañana, fue: «No estuvo nada mal, ¿qué tal el tuyo?».

«Todo relajado. Sin embargo, estos días estoy saturado», recibo el lunes por la noche, lo que me da a entender que me toca aguardar unas jornadas, hasta que no aguanto más y comento: «¡Espero que lo estés superando!».

Continuamos de esa forma hasta mediados de la semana próxima. Cuando Matt reacciona a una de mis tonterías con «Me vendría bien una cerveza», interpreto que me está dando la oportunidad de comentar: «Pues te debo un par, ya sabes». Me muerdo las uñas aguardando su contestación. En esta ocasión, el mensaje llega antes de que pase siquiera una hora.

«Pues sí, tienes razón. ¿Cuándo estás libre?»

Esa misma noche, en la cama con Stew, lo dejo caer:

—Matt me ha pedido que salga a tomar algo con él.

—¿De verdad? —replica Stew, como si ya se lo imaginara. Por instinto, su mano busca mi pierna por debajo de las mantas—. ¿Y qué fue lo que le respondiste?

—Aún no le he contestado.

—Cielo, por mi parte, genial. Te lo prometo.

—¿Estás seguro? —Me vuelvo de costado hacia él con su mano aún encajada entre mis piernas.

Me besa en el cuello y me cubre un pecho con la otra mano.

—Del todo.

Cómo envidio su entereza.

A la jornada siguiente, con Daniel en la escuela y Nate aplastando plátanos sobre la mesa de la cocina, escribo un mensaje para Matt. Me tomó horas estructurarlo mentalmente para que resultara impecable. «¿Qué planes tienes el viernes?» se sentía muy entrometido. «¿Tienes disponibilidad el viernes?» resultaba excesivamente serio, y «¡Veámonos el viernes!», demasiado ansioso.

Lo más difícil es que me resulta imposible buscar orientación en otros. Gran parte de mis amistades han contraído matrimonio. Me imagino relatándoles: «Sin embargo, Stewart desea que salgamos juntos», y notando entonces el gesto de total incredulidad en sus rostros.

«¿Qué tal el viernes?»

Miro los cuatro términos en el monitor. Expresan que me encuentro tranquila pero con seguridad en mí, reflexiono, y presiono

«Enviar». La respuesta de Matt no se hace esperar:

«Hecho.»

Edna, la figura central, comenta esto: «Entregaría mi existencia por mis descendientes, pero no me sacrificaría a mí misma». Aquella diferenciación me causó confusión, si bien tras tener descendencia propia ha cobrado una nueva dimensión.

Las jornadas precedentes transcurren de manera desorganizada. Le menciono a Stew que contrataré a una niñera para que él logre permanecer en su empleo hasta más tarde. El motivo real es que la simple idea de que se demore en regresar, incluso por un instante, me oprime el pecho. Asimismo, deseo tener privacidad tras mi encuentro con Matt. Requeriré de mi propio espacio.

Llegado el viernes, noto que soy incapaz de ingerir nada. En una fecha distinta, devoraría los huevos revueltos que Nate no se termina por la mañana y las orillas con queso derretido o restos de perritos calientes de la comida, pasando la tarde picoteando chips de vegetales y barritas de cereales. No obstante, hoy incluso el café me genera rechazo, así que consumo poco a poco un té helado grande de Starbucks. Al concluir, muerdo la pajita hasta que logro perforarla.

La niñera vendrá a las cinco y media, dándome un margen superior a una hora para asearme y arreglarme. Consigo una Coronita y un destapador, ocultándolos bajo mi prenda antes de deslizarme hacia la habitación. Mientras tomo un sorbo prolongado, el móvil vibra. Se trata de un texto de Stew.

«Que te diviertas esta noche, tesoro. Estaré pensando en ti.»

Algo en sus palabras me produce irritación. ¿Acaso cree que todo esto es por él?

Faltando quince minutos para las siete, ya me encuentro dispuesta para marcharme. Daniel sigue ensimismado con Bob Esponja, aunque Nate rompe a chillar y sollozar en cuanto nota que voy a cruzar la puerta.

—Vete tranquila —me asegura la niñera cuando he abrazado y besado a Nate por tercera vez, y al cerrar la puerta detrás de mí la oigo añadir—: Anda, vamos a buscar algunos juguetes para el baño.

«Vete sin cuidado», me digo en silencio, parada en la acera frente a nuestro hogar. «Vete sin cuidado, vete sin cuidado…» En la etapa en que viajaba sola en el subterráneo hacia el trabajo y disponía de tiempo para la lectura, recuerdo haber tropezado con una cita de El despertar, de Kate Chopin. Edna, la figura central, manifiesta lo siguiente: «Entregaría mi vida por mis hijos, mas no me entregaría a mí misma». Aquella distinción me desconcertó, aunque ahora que tengo descendencia posee otro significado. Pese a ello, persiste una interrogante: si no soy madre y esposa, ¿qué soy?, ¿quién soy yo, qué implica ser «yo misma»? Francamente, lo ignoro. Tal vez ha llegado el momento de descubrirlo.

Matt y yo nos hemos reunido otra vez en el Gate, y mis dedos vibran al empujar la robusta entrada mientras trato de localizarlo. Lo observo ubicado en el mostrador, con pantalones de mezclilla y una prenda superior relajada. Al momento en que me dedica una sonrisa y un ademán, el estrés abandona mi organismo para ser reemplazado por una sensación distinta. Por un sentimiento profundo y evidente.

Deseo.

Me encamino hacia él cuando se pone en pie. No me acordaba de lo alto que es. Stewart siempre me acusa de tener un tipo ideal de hombre: alto y delgado, con una buena mata de pelo.

«Simplemente piensa en lo opuesto a mi persona, ahí tienes lo que te gusta», me ha manifestado con frecuencia.

De forma impulsiva, realizo lo que me resulta más espontáneo: rodeo a Matt con mis brazos, situando mi cara frente a una zona de piel descubierta. Me convenzo de que es un gesto de amistad, no necesariamente afectuoso. Inhalo esa fragancia a jabón, cerveza, juventud y libertad, y percibo que él corresponde a mi gesto. Permanecemos en esa posición algo más de lo debido.

—Hola —me saluda Matt, mirándome con sus ojos verde mar.

—Hola —contesto.

Yo me quito la chaqueta y él no me quita la vista de encima.

—Te has arreglado mucho. Me río.

—Sí, me he duchado y me he puesto ropa limpia.

Lo menciono de pasada, aunque lo cierto es que dediqué muchísimo tiempo a elegir mi ropa. Mi intención no era parecer demasiado arreglada, sino simplemente eliminar por completo esa percepción de madre descuidada que él pudiera tener. He optado por unos vaqueros negros, botas y un suéter ceñido. Me apliqué maquillaje, luzco unos aretes y utilicé el secador para mi cabello. Al estar en el taburete al lado de Matt, percibo mi propio atractivo. Es la misma sensación de hermosura que Stewart me transmitía en los inicios de nuestra relación. Soy consciente de que Stew no es responsable de mi falta de confianza, ya que insiste constantemente en que soy bella. Sin embargo, me resulta difícil confiar en sus palabras. Siento que la maternidad ha consumido todo mi encanto físico. Había dejado de recordar lo gratificante que resulta recibir un cumplido.

—¿Vas a pedir de nuevo una IPA de barril hoy? —me consulta—. Esta pilsener también es excelente, por si te apetece degustarla.

—Desliza su cerveza por la barra hacia mí.

La tomo y bebo un trago. Mis labios entran en contacto con el mismo cristal que él ha rozado. Y él rememora la birra que consumí la vez anterior.

—Deliciosa. Pero se supone que soy yo quien te invita esta vez.

—No hay problema, permitiré que invites a unas cuantas bebidas. Conforme bebemos las cervezas, tengo dificultades para enfocarme. Apenas presto atención a nuestra conversación, la cual profundiza en la información privada que compartimos durante la cita anterior. Principalmente, noto la proximidad de nuestros rostros y cómo nuestras rodillas chocan constantemente. ¿Habrá considerado esto al elegir acomodarse en el mostrador? ¿Deseaba impedir que un tablero estableciera un obstáculo entre nosotros? Estoy terminando mi segundo trago cuando realmente empiezo a procesar lo que Matt está diciendo. Le he consultado hace un momento sobre su estancia en Park Slope, una interrogante que se antoja bastante inofensiva.

—Mi pareja y yo nos trasladamos aquí hace unos meses —contesta—. Contamos con una vivienda en la calle Dieciséis. ¿Qué hay de ti y de tu esposo?

Novia. Marido.

Molly Roden Winter, junto a su marido 
Molly Roden Winter, junto a su marido GATOPARDO

Me detengo un instante. Es consciente de mi matrimonio, por descontado; jamás he intentado esconderlo. Sin embargo, escucharle decir el término «esposo» ha hecho que Stew se presente aquí, en el local, con nosotros. Además, él tiene pareja. ¿A qué se debe que este detalle me afecte de tal modo? Tal vez asume que los dos somos desleales. A lo mejor esto se reduce a una simple amistad, después de todo. Termino mi bebida y observo hacia arriba, como si estuviera evaluando mi contestación.

—A ver —comienzo—. Nos mudamos a este sitio justo antes de que Daniel naciera, y ya que ha cumplido los seis, han pasado precisamente seis años. En poco tiempo nos trasladaremos a una vivienda independiente, todavía dentro de Park Slope, de manera que la intención es establecernos aquí definitivamente. Actualmente estamos en obras. Representa un desorden considerable, pero nos favorecerá contar con una superficie mayor.

Escuchar mis propias divagaciones me revuelve las entrañas. Qué complacida luzco con mi existencia rutinaria: Daniel ya tiene seis años… Nos trasladamos a una vivienda… Estamos realizando remodelaciones… ¡Qué desorden tan enorme! Me dan náuseas. Esa no soy yo realmente. No obstante, tampoco me reconozco en quien lanza miradas cómplices y toca la rodilla de un hombre prácticamente extraño.

Cojo el teléfono con dedos temblorosos.

—Ay Dios, se me ha hecho tarde —suelto—. Debería irme a casa, por la canguro.

—Oh, claro —contesta Matt—. ¿Te acompaño?

—No, queda en la dirección contraria. Pero cuando nos mudemos a la calle Diez, ¡seremos vecinos! —añado con el tono más alegre y vecinal posible. Saco unos billetes de la cartera y los pongo debajo del vaso vacío.

—Aquí tienes, por la cerveza. ¡Lo he pasado muy bien!

—Desciendo prácticamente de un brinco de la banqueta y comienzo a introducir los brazos en la prenda.

—Efectivamente, yo igual —replica Matt con un gesto de total confusión—. Deseo que regreses bien y sin riesgos a tu hogar.

—¡Lo cumpliré! —Digo adiós con un gesto al tiempo que avanzo entre los jóvenes que se sitúan entre la salida y yo, impidiendo mi escape—. ¡Hasta luego!

Al salir, giro en la esquina y me dirijo a la oscuridad de la calle Tres. ¿Qué es lo que hago? ¿En qué esta- ba pensando? Soy una mujer casada. Una madre con niños pequeños.

¿Cómo creía que sería una «cita» con un tío más joven? Acelero el paso. Pues claro que tiene novia. ¿Debo suponer que suspira por mí durante las semanas que paso con mi familia, que se reserva para tomar cervezas en el bar conmigo? Es probable que yo solo sea un entretenimiento, una madurita que se derrite por él y le alimenta el ego.

Saco el teléfono y le envío un mensaje a Stewart: «Ya de ca- mino a casa».

«¿Tan rápido?», se asombra. Lo visualizo con el teléfono en la mano, aguardando alguna noticia picante para masturbarse en su oficina. Prácticamente percibo su gesto de desilusión al percatarse de que no pienso profundizar en pormenores eróticos.

«Sí. He tenido la sensación de que me estaba equivocando.»

«Vaya, tesoro, lo siento. ¿Estás bien? ¿Quieres que vaya a casa?»

No, no estoy bien. Y el hecho de que Stewart lo sepa hace que se me llenen los ojos de lágrimas. Pero ¿cómo se lo explico?

¿De qué forma le expreso que requiero recostarme a solas en el lecho para sollozar y sufrir por la ausencia de aquello que jamás fue mío?

«¡Me encuentro perfectamente!», respondo, y percibo con retraso que los signos de admiración exponen mi engaño. «Simplemente estoy agotada. Me retiro a dormir.»

«Vale», responde. «Si quieres hablar, aquí estoy. Te quiero.»

«Gracias, cariño. Yo también te quiero.»

Pero no basta, pienso. Nada volverá a ser nunca suficiente.

Etiquetas