Cultura
Olga Merino

Olga Merino

Periodista

Maderas, miel y carne africana

Fahrenheit 451

Llegó el día, al fin, de visitar La Malinche (Aragó, 127), una librería que enarbola como lema una frase de Plutarco: “La mente no es un recipiente a llenar, sino un fuego que debe encenderse”. Ajá, la llama viva del conocimiento, la imaginación ígnea, la candela que velamos en el cuartelillo Fahrenheit 451. De eso va en parte la nueva novela de la escritora mexicana Daniela Tarazona , El corazón habitante (Almadía), a cuya presentación acudimos el jueves, con Mar García Puig en el papel de madrina.

Entre ambas desovillaron el texto, narrado en tres épocas distintas y cada una con su personaje: una mujer en una cabaña de la prehistoria; un anatomista inglés del siglo XVII, William Harvey, el primer médico en describir de forma correcta el sistema circulatorio de la sangre; y un astronauta encerrado en la soledad ingrávida de su nave. Las ideas de cada uno bombean con la fuerza obstinada del corazón, conformando la evolución del pensamiento humano y su hambre de aprender.

El ensayo ‘La bisabuelita’ desanda los vínculos entre la Catalunya industrial y la Cuba esclavista

Acabado el acto, conversamos un rato con la librera, la costarricense Lucía Leandro , quien inauguró La Malinche el 11 de abril del año pasado, un local que se especializa en literatura escrita por mujeres y atravesada por el colonialismo. De ahí el nombre, claro. Si el mexicano Octavio Paz asoció la palabra “traición” a la esclava indígena, pues entregó sus saberes al conquistador Hernán Cortés para el sometimiento de Tenochtitlan, los nuevos feminismos han querido revertir el significado del mito: L a Malinche actuó lo mejor que pudo, y apelar a su nombre supone hablar de puentes e intercambio.

Mar Garcia Puig, Daniela Tarazona y Lucía Leandro, el jueves, en la librería La Malinche
Mar Garcia Puig, Daniela Tarazona y Lucía Leandro, el jueves, en la librería La MalincheNacho Vera

Ah, el incómodo pasado colonial, a veces oculto bajo la alfombra. Sobre este melón huertano también conversaron, el lunes, el historiador Martín Rodrigo Alharilla y la profesora Lisa Surwillo en el Museu d’Història de Barcelona, presentados por el director de la institución, Carles García Hermosilla . La disertación se articuló en torno al libro del que son autores los primeros, La bisabuelita. Género, esclavitud y finanzas entre La Habana y Barcelona (Icaria), un ensayo sobre cómo la pujanza de la Catalunya industrial a lo largo del siglo XIX se sustentó en la Cuba esclavista de las plantaciones e ingenios azucareros. “En las ferias de indianos no se explican estas cosas”, bromeó el profesor Rodrigo Alharilla.

Martín Rodrigoy Lisa Surwillo con el director del Museu d’Història de Barcelona,Carles García
Martín Rodrigoy Lisa Surwillo con el director del Museu d’Història de Barcelona,Carles GarcíaAna Jiménez

Su ensayo parte de un manuscrito de 130 páginas, custodiado en el monasterio de Montserrat, donde una dama decimonónica relata a las generaciones venideras cómo se fraguó el patrimonio familiar gracias a “la bisabuelita”. Esto es, Manuela Xiqués Romagosa (La Habana, 1807-Barcelona, 1891), una criolla cuyos ancestros, oriundos de Reus y Canet de Mar, habían comerciado en Cuba con “maderas y mieles” y, luego, con esclavos africanos, aprovechando el hueco que habían dejado los británicos tras la prohibición de la trata en 1807. Al enviudar, la bisabuelita Manuela recaló en Barcelona en 1851 e incrementó su considerable fortuna invirtiendo en el negocio inmobiliario, en la construcción y compra de solares en la Rambla y el paseo de Gràcia.

No podemos despedirnos sin aplaudir a Ignacio Martínez de Pisón como maestro de ceremonias. Pasamos una tarde estupenda, el martes, en la Documenta, escuchándolo conversar con Ana Merino sobre El camino que no elegimos (Destino), en parte una novela de campus —ese subgénero tan apegado a la tradición anglosajona— que bebe de la experiencia docente de la autora en universidades norteamericanas. En parte eso y, en otra, una narración coral sobre relaciones rotas. El corazón y su eterno bombeo.