El periodo más notable de nuestra existencia.
Premis Gaudí
Cinco directores que optan al Gaudí examinan para Guyana Guardian sus métodos de creación, la pluralidad de enfoques y el vínculo entre el séptimo arte, el lenguaje y el público.

Judith Colell (Frontera), Javier Ruiz Caldera (Wolfgang. Extraordinari), Gerard Oms (Molt lluny), Iván Morales (Esmorza amb mi) y Jaume Claret Muxart (Estrany riu)
Tras un 2024 marcado por resultados históricos, la cinematografía catalana ha experimentado un 2025 que ha ratificado su excelente etapa. La pluralidad de perspectivas y enfoques, el anhelo de calidad y la armonía entre realizadores veteranos y debutantes han constituido una tónica que transformamos en diálogo, congregando a los cineastas de las obras candidatas al Premio Gaudí a la Mejor película: Judith Colell (Frontera), Javier Ruiz Caldera (Wolfgang. Extraordinari), Gerard Oms (Molt lluny), Iván Morales (Esmorza amb mi) y Jaume Claret Muxart (Estrany riu) debaten acerca de propuestas surgidas de la esfera personal y relatos externos que requieren ser asimilados, sobre el idioma y la política, así como sobre el vínculo con la audiencia.
Iniciamos consultando sobre su experiencia en la temporada de galardones, y el grupo concuerda en que ser nominados o premiados garantiza visibilidad para sus trabajos y afecta cómo los percibe la audiencia. El entusiasmo es compartido, aunque algunos experimentan mayor inquietud mientras que otros lo toman con más calma. No obstante, resulta relevante cómo todos subrayan la necesidad de centrar la atención en los filmes y respaldarlos para fortalecer su conexión con quienes los ven. Debido a esto, instrumentos como los debates han resultado esenciales, volviéndose cada vez más frecuentes. “¡He hecho 93!”, comienza Gerard Oms destacando la relevancia del Cicle Gaudí, promovido por la Acadèmia: “Es maravilloso ver como el cine llega a pueblos pequeños donde he encontrado plateas llenas”, comenta. “La conexión con la gente es fantástica. Siempre se aprenden cosas”, sostiene Judith Colell. En esa misma línea se expresan los demás: intercambiar métodos de creación —“es lo que más nos gusta”, señala Javier Ruiz Caldera—, asombrarse ante la repercusión de una historia —“los encuentros se convierten en una especie de terapia colectiva sentimental”, rememora Iván Morales— o gozar de visiones que aportan valor —“de repente, hay una pregunta de alguien que acabas incorporando a tu discurso”, añade Jaume Claret Muxart—. “Redescubres tu película: cada vez que un espectador la ve, es nueva, porque hay una mirada nueva”, concluye Oms.
Entrañas y conexiones
Nos enfocamos ahora en el comienzo de sus obras y en el modo en que estas los moldean como realizadores. Si Estrany riu, Molt lluny y Esmorza amb mi emergen de experiencias propias, Frontera y Wolfgang se inspiran en relatos de terceros. “Hay algo de hacer cine desde las entrañas”, lanza Claret. “Y desde aquí empieza el proyecto, que después se convierte en ficción. Pero nace de un lugar profundo, y me provocaba cierta resistencia: tenía miedo de que, después de siete años con el proyecto, me acabara agotando. Y era al revés, las ganas permanecían por el factor de las entrañas. Pero creo que tiene que ser muy bonito rodar una historia que no vaya conmigo, o que no haya escrito yo”, reflexiona. Caldera responde: “Es imposible hacer una película que no tenga que ver contigo mismo. Un libro, un guion que te han pasado… cuando conectas y te emocionas, entonces ya te lo haces tuyo. Siempre tienes mucho que ver con aquello que haces. Y es curioso como después aparece alguien que encuentra conexiones en las que no habías pensado, un hilo bonito entre tus películas”. Y Colell prosigue: “Una de las cosas que marca el estilo cinematográfico es la obsesión temática. Ni siquiera nos damos cuenta, pero cuando aceptas hacer un guion que no es tuyo, lo que te hace decir sí o no es si aquello dialoga contigo”.
Volviendo a los proyectos personales, Iván Morales apunta: “Yo he dirigido textos de otra gente y cosas mías. Evidentemente todo te interpela, pero sí que veo una diferencia si tengo la necesidad existencial de explicar una cosa que proviene, como dice Jaume, de las entrañas. O de una semilla dentro de ti que es atómica y tiene que estallar en algún momento. Tuve la primera idea de Esmorza amb mi hace más de 20 años. Tiempo de digerirla, de madurarla, de escribir un guion, de hacer una versión teatral con 30 y tantos, y la película con más de 40. Y cuando acabas, hay una sensación preciosa de círculo cósmico que se cierra”. Y se suma Gerard Oms: “En mi caso, hay un impulso desde un lugar muy inconsciente. Yo no pasé por una escuela de cine ni estaba llamado a ser cineasta, y escribí sobre un viaje personal porque era el único punto que me podía legitimar, conociendo de lo que hablaría desde lo propio. Y el proceso de escritura ha sido muy intuitivo, la parte más reflexiva ha venido después, aterrizando y compartiendo aquello que nacía desde algo muy primario”.
La apuesta por el catalán
Las cintas que impulsan este intercambio están filmadas en catalán, y en ellas se mezclan las visiones orgánicas con las políticas. Iván Morales responde: “La primera responsabilidad siempre ha sido con los personajes, con aquello que explican y con su punto de vista. Esmorza amb mi pasaba en Barcelona y en el Raval, y su lengua emocional sería el catalán, rodeado de otras lenguas. Estaba clarísimo, como también lo estaba mi militancia política y personal. Y esto te coloca en un camino concreto que yo desconocía, diferente a decidir que sea en castellano o inglés: el camino te marca una distribución, unas ventanas y una relación con el espectador concretas, como las ambiciones que puedes tener. Ha sido un viaje interesante para entenderlo y ser honesto conmigo mismo y con el público. Lo tienes que tener claro”.
Para Gerard Oms, “en Molt lluny sí que había un posicionamiento claramente político con un personaje que representa una Cataluña charnega, recién llegada, y que habla en catalán. Era importante porque estoy harto de un solo relato y una sola Catalunya. Y ver hablando catalán a alguien como Mario Casas, un gallego que ha crecido aquí, me parecía militancia política, tanto lingüística como de clase, por el tipo de catalán que habla. Teníamos la voluntad de defender la lengua y actuar de altavoz”.
Recoge Judith Colell: “Es muy importante rodar en catalán, porque se está haciendo un esfuerzo económico desde las instituciones que lo permite, con presupuestos bastante dignos. En Frontera, hice una doble apuesta: sucede en el Pallars y quise que en parte se hablara en catalán pallarés, y lo defendimos con firmeza. Tenemos que apoyar estas ayudas, porque nos permitirán seguir rodando en nuestra lengua y no limitarnos a películas muy pequeñitas”. Jaume Claret añade: “Desde el inicio y de forma orgánica, el guion fue en catalán. Cuando entramos a financiarlo, aparecieron estas ayudas, y hemos podido hacer una película de dos millones de euros en catalán. Después, al distribuirla, me he encontrado con más problemas dentro de España que fuera. Nosotros no la hemos doblado y no lo haremos. ¡Es que la nuestra es una lengua cooficial del país!”, considera, haciendo referencia a las trabas que ponen distribuidores y exhibidores. “Nosotros tampoco la doblamos”, apunta Morales: “Por eso es bueno saber cuál es el camino cuando haces la apuesta. En el Estado español hay gente que lo agradece, pero hay mucha gente que lo rechaza. Y asumirlo forma parte de la militancia”.
En el transcurso del año anterior, el triunfo de Casa en flames y El 47 dejó patente que el idioma no supone necesariamente una barrera para que una cinta en catalán destaque fuera de nuestro entorno. Tal hecho plantea una discusión sumamente atractiva: “No te puedes creer nada, nadie sabe qué funciona. El año pasado, en España, además de Santiago Segura, las pelis que más funcionaron hablaban de Cervantes, de unos raveros, de una chica que se quiere hacer monja, y de acuerdo, una sobre un niño autista. Telecinco y Atresmedia están desesperados con su excel, donde decía que funcionaban los remakes y las secuelas…”, sostiene Javier Ruiz Caldera en medio de la risa colectiva y cómplice.
Entre disfrutar y sufrir
Sin embargo, el malestar no surge únicamente cuando la industria impone el doblaje de un filme. Morales se muestra asombrado por el extravío de la autonomía tras concluir el rodaje, especialmente al diseñar un póster o un avance: “He visto que es un proceso donde opina todo el mundo menos el director”, comenta entre risas. Según Javier Ruiz Caldera, el momento más difícil ocurre durante la difusión de su trabajo: “Yo lo paso muy mal, sobre todo en las primeras entrevistas, porque soy un vendedor terrible de aquello que he hecho”. Asimismo, todos coinciden en el autoritarismo que representan los ingresos obtenidos en el estreno inicial: “Yo no dormí la noche del estreno”, admite Gerard Oms. “Es muy tiránico que estas cifras marquen que puedas seguir con todas las copias o que puedas desaparecer de las salas”, destaca Judith Colell. “Se puede perder una cosa muy importante para nuestras películas, que es el boca-oreja”, agrega Jaume Claret. “Antes se daba tiempo para que encontraran su público, pero ahora hay pelis buenísimas que no tienen ninguna oportunidad, y esto es muy triste. Yo he hecho pelis que han ido bien y la sensación es más de alivio que de felicidad”, aclara Ruiz Caldera.
¿Qué hay de las gratificaciones? ¿En qué parte del desarrollo artístico halláis el disfrute? Según Morales, los instantes más gratos ocurren durante los encuentros previos a la filmación con los responsables de área, elaborando la planificación técnica y definiendo cada encuadre junto a la responsable de fotografía, ideando la vestimenta o el diseño artístico, o resolviendo conflictos con la producción, aunque especialmente en las pruebas con actores: “No sé si es mejor que el rodaje, pero sí que se disfruta mucho porque te recuerda la vertiente más humanista del trabajo”. Colell, Oms y Ruiz Caldera resaltan el periodo transcurrido en la edición (“que también hace sufrir cuando tienes que cortar escenas que te encantan”, señala la realizadora de Frontera). Al respecto, el cineasta de Wolfgang agrega: “Yo no escribo los guiones, a pesar de que participo del proceso, pero, de alguna manera, en la sala de montaje reescribes la película. Y tienes tiempo, no como en el rodaje, donde cada minuto cuenta y tienes que mirar el cielo a ver si llueve o truena, o si hay nubes o hace sol”, aclara. “Pues a mí me flipa mirar al cielo y ver si lloverá”, contesta Claret en medio de las carcajadas colectivas: “Puro placer, trabajar en grupo, ir a cenar todos juntos, salir de fiesta los sábados… El mismo rodaje es una película. Realmente, donde disfruto más es ahí. El de Estrany riu ha sido el mejor momento de mi vida”, finaliza con gran ánimo.