Cultura

Sílvia Munt: Actriz por azar, directora por firmeza, insumisa por temperamento.

Premis Gaudí

Recibe el Premio Gaudí de Honor - Miquel Porter 2026 justo al concluir un trabajo documental sobre Mercè Rodoreda. De algún modo, resulta casi místico que la Sílvia Munt realizadora se encuentre nuevamente con la autora que transformó su trayectoria, la misma que hizo posible que, hasta hace dos décadas, existiera una Sílvia Munt intérprete. Su papel de La Colometa en La plaça del Diamant marcó profundamente su vida, si bien trabajos como Alas de mariposa obtuvieron igualmente importantes elogios. Actualmente, mediante la dirección de cine y teatro, “la Munt” disfruta relatando vivencias y aportando esa visión particular que alimenta su esencia “anárquico y desobediente”.

Sílvia Munt: Premio Gaudí de Honor - Miquel Porter 2026

Sílvia Munt: Premio Gaudí de Honor - Miquel Porter 2026

“La nostalgia llega cuando quieres que las cosas se mantengan siempre igual”. Dicha frase se vincula a la legendaria Jeanne Moreau, pero encajaría perfectamente con Sílvia Munt (Barcelona, 1957), distinguida con el Premio Gaudí de Honor - Miquel Porter 2026, y una persona que prefiere no mirar hacia atrás. Un reconocimiento así, sin embargo, la fuerza a rememorar sucesos y a explicar nuevamente por qué decidió dejar la actuación para dedicarse a escribir y dirigir, impulsada por el deseo de manifestar su perspectiva sobre aquello que le inquieta. También le toca atender de nuevo las constantes interrogantes acerca de Colometa y Rodoreda.

“Recibir un Gaudí de Honor tiene algo de contradictorio”, nos revela. “Para empezar, siento un enorme agradecimiento. Que los compañeros y compañeras reconozcan tu carrera, tu trayectoria, es muy bonito. Te vienen muchas cosas a la cabeza. Por otro lado, yo siempre miro hacia adelante, nunca miro hacia atrás y ahora me toca hacerlo. Pero me da la sensación de no haberme equivocado con el oficio al que me he dedicado, y esto siempre es bueno”, asegura.

Para la muchacha dedicada a la danza que iniciaba su formación en Psicología, su destino se transformó por completo cuando el recordado Pepón Coromina observó una breve toma de su rostro en Barcelona sud (Jordi Cadena, 1981) e impulsó su participación en el casting para encarnar a Natàlia de La plaça del Diamant (Francesc Betriu, 1982). “De un casting de más de setenta actrices catalanas quedamos cinco. Y de estas cinco, Rodoreda me quiso a mí”, rememora. Por espacio de veinte años, Sílvia Munt encadenó diversos papeles, tanto en la gran pantalla (Secretos del corazón, El perquè de tot plegat, La pasión turca, Alas de mariposa, Golfo de Vizcaya, Sal gorda) como en el teatro, hasta que finalmente concretó su antiguo anhelo de ponerse tras la cámara con Lalia (1999), una pieza corta acerca de la cotidianidad de una joven saharaui. Obtuvo el Goya, aquella vivencia la transformó profundamente y la intérprete pasó a ser realizadora de forma definitiva. Aún participaría en algunas cintas adicionales, siendo la final en Requisitos para ser una persona normal (2015), no obstante, un cuarto de siglo más tarde, habiendo realizado cuatro filmes extensos, diversas producciones y ficciones televisivas, además de numerosas piezas escénicas, “la Munt” únicamente desea continuar narrando historias que le permitan expresar su visión. Tal como sucede, en una clausura perfecta de su trayectoria, con el relato de esa autora que marcó un antes y un después en su existencia.

Acabas de rodar un documental sobre Mercè Rodoreda.

Siento por ella una estima inmensa. Le estoy profundamente agradecida, ya que mi trayectoria interpretativa se forjó gracias a su apoyo. Me brindó la ocasión y se comportó conmigo de forma muy altruista. Destacaba como una de las mentes más brillantes que he tenido el placer de tratar. Asimismo, figura entre las literatas más insignes de nuestra nación. Su labor no ha obtenido el prestigio que realmente amerita. Diversos literatos sostienen que debió recibir el premio Nobel; personalmente, considero que Mercè está a la altura de los más destacados. Por ello, en cuanto el Institut d’Estudis Catalans me propuso rodar un filme acerca de Rodoreda, abandoné mis proyectos para dedicarme plenamente a ello. Inicialmente, por justicia a su mérito, y además porque su figura femenina resulta ejemplar: regresó del destierro enfrentando severos juicios sobre su intimidad y padeció un desprecio absoluto.

Debías acabar harta de que te preguntaran por Colometa…

La plaça del Diamant tuvo un gran éxito, la figura conectó profundamente con el público, y en aquel entonces experimenté una etapa de cansancio. Había realizado ya una veintena de filmes y continuaban interrogándome sobre lo mismo… No obstante, tras los años, comprendes que esta clase de fortuna ocurre raramente en la existencia. Y resultaría bastante irresponsable y poco agradecida si no reconociera los numerosos beneficios que me brindó Colometa.

¿De qué manera rememoras esos comienzos, previamente a La plaça del Diamant, en esa Barcelona que se encontraba en plena efervescencia? 

En aquel tiempo yo era una joven danzarina de 18 años, habiendo realizado montajes coreográficos en el festival Grec de 1976, mientras experimentábamos una Barcelona en plena ebullición, marcada por las reuniones anarquistas y del PSUC, las divisiones internas, etcétera… Aquel periodo coincidió con el Saló Diana impulsado por Mario Gas, donde yo permanecía presente como testigo, contemplándolo todo. Finalmente me estrené sobre las tablas interpretando a Puck de El sueño de una noche de verano de Shakespeare, contando con la realización de Juanjo Puigcorbé. Cada suceso ocurría de forma fortuita, pues mi trayectoria se define por puras coincidencias. Aunque me formé en el Institut del Teatre, toparse con tal agitación social te permite aprender, adquirir un conocimiento inmenso.

Otro trabajo que te dio muchas satisfacciones fue el de Alas de mariposa.

Resulta sumamente complejo seleccionar un filme dentro de una carrera con más de 60 obras, no obstante, es cierto que esta pieza resultó fundamental: debido a que se trataba de un papel complejo, distinto a lo que solía interpretar habitualmente; por su gran repercusión, llegando a obtener un Goya, además de otros diversos motivos. La filmación resultó agotadora y se prolongó demasiado, durando tres meses y medio. Sin embargo, al colaborar con un Juanma Bajo Ulloa de apenas 24 años, ya se percibía que creábamos algo verdaderamente singular. Lo lamentable es que Juanma no lograra proseguir con su trayectoria profesional según lo previsto por todos. Esta profesión es así de cruel y así de implacable. 

Al organizar nuestro encuentro, me topé con un reportaje televisivo de finales de la década de los ochenta en el cual ya expresabas que aspirabas a ser directora.

¡Observa! Me parece que ya lo tenía integrado, sin percatarme demasiado. Acostumbro a relatar que mi etapa como actriz comenzó de forma casual. Tal como ha sucedido con los eventos fundamentales de mi trayectoria. Soy sumamente constante y estudio a fondo, luchando intensamente en cada labor que emprendo, pues arrastro una autodisciplina que resulta casi patológica. En los más de veinte años que ejercí la interpretación, traía conmigo una base de bailarina, una disciplina que requiere gran abnegación y esfuerzo. La cuestión es que siempre ha habitado en mí un instinto que defino como caótico y rebelde: me molesta acatar órdenes externas. Es una verdad absoluta, nos guste o no. Con sus pros y sus contras. Me siento mucho más plena al afrontar mis retos con autonomía que al tener que omitir mi opinión para realizar lo que otros dictan. Este rasgo resume casi toda mi esencia. 

¿Esto hizo que dejaras la interpretación y apostaras por la dirección?

Efectivamente. Hubo una etapa en la que, debido a diversos motivos, algunos de índole privada, comprendí que algo no funcionaba correctamente. Entonces surge el gran interrogante sobre si realmente estás dedicándote a lo que deseas. ¡Eso es todo! En mi época de actriz, frecuentemente discrepaba con las instrucciones recibidas o con la visión de un papel. Aquello me afectaba profundamente. Me resultaba imposible aceptarlo, pues no poseo el temperamento adecuado para ello. Podría haber retomado la actuación, ya que anualmente recibo ofertas para hacerlo. No obstante, no lo considero, puesto que me veo incapaz de someterme nuevamente al criterio de alguien más. Tal decisión implicaría realizar demasiados sacrificios. En su día decidí que no regresaría a la interpretación, pues mi destino era distinto. Además, mi curiosidad y dinamismo me impulsaron hacia la dirección y la escritura, ámbitos que me atraían enormemente.

¿Los rodajes y la manera de dirigir han cambiado mucho, verdad?

En gran medida. Anteriormente, la organización funcionaba de forma jerárquica. Era posible acercarse amablemente a conversar con un realizador, pero dependiendo de a quién le sugirieras ciertos temas, te observaban como si estuvieses cometiendo un sacrilegio. Un cineasta incluso me confesó que evitaba el diálogo con el elenco debido al temor que le provocaban. Se trataba de alguien muy célebre, por cierto... Básicamente, su labor consistía en entablar comunicación con los intérpretes y el personal técnico. Al toparte con perfiles de ese tipo, algo que experimenté en diversas ocasiones, uno simplemente ejecutaba lo que consideraba necesario, intentando no desentonar demasiado y realizando malabarismos increíbles. No obstante, ocasionalmente aparecía algún director con mayor seguridad en sí mismo, que sí dialogaba con el artista e incluso solicitaba su punto de vista. Por citar un caso, Fernando Trueba, con quien mantengo una gran amistad y quien fue clave para impulsarme hacia la dirección... Colaboramos en Sal gorda y, por un periodo de dos años, en El trío en mi bemol, que representa su única incursión en la dirección teatral. Yo solía proponerle múltiples dudas y Fernando terminó comentándome, en tono amistoso: “¡Tía, dirige tú!”. Durante mis rodajes iniciales, cuando le confesaba que estaba muerta de miedo, él siempre me transmitía una gran seguridad, algo que resulta de enorme utilidad.

En su faceta de director se advierte una inquietud por los temas sociales. El activismo feminista y el derecho a decidir en Las buenas compañías, la problemática habitacional y los desalojos en La Granja del Pas, el contexto de los saharauis en Lalia… ¿Es así?

Efectivamente, es así y resulta inevitable. Siento una gran preocupación por lo que nos inquieta a todos. Durante aquella espantosa crisis de 2008 en la que todo se desmoronó, mi intención era rodar una película que abordara sus consecuencias. No obstante, las cadenas de televisión no adquirían guiones sobre esa temática, ya que no se podía cuestionar a los bancos. Opté por realizar un documental y sacarlo adelante por mi cuenta. Una vez iniciado, TV3 se involucró y posteriormente premiaron La Granja del Pas en el Festival de Valladolid, permitiéndonos cubrir todos los costes. Pero sí, me atrae tratar asuntos sociales, como el mestizaje, un tema que siempre me ha interesado al entender que somos una mezcla cultural. O sobre la mujer: al crear Gala, por ejemplo, me encontré con un personaje que había sido totalmente despreciado, vista como la malvada o la bruja… Y de pronto descubres a una figura fascinante, una mujer que, como suele ocurrir, fue tratada de forma injusta al culparla del conflicto entre dos amigos como Buñuel y Dalí, cuando no fue así, etcétera. Asimismo, al dirigir Pretextos, exploré la vivencia de alguien que ya estaba cansado de la vida, basándome en un caso muy cercano.

¿Qué opinas sobre esta excelente hornada de realizadoras que, desde hace ya varios años, llevan la voz cantante en nuestra cinematografía?

Como mujer, me genera una satisfacción enorme. Ya te lo imaginas. Es decir, pienso que desde hace unos doce años se ha fracturado un techo de cristal. Se ha quebrado porque bastantes mujeres han cursado la especialidad de dirección, se han lanzado a ello. Actualmente disponemos de la perspectiva femenina global, esa célebre mirada de mujer que antes sosteníamos que era idéntica a la de los hombres y no, no lo es. Las mujeres observamos detalles y existimos de formas que difieren de las masculinas. Logramos concordar en ciertos puntos, pero no es lo mismo. Esta transformación es imparable.

Cuando tú empezaste a dirigir erais poquitas…

Pienso que apenas el 7% de quienes dirigíamos éramos mujeres, y resultábamos extrañas. No teníamos modelos. El mío fue siempre Agnès Varda, una mujer magnífica que comprendía esta labor con integridad, lejos del artificio y la vanidad, que tanto me inquietan. Hoy en día, las referencias abundan. Además, hay jóvenes que aspiran a la dirección de cine, sabiendo que su visión es potente y debe tener gran relevancia.

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