Cultura

Avance editorial de la nueva novela de David Uclés, 'La ciudad de las luces muertas'

Exclusiva

El libro más esperado del año es 'La ciudad de las luces muertas' (Destino), novela de David Uclés ganadora del premio Nadal, que sale a la venta el 4 de febrero. En ella, el autor nos sitúa en la Barcelona de posguerra, donde se produce un apagón que hace que se superpongan todas las Barcelonas que han existido: aparecen edificios desaparecidos y surgen otros del futuro. Escritores y artistas vuelven a la vida y se cruzan en encuentros insólitos: Picasso, Cortázar, Gaudí, Bolaño, Orwell, Montserrat Caballé, García Márquez... Y, sobre todo, Carmen Laforet, Mercè Rodoreda y Montserrat Roig. Reproducimos el prólogo, centrado en Carlos Ruiz Zafón.

.

.

REDACCIÓN / Terceros

'La ciudad de las luces muertas'
David Uclés
Destino. 288 páginas

La sombra a seis mil kilómetros

El escritor: Carlos Ruiz Zafón

El fin del mundo lo pilló en el cruce de la Quinta con la Cincuenta y siete. Venía de intentar leer bajo la sombra de uno de los cerezos más negros de Central Park, entre la laguna y el zoo. Tenía previsto pasar cuatro días en la ciudad, dos de ellos en el parque, leyendo. Era una de sus escapadas por placer, pues vivía en Los Ángeles. Tras las Olimpiadas de 1992, se fue de Barcelona, su ciudad natal, y se mudó a aquella tierra irresoluble, gigantesca, inabarcable. Quería ser escritor.

Millones de ejemplares vendidos después, era igual de reservado y tímido que siempre y seguía prefiriendo la vida en Norteamérica, donde no era tan reconocido como en Barcelona. Decía que le gustaba sentirse «como un cocodrilo en un zoo»: solo salía de las aguas cuando a él se le antojaba.

Aquel aciago día de junio, ningún cocodrilo del zoo de Nueva York asomó la cabeza, pero el resto de los animales, más inquietos de lo habitual, entonaron una sinfonía de rugidos y alaridos. Y Zafón, a quien cualquier ruido le sacaba de la lectura, decidió marcharse del parque e ir a la Cincuenta y cuatro con la Sexta Avenida. Buscaba la esquina donde solía tocar vestido de vikingo uno de los mejores músicos de la ciudad: Moondog.

Encendió el discman y escuchó un recopilatorio de los trabajos de aquel compositor estrambótico, ciego desde los dieciséis años. Moondog mezclaba la clásica, el jazz y la música nativa americana de manera prodigiosa, y en lugar de tocar sus melodías en óperas de medio mundo, con instrumentos que él mismo había inventado, había preferido hacerlo en las calles neoyorquinas, donde vivió al raso durante mucho tiempo, justo en la esquina hacia donde se dirigía el escritor.

A tres manzanas de allí, un semáforo en rojo lo detuvo. En ese momento sonaba Symphonique #3 (Ode to Venus), una pieza que le recordaba a los últimos cuartetos de cuerda de Beethoven, melancólicos y devastadores. Miró con curiosidad a los turistas que se fotografiaban delante de cualquier cosa que se tuviera en pie en Midtown Manhattan. Y, cómo no, frente al escaparate de la mítica tienda Tiffany & Co., al otro lado del paso de cebra.

Millones de ejemplares vendidos después, era igual de reservado y tímido que siempre

Entonces algo lo sacó abruptamente del ensimismamiento. Un hombre lo agarró del hombro y lo giró hacia él: un predicador callejero que repartía folletos y anunciaba un mensaje a gritos. En contra de lo que parecía, no anunciaba el fin del mundo:

¡América acoge a todos, hasta a las ciudades!

El escritor se liberó airado y lo maldijo; le incomodaba el contacto físico con desconocidos. El semáforo se puso en verde y cruzó la calle colocándose la chaqueta. Pero a mitad del paso de peatones frenó y volvió la mirada hacia el predicador. ¿Le había hablado en catalán? El hombre gritaba en inglés, pero juraría que se había dirigido a él en un perfecto catalán.

La luz del semáforo empezó a parpadear avisándolo de que debía apresurarse, y terminó de cruzar. Se notó indispuesto. La voz del hombre lo había desorientado y le hizo sentir por un instante que estaba en dos lugares al mismo tiempo: Barcelona y Nueva York. A veces sufría ese tipo de dolencias psíquicas. Padecía muchos problemas de salud, la mayoría imaginarios.

Apagó el discman y cambió de ruta. Decidió ir a la catedral de Saint Patrick. La tenía a unos metros y solía encontrar calma en las iglesias. Su afición por la música solo era igualable a la que sentía por la arquitectura. Entre tanto bloque recto, las bóvedas de crucería y los arcos apuntados neogóticos lo transportarían brevemente a Cataluña. El cuerpo, por alguna razón, se lo pedía.

Las puertas de la catedral estaban cerradas. Subió la escalinata y leyó un cartel escrito en inglés. No le dio tiempo a descifrar el mensaje. Una explosión descomunal se escuchó en toda la ciudad, rompió la barrera del sonido y provocó una onda expansiva que percibieron todos los neoyorquinos; quebró algunos cristales y movió los ladrillos sueltos de las fachadas y estremeció a los pájaros de gris humo y alteró la piel de los estanques y deshojó las copas de los castaños. Después, un silencio breve dio paso a cientos de alarmas y a voces asustadas que se iban tornando cada vez más corpóreas.

Zafón volvió a la Quinta Avenida. Quiso comentar con algún transeúnte el origen de aquel estruendo. Le llamó la atención que todos se dirigieran aprisa en una misma dirección. Logró que una mujer con un carrito le hiciera caso:

—¡Algo está pasando en el mar! Lo acaban de decir en la radio.

No le quedaba otra. Se unió a la euforia colectiva y, si bien no corrió, pues desde hacía un tiempo le afectaba un mal de estómago que se lo impedía, descendió lo más rápido que pudo la avenida hasta llegar al mirador de la Estatua de la Libertad. La escultura, como todos, miraba hacia el océano.

Las aguas del puerto de Nueva York estaban agitadas y lucían un tono pardo que auguraba tormenta pese a que el cielo estaba despejado. Zafón quería ver qué traía el mar. Logró tomar un taxi de milagro. Le pidió que lo condujera al puente Verrazano-Narrows, desde donde se podían ver los barcos venidos de ultramar y la bahía completa, la superior y la inferior, aunque el puente no fuera peatonal, supuestamente para evitar los suicidios. Solo se podía caminar por él dos veces al año: el día de la maratón de Nueva York y el del tour ciclista Five Boro, pero pensó que desde sus inmediaciones tendría una buena panorámica del horizonte oceánico.

Al taxista le llevó un buen rato llegar, pese a que había tomado la autovía de la Costa Este y la Interestatal 278, y no la ruta más obvia, que lo habría encajonado en la cuadrícula de Manhattan, saturada tras la explosión. Ellos también pillaron atasco, aunque ya a la altura de la navideña barriada de Dyker Heights. Desde allí solo había un par de kilómetros cuesta abajo hasta el puente. El escritor, impaciente, los recorrió a pie.

Se alegró de ver que el atasco había colapsado el puente y que los curiosos habían cortado el tráfico y transitaban sobre él. Cruzar aquel enlace a pie era un privilegio. Cuando llegó al centro, apenas cabía un alfiler. Todo Manhattan estaba allí. Y el escritor esbozó la misma cara de incomprensión que el resto: un cielo oscuro se aproximaba desde Europa. Si el viento no se calmaba, la ciudad de Nueva York sería cubierta por la negrura más intensa que había visto nunca.

Le vino a la cabeza algo de lo que solían acusarlo sus amigos: siempre que iba de visita a Barcelona, llovía. El escritor, decían entre risas, llevaba las nubes adonde fuera.

La turbamulta enmudeció y muchas manos señalaron hacia el océano. Zafón también vio cómo, en mitad del mar, un barco ingente se dirigía hacia ellos. Era incluso más alto que los pilones del puente, que superaban los doscientos metros.

«Debo de estar soñando», se dijo, pues el barco cargaba con el templo expiatorio de la Sagrada Familia de Barcelona, el mismo en el que se había colado tantas veces de pequeño, el que pensaba que nunca vería terminado y que entonces había cruzado el océano con sus dieciocho torres levantadas. Por si fuera poca la sensación de alucinación, desde la proa, un viejo de ojos azules y barba prominente, con un aspecto idéntico a Antoni Gaudí, avisaba a los neoyorquinos del motivo de su llegada:

—¡Se está muriendo! ¡Barcelona se muere! ¡Una oscuridad total rodea la ciudad!

El escritor no acababa de creer lo que veía, pero la imagen era tan funesta que sintió que tenía que avisar a sus amigos y familiares. Se alejó del centro del puente y varios latigazos en el vientre lo doblaron. Se enderezó a duras penas para sacar el teléfono y llamó a Antonia, su agente, que vivía en Barcelona. Estaba seguro de que ella podría dar la voz de alarma, que conseguiría, tal y como pedía desgañitado el viejo Gaudí desde la tarima del barco, evacuar a los barceloneses. Mientras marcaba, escuchó la voz de un policía que iba sobre un caballo:

—¡Volved a tierra! ¿No veis que viene hacia aquí? ¡El puente no resistirá! ¡Volved a tierra! ¡Dad media vuelta ya!

Zafón se quedó quebrado de dolor entre dos coches con el móvil en la oreja. Contaba los tonos. Temía que, tras el noveno, se cortara la llamada.

«Debo de estar soñando», se dijo, pues el barco cargaba con el templo expiatorio de la Sagrada Familia

Era tarde cuando sonó el teléfono. Lo oyó desde la cama. Solía dejarlo fuera del cuarto para no consultarlo durante la noche. Por suerte, pese a la diferencia horaria entre Nueva York y Barcelona, no se había dormido todavía.

Se levantó de inmediato y caminó a tientas hacia el pasillo. Sabía que no eran horas para llamar a nadie y, en cierta forma, presentía la razón de la llamada. Vio el número y cerró los ojos como quien no quiere escuchar una mala noticia.

—Antonia, disculpa la hora.

—No te preocupes. ¿Qué ha pasado? ¿Seguís en el hospital?

—Nos echan ya. Carlos no ha aguantado más. Avisa en Barcelona, por favor. Diles que se le apagó la luz.