Los enigmáticos interiores de Hammershøi se abren de par en par en el Museo Thyssen
Nueva exposición
La obra del pintor danés, que evoca el silencio y la soledad bajo la suave luz nórdica, se mostrará hasta mayo

Aspecto de la exposición 'Hammershøi. El ojo que escucha', en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza

Blanco, negro, gris. El silencio de los interiores de un piso de Copenhague casi siempre vacío, a veces habitado por una única figura femenina, a menudo de espaldas, enigmática en su contemplación o ensimismada en su labor cotidiana. Ocre. La tenue luz de los paisajes de Dinamarca. La paleta de Wilhelm Hammershøi (1864-1916) era muy limitada, casi tanto como los escenarios que representaba en sus cuadros y que desde el próximo martes, 17 de febrero, y hasta el 31 de mayo podrán verse en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza.
La exposición Hammershøi. El ojo que escucha reúne una setentena de cuadros del pintor danés, a los que se suman una veintena de obras de autores contemporáneos suyos -entre ellos, el catalán Santiago Rusiñol- que contextualizan su tiempo, a caballo de los siglos XIX y XX, justo antes de la eclosión de las vanguardias que revolucionaron la percepción artística.
Considerado uno de los grandes pintores de su época y con notable éxito de público y crítica, Hammershøi, que murió en 1916 a la temprana edad de 51 años, fue cayendo en el olvido hasta que a partir de la década de 1980 su figura empezó a rescatarse en algunas exposiciones europeas, entre ellas la que le dedicó el CCCB en el 2007, en la que su obra se presentaba en sintonía con la del cineasta Carl Theodor Dreyer.
Aquel primer acercamiento de dos décadas atrás a Hammershøi fue el germen de la gran exposición que albergará Madrid durante los próximos tres meses y que recalará más tarde en la Kunsthaus de Zurich, que también ha colaborado en el proyecto, ha recordado la comisaria, Clara Marcellán, que desde aquella visita a Barcelona quedó prendada de la obra del artista danés.
Pero esta exposición es “más ambiciosa”, ha asegurado el director artístico del Museo Thyssen, Guillermo Solana, y, efectivamente, hasta Madrid han viajado algunos de los cuadros más representantivos de la trayectoria de Hammershøi, un pintor “de trabajo lento” que alumbró unas 400 obras en su vida.
El recorrido que plantea la exposición no responde a un orden cronológico, salvo en la primera de las salas, con sus trabajos de juventud, y la última, en la que se muestran obras que pintó en los años previos a su muerte y en cuya composición se aprecia la entrada del rosa, el azul o el amarillo, sino temático: retratos y figuras, entre los que cobra una dimensión especial la presencia de su mujer y musa, Ida; interiores, tal vez el género que mejor sintetiza su genio artístico y el que le dio fama en vida, y paisajes, de los que Hammershøi lamentaba el poco éxito.

El mismo apartamento de Copenhague en el que Hammershøi y su mujer vivieron de 1898 a 1908 pintado una y otra vez, sin apenas cambios, con los mismos objetos en distintos lugares y sutiles variaciones en la luz o en la disposición de la figura femenina. “Escenarios magnéticos y vacíos en los que proyectar lo que pasa por nuestras cabezas”, ha analizado la comisaria este viernes en la presentación ante la prensa de la exposición.
En cuanto al título, El ojo que escucha, Marcellán explica que remite a la relación metafórica entre la pintura de Hammershøi, el silencio y la calma que transmite, y el interés del artista por la música. De ahí que en el catálogo de la exposición se haya incluido un artículo de Ramón Andrés en el que el musicólogo, ensayista y poeta aborda la frustrante relación que tuvo el pintor danés con un instrumento tan difícil como el violonchelo.
La comisaria argumenta que si la obra de Hammershøi se ha comparado con la de Dreyer, Ingmar Bergman o incluso Lars von Trier, grandes nombres del cine nórdico, es porque sus encuadres son muy fotográficos, por lo que también es fácil evocar al contemplar sus cuadros escenas pintadas por Vermeer o Hopper, con personajes “crípticos” en un “tiempo suspendido”. Y, en este sentido, se interpreta el protagonismo del blanco, un color que, como apuntaba Kandinsky, transmite un silencio pleno, a la manera de una pausa musical.
En suma, ha insistido Solana, con esta exposición el Museo Thyssen trata de acercar al gran público un “perfecto desconocido” como Wilhelm Hammershøi, quien, como muchos de los pintores finiseculares, sufrió el ostracismo decretado tras la Primera Guerra Mundial por el nuevo gusto vanguardista, que encumbró a figuras como Picasso o Matisse.
Sin embargo, añade Marcellán, a ese destino había que darle la vuelta -la Galería Nacional de Dinamarca devolvió a sus antiguos propietarios los cuadros de Hammershøi en 1930 y los volvió a recuperar a partir de los ochenta-, ya que no era justo para alguien con una mirada tan “enigmática y única” como la del pintor danés, inclasificable bajo la etiqueta de realista. En todo caso, argumenta la comisaria, habría que hablar de un “realismo espectral” en el que la ciudad aparece extrañamente vacía y los interiores, desnudos, despojados de la calidez del hogar burgués sobre la que teorizó Walter Benjamin.