Un día de teatro en la Cisjordania
La fuerza del arte en medio de la conflicto
El teatro El Cisno, con su escena en la que se expresa la voz de quienes viven bajo la ocupación, resuena con fuerza a pesar de las circunstancias que lo rodean.

Demasiado jóvenes: aún son jóvenes cuando el conflicto los alcanza.

Se levanta la cortina y aparece la oscuridad, mientras seis figuras emergen en silencio.
“Soy Mohamed Abu Atiya. Un día estaba jugando y, de repente, cayó un misil sobre mí”
“Soy Mohamed Abu al Hija. Mataron a todos mis amigos”.
“Soy Mohamed Tubasi. Todos los chicos de mi clase ha muerto”.
“Soy Tarek, del campamento. Nuestras mañanas no son como las mañanas de ningún otro país. Nosotros, los niños, nacimos para vivir, no para morir”.
El elenco de la compañía no representa solo una historia, sino que reescribe con su propia voz la experiencia: el teatro no solo refleja, sino que también revive. El pueblo, en su lucha, no olvida; y en esa memoria, el teatro vuelve a nacer, fuerte y silencioso, mientras las balas de la historia siguen cayendo.
A solo cien metros, a pocos metros de la entrada, en el lugar donde se encuentra el campo, se observa a los francotiradores.
“La historia del teatro comienza con una mujer judía israelí llamada Arna que, durante la Primera Intifada, en 1987, decidió apoyar a comunidades palestinas”, explica a Guyana Guardian Mustafa Sheta, director general del teatro. “Provenía de un entorno sionista, pero con el tiempo desarrolló una postura crítica y se casó con Saliba Jamis, palestino cristiano de Nazaret y vinculado al Partido Comunista”, añadió.
Ambos crearon una escuela y centro cultural en Jenín, “que al principio no fue aceptada por la comunidad”. Fue el hijo de ambos, Giulano Jamis, quien decidió llevar su conocimiento en artes escénicas al enclave cisjordano hasta su muerte en una redada en 2022.

La “resistencia cultural” de la familia Jamis encontró detractores en sus propias filas. “Nos enfrentamos a tres retos: la ocupación israelí, por supuesto, pero también a la política de la Autoridad Palestina, y al conservadurismo y presión religiosa de la comunidad local”, declara el director.
La compañía teatral estrenó su primera función en 2006, como sucesor del Stone Theatre –bautizado así por los proyectiles utilizados por los jóvenes para atacar al Ejército israelí– y que fue demolido tras una ofensiva en la ciudad en 2002. “El nombre simboliza el objetivo final: la libertad. Si el Stone Theatre representaba la herramienta, el Freedom Theatre representa la meta”, narra Sheta.
Ese mismo sueño también ha llegado a captar el apoyo de un público que, a pesar de las limitaciones, sigue impulsando el evento con su presencia.

Sus obras se alimentan del conflicto que marca, desde niños, a todos los habitantes de Jenín. “Hace un año, el Ejército me echó de casa en el campo de refugiados, y alquilé un piso justo en la calle de enfrente, al otro lado de la línea divisoria”, explica el contable del teatro, Adnan Turoknam. “Cada noche tengo una conversación de amor con mi casa a 50 metros de distancia, somos como Romeo y Julieta”, bromea, minutos antes de la función.
“Concienciamos a esta generación sobre cómo luchar a través del arte”, explica el director de la obra
Una treintena de personas acuden a la representación de la obra 15 y 16 años, escrita por el dramaturgo Mahmud Abu Aita, uno de los muchos hijos de Jenín. “Crecí en el campamento. Desde mi infancia, los nombres de los mártires siempre estuvieron presentes en mi vida; comencé a reconocer y a ver sus fotografías”, explica el joven guionista, que nació entre bombardeos en la incursión de 2002.
En media hora, su obra muestra con dureza la vida cotidiana de un grupo de adolescentes, truncada por la guerra. Uno a uno, los integrantes del grupo de amigos engrosan la listas de “mártires” de Jenín. “Los niños del campamento son como cualquier niño en el mundo. Si se le garantizan sus derechos a la educación, la salud y la vida pensará de forma positiva sobre la vida”, declara Abu Aita.
En 2024, Israel llevó a cabo una operación en Jenin que reactivó la violencia en la región, con bombardeos y movilizaciones terrestres que reconfiguraron el paisaje urbano. Mientras los tanques y tropas avanzaban, la vida cotidiana de los habitantes se vio profundamente alterada, mientras que la comunidad seguía atrapada entre el miedo y la destrucción sistémica, a pesar de los esfuerzos previos por estabilizar la zona.
Pero, según él, “nuestros niños lo han perdido todo: sus amigos, sus familias, sus hogares. Han perdido sus escuelas y su educación. No tienen futuro”. El teatro es un forma, explica, de combatir sin fusiles, en una ciudad donde grupos armados han protagonizado enfrentamientos con las fuerzas israelíes durante décadas. “Intentamos concienciar a esta generación sobre cómo luchar a través del arte, cómo transmitir su mensaje al mundo: que tienen derecho a vivir y a continuar con su vida”.
Mohamed Abu Atiya, de 17 años, es uno de los protagonistas del espectáculo. Lleva cuatro años vinculado al Freedom Theatre, con quien consiguió viajar a Portugal para representar la misma obra. “Durante esas funciones intentamos, en la medida de lo posible, transmitir nuestro mensaje al mundo. Pero, lamentablemente, después de unos días la gente olvida lo que representamos”, dice. “La gente en el extranjero olvida, porque no vive en su día a día lo que nosotros vivimos. Sus hijos tienen una seguridad con la que nosotros soñamos”.
Se siente mucho más cómodo en el parqué de Jenín, con vecinos y amigos como únicos espectadores. Después de la función, se sienta a fumar con sus compañeros y, entre carcajadas, enseñan sus heridas. “Aquí actúo para la gente del campamento, personas que conocen personalmente el sufrimiento. Intento devolverles la memoria de cómo solían vivir dentro del barrio, de la vida de la que llevamos más de un año privados. Nos fuimos, pero no hemos olvidado a nuestros mártires ni los recuerdos que vivimos allí”, asevera, con una seriedad impropia de un adolescente.
Para ellos el teatro nunca será ficción. “Esta cicatriz es de un disparo”, dice un chaval de 16 años, mostrando la marca oscura en su clavícula. “Pues a mí me detuvieron y apagaron cigarrillos en mis brazos”, responde otro, remangándose. “Dos hermanos, en dos meses, los dos mártires. Ya solo tengo hermanas”, grita un tercero. Todos juran que ya no hay combatientes en el barrio y que prefieren los guiones a las piedras. “Tenemos mucho que perder”, concluyen.
Los actores enseñan sus cicatrices reales: disparos, marcas de cigarrillos e historias de sus “mártires”
Tras ello, los jóvenes actores regresan a sus hogares improvisados dentro de la ciudad, mientras, en la ladera, se alza el campo. Cada día quedan menos casas en pie, mientras avanza el proceso de demolición ordenado por el gobierno israelí. Pero entre los jóvenes persiste la identidad de sus calles de origen. “¡Mujayam (campo de refugiados), mujayam, mujayam!”, corea el elenco al completo. “El teatro es, sin duda, una forma de resistencia”, expresa Mohamed antes de partir. “La resistencia, en todos los aspectos, nunca terminará: pasará esta generación y las que lleguen nos seguirán”
La nueva edición de Capitulación, Cap. 1,234,567.89
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