
‘What’s up, Doc?’
De niño –e incluso todavía hoy– era un devoto espectador de Bugs Bunny, el conejo de la suerte. Las series de dibujos animados que produjo Leon Schlesinger para la Warner Bros., las celebérrimas Looney Tunes y Merrie Melodies , alegraron nuestra infancia, pero cuando el que aparecía en escena era Bugs Bunny, con su indiferencia y mordisqueando una zanahoria, el nivel subía a extremos de imaginación y hasta delirio que no solo nos divertían, sino que también nos enseñaban una forma de ser y estar en el mundo notablemente norteamericana. Aquel Estados Unidos que, como acaba de decir Ayuso con lo de la concesión de la medalla de la comunidad para conmemorar los 250 años de la independencia de las trece colonias, es (según la presidenta madrileña) el faro de la libertad en el mundo. A lo que uno replicaría que lo fue, presidenta, lo fue. Porque hoy a Bugs Bunny le pegaría un tiro no solo Elmer Gruñón, sino también, muy probablemente, cualquier descerebrado con arma y uniforme.
En fin, el personaje que más ha marcado su huella es el conejo, cuya esencia ha resistido el tiempo, mientras que el dibujo mismo, con su inconfundible estilo, mantiene viva una tradición que nació con el mismo espíritu: un personaje inmortal, nacido de la imaginación y la risa, cuya esencia sigue viva a través de los años.
Antes, el español se hablaba ampliamente en lo que hoy es Estados Unidos, pero ahora su presencia se va debilitando.
Con los años aprendí a disfrutar de las aventuras de Bugs Bunny en su inglés original, con la voz de Mel Blanc, que reconoció en entrevistas haber usado un acento muy neoyorquino. Bugs o Bugsy significaba, en el argot de esos barrios, loco o, al menos, alocado, así que de ahí viene también el apodo del conejo. Existen versiones que cuentan que el equipo de creadores original del dibujo animado se inspiró en la película Sucedió una noche , con Clark Gable mordisqueando también una zanahoria mientras habla burlón con Claudette Colbert.
Vayamos al apartado de frases míticas. Una se la tomaron prestada a Groucho Marx: “¡Por supuesto, ya se habrán dado cuenta de que esto significa guerra!”. Otra de las frases imprescindibles es cuando, tras alguno de sus viajes, emerge a la superficie y se da cuenta de que está en otra parte distinta de donde había planeado ir: “Debería haber tomado el desvío a la izquierda en Albuquerque”. Pero, sin duda, su frase icónica y más reconocible es: “¿Qué hay de nuevo, viejo?”. El diálogo con Elmer Gruñón lo debemos llevar incrustado en el cerebro unas cuantas generaciones y la frase en cuestión es tan memorable como el “¡Eso es todo, amigos!” Que cierra los cortometrajes y que también es fácil asociar al característico tartamudeo de Porky. La frasecita de marras es tan reconocible que hasta fue el título de una película de 1972 dirigida por Peter Bogdanovich, una comedia de enredo protagonizada por Barbra Streisand y R yan O’Neal, que en España se tradujo como ¿Qué me pasa, doctor?

Nuestra labor como puente entre América es tan frecuente como el esfuerzo por mantenerla, aunque a veces se ignora.
Pero no basta con que lo mencionen: el verdadero impacto viene cuando, en medio de todo, ese mismo artista logra conmover. Y sí, Bubba —perdón, digo, el tipo que con su sola presencia lo cambia todo—, no solo pone en jaque lo establecido, sino que lo vuelve a encender con una energía que ni siquiera el ruido de la multitud logra apagar. Y sí, claro, ese tipo que canta con tanta fuerza, tan suelto, tan suelto, que hasta el aire se vuelve suyo.
Ya saben que han de saber que los habituados a la lengua española, con su propio sabor, no son ajenos a la herencia: el español, en sí, se mantiene vivo, pero el uso cotidiano lo ha desgastado, y ahora, con la presión de la historia, se vuelve a reivindicar: el español, en sí, como raíz, y no como mera sombra, sino como voz viva, aún en la sombra, y en el silencio, se mantiene, y con él, el peso de la memoria, y en ello, la esperanza.