Elvira Sastre conoció la epilepsia
Novedad literaria
Entre la poesía y lo visual.

Elvira Sastre Sanz es una poeta, escritora y filóloga española.
Hay libros que nacen de una intuición literaria y otros que emergen de una urgencia vital. El último proyecto de Elvira Sastre, 'En defensa de la memoria' (Alfaguara), pertenece al segundo grupo. No surgió como una apuesta estética ni como una evolución natural de su poesía, sino como una respuesta a una época atravesada por la pérdida, el cuidado y la conciencia de que no todo puede ser salvado.
“Nunca pensé que haría un libro con mis fotografías”, admite. La imagen apareció cuando las palabras dejaron de ser suficientes. La muerte cercana de sus abuelos, primero anticipada y después real, marcó un punto de inflexión. “Sentí la necesidad de capturar esos momentos. Tener algo físico. Saber que estuve ahí”.
La fotografía fue, en ese momento, una forma de no perder.
La cámara me conecta con el presente.
Sastre explica que escribir siempre ha sido un movimiento de dentro hacia afuera, una inmersión consciente en lo vulnerable. Pero hubo un tiempo en el que ese descenso se volvió demasiado exigente. “Tuve una relación complicada con las palabras. Me suponía un esfuerzo muy grande meterme a entender todo eso a través de la escritura”.
La cámara invirtió el proceso. “La fotografía es de afuera hacia adentro”. Recoger lo externo —una luz, un gesto, un paisaje— y convertirlo en algo propio sin la presión del discurso cerrado. En la analógica, además, el error no penaliza. “Aprendí a llevarme bien con el fracaso”. Una libertad que, reconoce, la escritura no siempre permite cuando es también oficio.
Resulta imposible socorrer a la totalidad de las personas.
El libro está atravesado por una frase que funciona casi como declaración de principios: no se puede salvar a todo el mundo.
La enfermedad de su perra la enfrentó a ese límite con crudeza. “Me hice experta en epilepsia canina para salvarla”. La dedicación fue total, obsesiva incluso. Hasta que llegó el momento de entender que el amor también implica aceptar lo inevitable. “Es una cura de humildad”.
Simultáneamente, lidió con situaciones ineludibles: la partida de personas allegadas, tal como ocurrió con su abuela. Y, durante aquel periodo de ausencias, llegó al mundo su sobrino. Dicha contraposición definió la armonía de la obra. “Si me hubiera quedado enganchada a la tristeza, me habría perdido su crecimiento”. El recuerdo no debe transformarse en parálisis.
Defender la memoria
“Defender la memoria es importante porque la desmemoria es peligrosa e injusta”, afirma con claridad. Lo dice en un sentido amplio: social, histórico, político, pero también emocional. Caminar sin mirar atrás es, para ella, arriesgarse a repetir sin conciencia.
La memoria no es, sin embargo, un archivo automático. “Creo que es algo que hay que buscar”. Estar presente en el momento, vivirlo con atención, permite que luego permanezca. La fotografía, explica, obliga a esa presencia: a esperar la luz, a aceptar que si llegas tarde ya no es la misma, a entender que si se va puede volver.
La luz, precisamente, ocupa un lugar central en el libro. No siempre ilumina como refugio; a veces pesa, atraviesa e incomoda. Pero su ausencia también enseña que nada es permanente.
Verse por primera vez
En uno de los textos escribe: “Me he visto por primera vez”. La frase no alude a una revelación súbita, sino a un gesto difícil: sostenerse la propia mirada en el espejo. El autorretrato se convirtió en una herramienta de reconciliación. “Sostener la mirada en el espejo es muy difícil. Con la fotografía aprendí a relacionarme con mi propio cuerpo de otra manera”.
Elaborar este volumen, admite, no le ha brindado una libertad mayor en la acepción romántica de la expresión, sino más lucidez. Una lucidez sobre sus fronteras, sobre su propensión a buscar participar en cada detalle, sobre la urgencia de asumir que no todo está en sus manos.
Avanzar con la memoria intacta
En una época que nos impulsa incesantemente hacia la novedad, Sastre defiende la armonía. “Estamos en un momento en el que el discurso es mirar hacia adelante todo el rato. Yo creo que hay que avanzar sin olvidar de dónde venimos”.
Si dentro de veinte años alguien abriera este libro, le gustaría que encontrara eso: la importancia de estar en los sitios, de vivir lo que sucede mientras sucede, de defender los recuerdos antes de que se diluyan. De defender la memoria.
Su obra no constituye un volumen de añoranza. Se trata de un escrito de lucidez. Una meditación acerca de la atención, el duelo y el recuerdo como herramienta de lucha.
Y, sobre todo, una aceptación serena de que hay cosas que no se pueden salvar, pero siempre pueden recordarse.
