Mailys Vallade: “Un cerebro normal no registra recuerdos antes de los tres años. El de Amélie Nothomb, sí”
Estrena 'Little Amélie'
La directora estrena una maravilla animada basada en una novela de Amélie Nothomb que compite por el Oscar

Maïlys Vallade y Liane-Cho Han firman 'Little Amélie'

Hablamos con Mailys Vallade, codirectora de la adaptación de la novela autobiográfica de Amélie Nothomb Metafísica de los tubos (Anagrama), donde la escritora belga narra los tres primeros años de su vida, que pasó en Japón, donde su padre ejercía de diplomático. Según cuenta, hasta poco antes de cumplir los tres años, permaneció en un estado ausente, sin intentar poner un pie delante del otro, ni pronunciar palabra. Hasta que un buen día dijo “aspiradora”. Little Amélie compite por el Oscar a la mejor película de animación.
Está Mira quien habla, pero no se puede decir que abunden las películas hechas desde el punto de vista de un bebé, ¿no es así?
No. La novela de Amélie Nothomb es como una pequeña biblia de los cero a los tres años, que es el momento en el que se suele tomar conciencia de la vida, y empezamos a almacenar más recuerdos. Amélie, sin embargo, tiene una memoria prodigiosa, y se acuerda de toda esa época. No funciona como todo el mundo.
Pues a mí me parece recordar mi segundo cumpleaños...
Un cerebro normal no registra recuerdos antes de ese periodo. Puede que Amélie Nothomb sea una de las pocas personas que recuerda cosas anteriores a los tres años.

Igual son recuerdos fabricados por el álbum de fotos familiar, ¿Le pasó de verdad lo que cuenta la novela?
Creo que lo ficcionó un poco. Pero no encantó esa manera tan cáustica y profunda de narrar. Al leer la novela, todo el mundo reconoce esos primeros años, las primeras sensaciones. Al principio del libro, se describe a sí misma como un tubo, que tan solo observa a los demás. Sólo se alimenta y evacúa, cual ser inerte que no puede interactuar con el mundo que le rodea. Para nosotros era un terreno muy fértil en imágenes, con muchos símbolos, como esa burbuja inicial que equivale a un estado de serenidad extrema, un estado al que luego le gustaría volver porque la vida no es como se la había imaginado.
¿Pero hubo algún tipo de diagnóstico?
No hay ninguna explicación científica al hecho de que Amélie permaneciera como paralizada durante esos primeros años. Es algo mágico. Un estado próximo al autismo, aunque eso no lo puedo asegurar. Ni siquiera sé si en aquella época se daban este tipo de diagnósticos. Pero los autistas se reconocen mucho en la película. Yo misma tuve un sobrino que estuvo así como inerte hasta los dos años y medio. Y, de repente, se despertó, empezó a caminar y a hablar. Creo que es más frecuente en los autistas.
¿Cree que Amélie Nothomb tiene algo del espectro autista?
No lo sé, pero tiene mucha memoria, cosa que suelen tener los autistas. Le gusta que le envíen cartas manuscritas y recuerda todas las personas que le han escrito. Nosotros le pedimos los derechos de la novela por carta.
Fue fantástico que Nothomb nos diera carta blanca y poder reestructurar la narración
¿No participó en el proceso?
No, nos dijo: ‘Mis libros son como mis hijos. Las adaptaciones de mis libros son como mis nietos, los hijos de mis hijos, y yo no intervengo en su educación’. Fue fantástico que nos diera carta blanca y poder reestructurar la narración.
¿Y qué le pareció? Yo diría que es la mejor adaptación de una de sus novelas.
Ella también lo ha dicho. Cuando vio la película en el cine se emocionó mucho. Fue muy especial, porque además no hacía mucho que había perdido a sus padres. A la salida, nos comentó y razonó uno por uno todos los cambios que hicimos que son muchísimos.
Como tiene que ser, son lenguajes distintos. ¿Algún cambio que le llamara especialmente la atención?
La fiesta de O-bon, que es a mediados de agosto, cuando sueltan las linternas en el río. No estaba en la novela, pero quisimos incluirla porque es la fiesta de los muertos, y ampliamos bastante el tema de la muerte y el duelo. A Amélie le encantó, y nos dijo: Qué extraño que no lo incluyese en la novela, porque también lo viví.

¿No cree que la animación es idónea para esa primera infancia donde no se distingue todavía entre realidad y fantasía?
Sí, al principio nos dijeron que era inadaptable, porque hay muchas cosas que no se pueden trasladar a imagen real. Esa manera de describir su ser como divino, toda la magia que viene dada por su despertar a la vida o su relación con distintos elementos simbólicos, como las carpas que representan a los niños o el carácter japonés de la lluvia.
Está muy lograda toda esa mezcla.
Hemos desarrollado los aspectos más sensoriales de nuestra técnica. Tenemos un equipo de pintores que son muy impresionistas. Pintan al aire libre. Siempre están observando la naturaleza. La animación nos permitió recrear esta ensoñación japonesa, donde la realidad se transforma a través de la mirada de la niña y la euforia infantil se traduce en una explosión de colores.
El imaginario japonés está obviamente muy presente. Imposible no pensar en Miyazaki.
Incluso hemos incluido algunos guiños a La tumba de las luciérnagas, de Isao Takahata, y a Yubaba, la bruja de El viaje de Chihiro. Pero también nos inspiramos en cine japonés de imagen real, las películas de Terrence Malick o Buda explotó por vergüenza, de Hana Makhmalbaf, por la mirada infantil.
Cuando vio la película en el cine se emocionó mucho. Fue muy especial, porque además no hacía mucho que había perdido a sus padres
Se ve especialmente en las referencias a la guerra, que en los años 60 todavía era muy reciente.
Apenas quince años. Tenemos el deber de perpetuar esa memoria histórica. Por eso aparecen dos mujeres japonesas que son antagonistas en su manera de vivir el trauma. Son dos caras de la misma moneda.
Somos la última generación directamente conectada con la Segunda Guerra Mundial a través de nuestros abuelos. ¿Sabe si ha gustado la película en Japón?
No sólo eso, sino que la han comprado para distribuirla ahí. Ha sido seleccionada en el festival de Tokio, e incluso un directivo de la Toho dijo que reconocía el Japón de los años 60, que ya no es obviamente el Japón actual. Nuestro director artístico se documentó muchísimo.
En cualquier caso, no se puede hablar de apropiacionismo cultural porque el punto de vista es el de la pequeña Amélie.
Sí, y ella idealiza Japón y su cultura a través de su cuidadora. Es más una carta de amor cultural. Pintores como el impresionista Henri Rivière, que fue una de nuestras principales fuentes de inspiración, fueron muy apreciados en Japón. Klimt también sintió una conexión con Japón.