Xavier Mas Craviotto, el escritor que lleva la lengua hasta su frontera.
FUTURÍSIMOS
En cada volumen, el escritor profundiza para dirigir sus desvelos convertidos en fijaciones.

Xavier Mas Craviotto

Cuando escribe, Xavier Mas Craviotto detecta cosas que, de otro modo, no percibiría. Con 22 años, en el 2018 fue el premiado más joven del Documenta. El día antes de que La mort lenta se publicara en L’Altra editorial, tuvo una epifanía: al cabo de unas horas todo el mundo podría leer su novela.
Rememora aquella ocasión inicial en que ingresó a una tienda de libros, esa inmensidad de alternativas a su disposición. Se topó con el hábito de leer de manera fortuita, durante un momento de tedio vespertino en el que su madre le recomendó que se sumergiera en un libro. Sin motivo aparente obedeció la sugerencia y tomó Ulldevellut , de Josep F. Delgado y Herminia Mas.
No se detuvo más. Leyó ávidamente todos los ejemplares que había en la vivienda, que resultaban escasos, casi todos de su hermano mayor. Aquel entusiasmo derivó en el oficio de escribir: comenzó elaborando pequeñas novelas, bajo la influencia de las lecturas juveniles que consumía.
Tras concluir la primera, sintió el “esa osadía adolescente” de localizar el correo de Jordi Sierra i Fabra y solicitarle su revisión. Él respondió que, debido a que numerosos escritores noveles le remitían sus textos, había establecido un certamen de literatura para gente de menos de 18 años; en caso de no vencer, el comité evaluador le entregaría una valoración de la obra.

Pero Craviotto es obstinado y concurrió a los 15, a los 16 y a los 17, cuando realizó su proyecto de indagación de segundo de bachillerato, centrado en el abordaje literario de los asuntos que afectan a los jóvenes, habitualmente encasillados; era una narración sobre la anorexia y la bulimia.
Sierra i Fabra le llamó para decirle que había quedado finalista y que estaba muy orgulloso. “Para mí fue un chute de energía”, cuenta.
Acudía al centro educativo de Navàs y leía con gran avidez. Conoció a Carner, a Rosselló-Pòrcel y a Sagarra. A lo mejor es un lugar común, afirma, aunque Rodoreda le impactó, pues le despertaba un goce estético: “Es por su uso del lenguaje, pone palabras del día a día en contextos nuevos e improbables”.
Él también quería jugar con la lengua, “llevarla al extremo y descubrir de qué es capaz”. Guardaba los relatos que escribía en un cajón, hasta que empezó a presentarse a premios municipales y llegaron los primeros reconocimientos.
Se formó en Filología Catalana y realizó un posgrado de corrección y asesoramiento lingüístico en la UB. En plena crisis sanitaria y con el Brexit en marcha, partió hacia Bristol para ejercer de lector. Mascarilla, PCR y quince días de confinamiento por precaución.
No tenía trato con sus compañeros de vivienda, los cuales seguían disfrutando de sus días libres (un joven alemán, una italiana y otra catalana a la que localizó mediante un grupo de Facebook). Transcurrieron quince días en soledad dentro de un hogar ajeno, en una urbe que no frecuentaba, iniciando un empleo reciente.
Intentar escribir en aquel contexto le parecía absurdo: “El mundo hablaba por sí mismo y había ruido, aunque estuviéramos encerrados”. Leyó mucho y miró mucho cine: Luz de agosto de Faulkner, Middlesex de Eugenides, películas de Nuri Bilge Ceylan y Billy Wilder, la saga entera de Star wars. Le gusta que la vida lo sorprenda. Ahora vive en Terrassa. Se levanta a las seis, desayuna, va en tren a Barcelona.
La expresión del autor es un recurso narrativo que suele
Al regresar a su hogar por la tarde tras la jornada laboral, trota cerca de seis kilómetros y retorna “con el cerebro renovado”. En la residencia Finestres concluyó el manuscrito de la que constituirá su tercera novela.
Vino al mundo en 1996, y asimismo ha lanzado tres obras de poesía y una de narraciones. Se siente atraído por las tramas difíciles y por ello intuye que su estilo literario tiende a ese camino, si bien no se define como alguien tétrico o desesperanzado: “La voz literaria es un constructo retórico que no siempre coincide con la actitud vital con la que te enfrentas al mundo”. Sus dudas acaban siendo fijaciones que logra gestionar por medio de la pluma; en el caso de La pell del món se documentó extensamente sobre la violencia.
Subraya a lápiz y, pasado un tiempo, mira si lo que destacó todavía le interesa. Le reconforta comprobar que no siempre es así: “Si no cambiáramos, escribiríamos el mismo libro una vez tras otra. Y qué suerte, poder escribir cosas nuevas: significa que ya no somos los mismos”.
Si se le consulta acerca de con qué obra suya conviene iniciarse, propone la última —hoy por hoy, Animals inexpressius — pues supone la manifestación más reciente de quién es “y, si no creyera que he dado un paso más allá, no lo habría publicado”. Al cabo de una década aguarda seguir dedicado a leer y escribir, con la serenidad mental requerida para ejecutarlo con éxito.
EL PRESENTE
¿Dónde vive? En Terrassa. Trabaja en Barcelona.
¿Qué hace de vacaciones? Intenta alternar entre la costa y la sierra, y se desplaza con frecuencia. Comenta que ocasionalmente cuenta con la fortuna de lograrlo mediante las letras. Como muestra, a Macedonia, Panamá o Guadalajara.
¿Primer sueldo? Lecciones de refuerzo, desde los 15 años hasta finalizar la carrera, en el hogar de sus padres, para conseguir fondos y organizar salidas con amistades. Impartía tutorías privadas de 4 a 9. Se dedicaba a estudiar el fin de semana. “Iba cansadísimo, pero tenía energía”.
Medio de transporte: Un vehículo de ocasión. “Si has nacido en un pueblo, solo cumplir los 18 ya estás llamando a la autoescuela”. Se desplaza a su empleo mediante FGC, “más cómodo y práctico”.
Una recomendación: La serie Six feet under.
Un moderno: Aquel libro que intenta encontrar respuestas para su tiempo.
Un clásico: Aquel libro que, intentando encontrar respuestas para su tiempo, lo encuentra para los demás.