La costa ilustrada
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Los paisajes geográficos, literarios y cinematográficos de una vida en Mallorca; los lugares en que numerosos artistas, desde Chopin y George Sand a Robert Graves, vivieron y crearon

Caló de S’Estaca, paraje idílico en la costa norte de Mallorca, uno de esos rincones de un territorio, más allá de bello, también culto

Yo viví en dos islas griegas y ambas formaban parte de Mallorca, la isla mediterránea donde nací y vivo. Lo de añadir el adjetivo mediterráneo parece de Pero Grullo pero en esta época igualitaria, conviene hacer distingos y más si hablo de Grecia donde no está en los mapas. Allí encontré el paisaje de la Biblia y allí encontré también el paisaje de la Odisea.
Esas islas griegas se llamaron Betlem, junto a Sa Colònia de Sant Pere, en el Levante insular, y Sa Marina de Valldemossa, un pequeño puerto de pescadores al pie de la Serra de Tramuntana, en el norte. Entre ambas costas, duras, calientes y abruptas, se esconden mi Egeo y mi Jónico, aunque esconder también sea un verbo que ha perdido más de la mitad de su significado. Hoy en día, por desgracia, nada está escondido y refugiarse en las calas de la Odisea tiene un valor añadido, puramente publicitario. Cuando era niño, no. Entonces no se hacían estas distinciones porque no hacía falta ni se pensaba siquiera. Y tampoco en sitios como Sa Marina de Valldemossa, durante una juventud que abarcó también la mayor parte de la madurez. Las cosas —las costas— eran lo que eran —lo que habían sido siempre— y tanto la incomodidad natural como la difícil belleza de ciertos lugares no los hacía objeto de las rutas habituales del turismo, ni de la moda esnob y la cerveza de cada verano. Pero dejémonos de jeremiadas.

Mis primeras imágenes de La Odisea —aún no he leído el libro canónico, más allá de un resumen medio gráfico en la colección 250 ilustraciones— fueron cinematográficas y llegaron de la mano de un seudo-péplum del cine italiano, Ulisse. Rodada en 1954, la vi en la Sala Astoria de Palma —qué gran nombre para un cine; otros dignos de tal eran el Salón Rialto, el Rívoli y el Augusta (Venecia, París y Roma, a ver quién da más)—. En el guion, escrito a varias manos, participó el escritor norteamericano Irwin Shaw y en la producción estaban dos grandes: Carlo Ponti y Dino De Laurentis. Pero los nombres importantes eran otros: Kirk Douglas y su perfil de vaso griego en el papel de Ulises; la maravillosa Silvana Mangano en los papeles de Penélope y de Circe —o la cara y la cruz de lo que Amiel llamó el eterno femenino—; y el rudo Anthony Quinn —más griego que los griegos desde Zorba— en el papel de Antínoo. (La catarata de nombres es homenaje a Homero, la voz hecha de tantas voces, el nombre de todos los nombres y el nombre que le hace decir a Ulises: ‘mi nombre es nadie’, la gran enseñanza nunca aprendida a lo largo de la Historia).
⁄ El efecto de la presencia de George Sand y Chopin en la Mallorca del XIX debió parecerse al de John Lennon y Yoko Ono
Desde hace dos décadas, el hijo de Kirk Douglas, Michael, es el dueño de una casona que corona el mar sobre un macizo pétreo, como si fuera parte de un Monte Athos particular. Por esa casa ha pasado medio Hollywood: Jack Nicholson, Danny de Vito, Nicole Kidman, Salma Hayek y tantos otros, sin olvidar a la segunda mujer de Douglas, Catherine Zeta-Jones que vive en ella con el actor. La casa la construyó a fines del siglo XIX el archiduque Luis Salvador, un príncipe austríaco erudito y viajero que instaló su base vital en la mallorquina Serra de Tramuntana, donde adquirió casi todas sus tierras y grandes casas. En ella plantó viñedos y logró una malvasía que ganó distintos premios en Exposiciones Universales (mediara o no, enchufe de la corte vienesa). A su cargo puso a una payesa valldemosina con la que tuvo intensos amoríos. Ella —Catalina Homar era su nombre— cumplió impecablemente con la tarea encomendada; mejor, parece, que con el amor.
Lo que no sabían todos esos actores y actrices que visitaban la casa de Douglas —S’Estaca— es que reemplazaban otra visita mucho más regia que la suya, por aristocracia sobrevenida que sea el Gotha hollywoodense. Me refiero a la de la emperatriz Isabel de Austria, Sissi, con quien el archiduque mantuvo muy buena relación, padeciendo ambos de cierto desasosiego finisecular y al que visitó en un par de ocasiones. La imagen del yate imperial, el Miramare, junto al archiducal, el Nixe, fondeados junto a Sa Foradada —una roca con gran ojo de cíclope en su testa— podría ser, si no fuera por la modernidad de ambos barcos, una estampa salida de las páginas de la Odisea y forma parte de la memoria insular, escrita a medias en la piedra y en el agua.

Tenemos, pues, un paisaje fundacional, la adaptación cinematográfica de una obra fundacional y un destino donde se alían ambas cosas en un territorio que fue del archiduque austríaco. En este territorio, siglos atrás, se había refugiado el sabio Ramon Llull y en el predio Miramar había fundado la Escuela de Lenguas Orientales, para expandir, sin espadas ni lanzas, el cristianismo en tierras árabes y más allá. No hay azar: el nombre, Miramar, como el yate de la emperatriz Sissi y Miramar —su homenaje a Llull— sería el primer predio que compraría Luis Salvador, una vez arribado a Mallorca. Tres ‘Miramares’ en uno solo y al fondo La Odisea, como el Gran y Eterno Guion del Mediterráneo, un mar por el que el archiduque navegaría sin cesar y sobre cuyos puertos e islas —de las Baleares a Grecia, pasando por Sicilia, Venecia y Egipto, y fondeando en Estambul— editaría voluminosas obras científicas.
⁄ El archiduque Luis Salvador se instaló en la Serra de Tramuntana: allí fundó su pequeño imperio romántico
Había llegado a Baleares en busca de unos raros escarabajos menorquines y cuando estalló la Gran Guerra, enfermo él mismo como el imperio austrohúngaro, abandonó definitivamente el Mediterráneo, dejándonos la mejor cartografía etnográfica y cultural jamás vista —ni siquiera sospechada— antes de su presencia. Todo descrito con el minuciosidad de un entomólogo, el espíritu de un caprichoso romántico, una voluntad enciclopédica y la inevitable mirada de quien expone al mundo sus dominios. Porque en paralelo a la escritura y la navegación, hizo suyos, comprándolos, todos los predios de esta costa, como quien funda, también, un pequeño imperio distinto y a menudo opuesto en sus costumbres al Imperio austrohúngaro que él había abandonado. Un imperio donde nunca se talaba un árbol y donde iba acumulando su vasta correspondencia, sus colecciones, sus amantes —hombres y mujeres— y su devoción orientalista, tan a la moda entonces. En el Nixe, el lenguaje era babélico —maltés, corso, sardo, mallorquín, alemán, árabe…— y su denominador común, el mar.
Pero tiempo atrás no había sido el mar, sino la búsqueda de un lugar donde disfrutar con sus hijos lo que llevó a George Sand hasta la Cartuja de Valldemossa, desamortizada por Mendizábal algunos años antes. Los acompañaba el músico polaco Frédéric Chopin —amigo, por cierto, de Mendizábal, el gran desamortizador, exiliado en París—, que es lo mismo que decir John Lennon. De hecho, el efecto de la dama de Nohant —famosa escritora parisina que se vestía de hombre a la moda sáfica del XIX— y el pianista de tez pálida y tisis galopante, debió de ser parecido al del beatle y Yoko Ono en su momento. En Mallorca, al menos. Sólo que aquí, tras la invasión napoleónica, no se estaba para músicas parisinas. Pero esto no es una guía ni un ejercicio de name-dropping, sino la observación de cómo el arte también impregna la naturaleza y la reescribe.

George Sand escribe aquí Spiridion, una novela gótica inspirada en el monasterio abandonado por los cartujos y poblado por los fantasmas que ella misma imagina. Puro espíritu romántico. El invierno en Valldemossa es duro y los silbidos del viento azotan el claustro y se infiltran por las rendijas de puertas y ventanas. Mientras ella escribe, el músico compone estudios y scherzos y escribe a sus amigos unas cartas desde las que describe el paisaje, sus costumbres del día a día, y solicita, una vez y otra, el piano Pleyel que ha comprado en Francia y no llega. Tísico o no; atormentado o no, la mente del músico es, en esas cartas y en la música que compuso —piensen en el impecable estudio nº 15, escrito, como el Spiridion de Sand, en su celda de Cartuja— un hombre feliz al que nada se le escapa. Se percibe con claridad en las descripciones del paisaje que hace a sus amigos y en la lluvia deslizándose por los cristales de una ventana como en un tejido líquido sobre el que están escritas las notas de ese estudio, tan bien interpretado por Sviatoslav Richter.
⁄ Graves levantó Ca n’Alluny, donde escribió sobre Roma y Jerusalén y puso la isla en el mapa de la literatura clásica
Influido por Madame Sand, el escritor y grabador Gaston Vuillier visitará las islas, se detendrá en Valldemossa y sus dibujos de olivos centenarios —los mismos entre los que ella paseaba con sus hijos al atardecer— inspirarán unos años más tarde a Gustavo Doré para sus ilustraciones de El Quijote y de la Comedia del Dante. O sea, el olivo de la Tramuntana mallorquina insertado gráficamente en las dos grandes obras —junto con las de Shakespeare— del pensamiento moderno occidental. Esta es, pues, una costa ilustrada en el sentido de culta, como culto sería Ravello en la costa amalfitana, pero su impregnación más potente es el Romanticismo: del paisaje interior con sus frondosos bosques de encinas a los peñascos y acantilados frente al mar, luminoso “como la más bella alfombra de palacio” dirá Luis Salvador, un ilustrado trasnochado que derivó en romántico, fuera de tiempo también. Y fuera del tiempo inventó, ya lo hemos dicho, su propio reino.
(Este reino, décadas después, ya en pleno siglo XX, sería significativamente visitado por el cine literario: Jaime Camino filmaría su versión de Un invierno en Mallorca en Valldemossa. En S’Estaca se filmó parte de Risa en la oscuridad , la adaptación cinematográfica de la novela homónima de Vladimir Nabokov. Y a lo largo de esta costa, la versión televisiva de Hombres en armas, de Evelyn Waugh. Otros dioses lares).

Siempre se han unido Romanticismo y poesía. ¿Dónde queda, pues, aquí, la poesía? En dos poemas capitales y un poeta anglosajón que llegaría más adelante. El primero de ellos es un delicado poema en prosa que retrata con minuciosidad el paisaje de esta costa. Su título: Somnis d’estiu ran de mar, o ‘ Sueños de verano junto al mar’. ¿Su autor? El mismo archiduque austríaco y su lengua, el catalán de Mallorca, una lengua que él hablaba fatal pero que, en este libro, de título con eco shakespeariano, escribió muy bien. Fue el único y mucho mejor que el dedicado a los árboles de su casa de Ramleh, en Egipto, por citar otro de un estilo similar y alejado de los enciclopédicos trabajos sobre sus viajes y lugares de residencia.
⁄ Las costas eran antes lo que siempre fueron: su belleza no las hacía objeto de rutas turísticas ni de modas esnob
El otro poema es la Epístola de Rubén Darío —puro modernismo— dedicada a Madame Lugones, mujer del gran poeta Leopoldo Lugones. En él, Darío nos habla del Brasil, de Rodenbach, de Buenos Aires y de París y al recalar en Mallorca asegura: “ hay en mí un griego antiguo que aquí descansó un día”. Y añade: “ hay un mar tan azul como el Partenopeo/ y el azul celestial, vasto como un deseo, / su techo cristalino bruñe con sol de oro. / Aquí todo es alegre, fino, sano y sonoro.” Y el círculo vuelve a cerrarse en torno al príncipe austríaco, voz de todas las cosas: “hay no lejos de aquí un archiduque austríaco/ que las pomas de Ceres y las uvas de Baco cultiva/ en un retiro archiducal y egregio”. El poema tan extenso como estupendo; desconocemos su efecto en Madame Lugones.
Dejémoslo ahí y vayamos al siglo XX, a la Gran Guerra y sus consecuencias humanas: muertos, enfermos de los nervios, cadáveres vivientes, monstruosas deformidades, pulmones corroídos por el gas mostaza… Nada de eso llegó a esta costa, pero sí tuvimos un embajador de Otra Parte y en esa Otra Parte cabía también lo que no vemos: el misterio. “I, an ambassador of Otherwhere ”, escribió el poeta Graves al instalarse en Deià con otra poeta, la norteamericana Laura Riding, de quien acabaría separándose para casarse con la maravillosa Beryl Pritchard.

El poeta —discípulo de Thomas Hardy y de la misma generación que Wilfred Owen, Edward Thomas, Siegfried Sassoon, o Rupert Brook—, llegó con el sistema nervioso maltrecho por la guerra de trincheras y decidió que el hierro de las montañas que circundan el pueblo lo estabilizaría. Eso dijo y lo logró, aunque hierro apenas hubiera en esas rocas. Su labor fue como la de Ovidio sin más castigo que la inestabilidad psicológica, que ya es más que suficiente: si el poeta de Roma tenía que vestir abrigo y ásperos pantalones de piel de cordero, o si la comida de los bárbaros le indigestaba y nunca pudo entender su lengua, Graves hizo todo lo contrario y la tristeza no fue su poética. Bajaba a nadar a la cala temprano en la mañana y recogía sal marina que luego empleaba para guisar. Construyó una casa que llamó Ca n’Alluny o Casa Lejos y entre La Otra Parte y la Casa Lejos vivió el bardo galés y escribió sobre Roma y Jerusalén, emperadores romanos y reyes bizantinos y puso esta costa en el mapa de la literatura clásica. Puso sus olivos, palmitos y matas de lentisco en compañía de Horacio (a Virgilio digamos que le tenía cierta manía y en una ocasión, Formentor, primeros sesenta, discutió sobre el autor de La Eneida con Carles Riba; la pasión arrolladora y el genio los puso Graves, y Riba se quedó entre mudo y turulato), y de la mano de Fraga Iribarne, consiguió la iluminación eléctrica para el pueblo cuando todavía no llegaba a muchos pueblos de la isla. Hoy Ca n’Alluny es un museo en su memoria: una verdadera delicia y una simbiosis perfecta entre el mundo anglosajón y el mediterráneo. Como la vida del bardo en Mallorca.
⁄ El grabador Vuillier dibujó los centenarios olivos de Valldemossa que inspiraron a Doré para ilustrar ‘El Quijote’
He empezado aludiendo a mi vida en dos islas griegas que no eran sino fragmentos de la mía natal. De mi estancia en el Jónico, queda un libro, Solsticio. De mi estancia en el Egeo, otro: Si una mañana de verano, un viajero. Los dos tienen detrás la compañía que me hicieron en ambos lugares los personajes que aquí aparecen. Como si fueran invitados de larga estancia donde he pasado los mejores años de mi vida. O mejor aún: como si hubiera sido yo, en estos años, su invitado y evocarlos sólo fuera otra forma de agradecimiento.
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José Carlos Llop (Palma, 1956) es autor de poesía, novela, cuento, ensayo y teatro. En 2025 publicó ‘Cuarteto de la Memoria’, que reúne cuatro de sus novelas fundamentales.