Literatura con nicotina
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Fumar era tejer la historia al ritmo lento de las volutas en la punta de la lengua

Guillermo Cabrera Infante, Isak Dinesen, Tom Sharpe y Josep Maria Espinàs
Gran parte de la literatura tiene sus bronquios llenos de humo. El que inhala la imaginación, el que exhala el tabaco. A modo de ritual se encendía el cigarro para encontrar la primera palabra, el principio del verbo, empezar a cabalgar por la página de nieve limpia. Una calada, después otra. El beso sostenido en una esquina de los labios, sus arañazos blancos alrededor del ojo. Su amarga saliva en el aire susurra al oído, aunque lo hace a la garganta. La frase respira, el párrafo se llena de oxígeno y se expande, la verdad es que está estrangulando los pulmones.
Fumar era tejer la historia al ritmo lento de las volutas en la punta de la lengua, el fluido eléctrico del humo engarzándolo todo, elevando al sujeto de la historia repleta de atmósfera. Cuántas brillantes páginas, rubias, negras, americanas, nacionales o de aroma francés, nos han legado los Gitanes, los Marlboro, el Lucky Strike, los Ducados. Bocanadas de creatividad con la urgencia del viejo periodismo dentro de una nube, el arrebato de aspiración larga del novelista, la íntima defensa propia del poeta.
Un hábito a solas en el campo de batalla de paredes amarillas, y clima tertuliano en Les Deux Magots, A Brasileira, el Tortini, el Gijón con copas brandy para el bouquet, en tallo largo y dedos cortos los destilados, en petit noir el café fuerte. Vórtices y anillos de un ojo nebuloso en el centro exhalados por Simone de Beauvoir, Manuel Vicent, Javier Marías, Bioy Casares, Alejandra Pizarnik. Lo hacía a diario Pepe Hierro en El Juco de Santander. La oficina del poeta con rostro de diablo, donde los tréboles de la tragaperras, las conversaciones enmarañadas y la máquina del café, acomodaban los versos de Cuaderno de Nueva York .
⁄ Consumió el cáncer empedernido a Highsmith, a Grass, Updike y Cheever, destruidos sus alveolos
En su habitación propia, Virginia Woolf vertía en su diario las olas emergentes de su cigarrillo en boquilla de plata. La inspiración casi le cuesta la mano de escribir a Clarice Lispector al quedarse dormida con el suyo encendido. El humo del incendió la despertó. Baroja liaba de golpe unos cuántos a modo de munición para Zalacaín, el aventurero. Pla, uno a uno en Bambú ensalivado y picadura sin boina. Camus, en combate sobre el abecedario de su Underwood, y la única compañía de su gato negro Cigarrette.
Muchos personajes no fueron inmunes al vicio de sus creadores. Dashiell Hammett, rasca la cerilla de un adjetivo áspero para encenderle a Sam Spade un pitillo de cosecha roja. En la barandilla de su cita con La Maga en el Pont des Arts Horacio Oliveira consume la esperanza de un pucho, y Bruno Testa dibuja con espirales blancas el ritmo flaneur del saxo de Johny Carter. Toma conciencia de los males de la nicotina Zeno Cosini impulsado por Svevo. Comparte Faulkner con Boon Hogganbeck su pipa de brezo con carga de Argento curado a fuego y sabor a chocolate y whisky. Frutos secos en la boca de Jules Maigret es la ofrenda del Dunhill húmedo de Virginia acolchado en la pipa ligeramente curva. Fuma compulsivamente Hans Castorp en La montaña mágica . Saben mejor las caladas prendidas por la lengua naranja del vástago con casco de fósforo —cuánta seducción de cine y de vida en ese gesto— para celebrar la gozosa exhalación del orgasmo entre los amantes Marguerite Duras y Lee Von Kim. La elegancia de Colette, distinguida en traje masculino, ligero en sus dedos el cigarrillo medio vacío, medio lleno. Kawabata y la sutileza de mago al sacar un Mild Seven de la manga de su kimono verde musgo.
Este placer deja huella, y no es extraño oler el tabaco de quién leyó antes las páginas de libros de segunda mano que tosen, como mi recién adquirido El filo de la navaja de Somerset Maugham. O al entrar en Ritual de Marcos-Ricardo Barnatán con aroma a H.Upmann entre la cábala de sus versos. Más aún si es la rapsodia dedicada por Guillermo Cabrera Infante, sin abrir desde hace años porque está llena de puro humo de Montecristo cubano.
⁄ Muchos personajes, de Sam Spade al comisario Maigret, no fueron inmunes al vicio de sus creadores
El tabaco es un veneno lento. Provoca más de 50 mil muertes anuales. Consumió el cáncer empedernido a Patricia Highsmith, a Grass, Updike, Cheever, y destruidos sus alveolos con sibilancias del páramo, a Juan Rulfo. También a José Ramón Ribeyro, tan flaco y de blanco como un Cleopatra egipcio, los lamparones de ceniza entre las 44 teclas y 88 caracteres, las hojas salpicadas de moscas grises con el ala rota. Ninguno, qué lástima, forma parte de la galería de fumadores de Modigliani, de Beckmann, de Magritte, de Kirchner, de Wesselmann.
Es hora de abrir la ventana y que huya el humo. Aprieto en el cenicero la cabeza del cigarro de puntillas, su último suspiro de ceniza, y punto.