José Ramón Soroiz, descubrimiento si bien no a ese nivel.
Antivirales
El ámbito cultural ofrece pormenores que jamás se difundirán en las redes sociales; intercambiarlos enriquece el diálogo.

José Ramón Soroiz tras haber recibido el galardón al Mejor actor principal de un largometraje por su trabajo en ´Maspalomas´ durante la gala de los premios Feroz.

Durante el ciclo de galardones en España –los Forqué, los Feroz y demás distinciones que finalizan con los Goya– el entorno vasco experimenta una situación similar a la vivida por los catalanes el curso anterior. Resulta incomprensible que la audiencia parezca estar hallando ahora a José Ramón Soroiz, la figura central de Maspalomas, del mismo modo que el ejercicio previo numerosos espectadores ajenos a Catalunya quedaron impactados por la fuerza de Emma Vilarasau, quien recibió múltiples candidaturas por su interpretación de madre en Casa en flames. Soroiz, quien se convirtió en el intérprete pionero en obtener la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián con un trabajo en euskera y además logró el Feroz, otorgado por los informadores del sector, cuenta con muchas posibilidades de obtener el Goya al Mejor actor protagonista por encarnar a Vicente, un individuo homosexual obligado a ocultar su orientación al entrar en un geriátrico después de padecer un ictus. Dentro del País Vasco, Soroiz representa un rostro sumamente popular debido a sus más de tres décadas trabajando en ficciones de ETB, tales como Goenkale y Bi eta bat, la cual permaneció durante 21 años en emisión. Asimismo, apareció en Patria, la versión televisiva que HBO lanzó basándose en el libro de Fernando Aramburu.

TRES DÉCADAS DE 'LA BROMA INFINITA'
Han transcurrido ya tres décadas desde que salió a la luz La broma infinita, de David Foster Wallace. A lo largo de estos treinta años, el libro de Foster Wallace ha sido considerado, de forma consecutiva: un hito literario contemporáneo, un emblema de arrogancia, una broma para hombres, un vestigio de mil folios que pocos consultan y un mamotreto digno de reivindicación. No obstante, en el momento de su lanzamiento, representaba solo un ejemplar más voluminoso que los demás entre los estrenos editoriales. David Foster Wallace ya contaba con un libro de cuentos y una narración previa, aunque todavía no ostentaba la posición predominante que alcanzaría dentro de las letras en lengua inglesa. Dentro de The New York Times,, Jay McInerney comentó que la obra, “a veces extrema” se percibía como “un chasis de Vonnegut recubierto de capas de Émile Zola”, al tiempo que en The San Francisco Chronicle un bisoño Dave Eggers la describía como “diarrea verbal”, postura que rectificaría tiempo después al redactar la introducción de una tirada conmemorativa. La broma infinita constituye un relato de ciencia ficción ambientado exactamente 18 años adelante, lo cual la transforma hoy, tres decenios más tarde, en una historia que transcurre en el ayer. Ciertos aspectos resultan visionarios, tales como unos Estados Unidos renombrados como ONAN que integran a Canadá y México (mejor no mencionárselo a Donald Trump), mientras otros se ven cándidos, como la preocupación que el mismo Foster Wallace compartía sobre la dependencia a la televisión como distracción superficial. Consumir televisión en exceso se antoja actualmente como algo sumamente inofensivo.

CORTARSE EL PIE CON UNA MOTOSIERRA
Desconozco de qué se trata, pero capta mi atención. Ese es el objetivo de cualquier diseño publicitario, y es precisamente lo que logran los afiches de la pieza Tallar-se el peu amb una motoserra, de Bárbara Mestanza, visibles por toda Barcelona. Estas láminas han sido creadas por Oriol Corsà y el Estudio ESCOLA, los cuales decidieron evitar las fotografías y la estructura común del marketing teatral para imprimir citas literales del texto usando una fuente germánica del siglo XV, destacando el negro sobre un fondo rojo vibrante. “Ets de trauma de mare o de pare?”, “Ets bona persona pero ets insuportable” rezan varias de las piezas, disponibles para su compra en la sala Beckett. La creación de Mestanza, con todas sus localidades agotadas, reconstruye un suceso enmarcado en el #MeToo y centra la perspectiva en la descendiente de un hombre señalado por agresiones sexuales que ha tratado de quitarse la vida.

LAS MEJORES PEORES MADRES DE CATHERINE O'HARA
Incluso a la progenitora más descuidada se le concedía el perdón si Catherine O’Hara le daba vida. La intérprete de Canadá murió hace pocos días tras participar últimamente en The Studio y The Last of Us, y los homenajes recibidos demuestran cómo lograba potenciar enormemente cada personaje que encarnaba. Quizás fuera un don natural, pues O’Hara tenía esa destreza esencial en la comedia para precisar el ademán y el diálogo en el instante justo, aunque también fue una habilidad forjada con esfuerzo al empezar su carrera en SCTV, una especie de equivalente canadiense a Saturday Night Live donde los escritores, únicamente varones, raramente creaban personajes femeninos para ella. Se vio obligada a idearlos o a obtenerlos demostrando ser la integrante más destacada del reparto. La artista es rememorada principalmente por sus interpretaciones de madres con defectos, ya fuera por olvidar a uno de sus ocho descendientes en el hogar –sin su presencia, Solo en casa se limitaría a ser un filme de humor físico y artimañas– o por resultar encantadoramente superficial, tal como su Moira Rose en la producción Schitt’s Crick. Dentro de Bitelchús, donde encarnó a la extravagante Deelia Deetz, la madrastra monstruosa de Lydia (Winona Ryder), acapara por completo la atención en cada secuencia donde interviene. No obstante, tal como señaló la especialista Breandy Jensen: Catherine O’Hara no se adueñaba de las escenas. Ella simplemente se presentaba y la titularidad del momento le pertenecía de forma natural.