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La academia frustrada de Blasco Ibáñez

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Las cartas del popular autor valenciano a su paisano Azorín entre 1922 y 1924 revelan el proyecto de una institución literaria española inspirada en la Goncourt francesa, que no pudo ver la luz

La academia frustrada de Blasco Ibáñez y Azorín 

La academia frustrada de Blasco Ibáñez y Azorín 

MARC PALLARÈS / Colaboradores

La correspondencia entre dos valencianos ilustres, dos grandes exponentes de las letras castellanas de una misma generación como fueron Vicente Blasco Ibáñez y José Martínez Ruiz Azorín, es el principal testimonio que nos queda de un proyecto frustrado que, de haberse materializado, habría sido un acontecimiento literario de primera magnitud, quién sabe, si hasta nuestros días. Nunca sabremos qué habría ocurrido si la Academia de la Novela —este era uno de sus posibles nombres— que tenía en mente Blasco, empresa a la que involucró al destinatario de sus cartas, hubiera sido una realidad. Sabemos, no obstante, que lo intentaron y que, inspirado en la Académie Goncourt francesa, el autor de Cañas y barro tenía ya pensados muchos detalles, tales como la organización o la dotación económica de los premios. Incluso ambos esbozaron un calendario y una estrategia para la difusión de la iniciativa, pero muchos fueron los motivos que acabaron por abortarla.

Vicente Blasco Ibáñez y Azorín, en dos fotografías tomadas en torno a los años veinte del siglo XX
Vicente Blasco Ibáñez y Azorín, en dos fotografías tomadas en torno a los años veinte del siglo XXGetty/EFE

La idea no tuvo buen fin principalmente por las circunstancias creadas por la dictadura del general Primo de Rivera (1923-1030) —lo que incluye el destierro de Unamuno o la propia oposición de Blasco al nuevo régimen—, pero también los compromisos profesionales —Blasco Ibáñez era el autor más cotizado en castellano en el mundo tras el éxito de Los cuatro jinetes del apocalipsis —, así como su mala salud, que desembocó en la muerte prematura en enero de 1928 en su Villa Fontana de Menton, en la Costa Azul francesa. Había vuelto ya enfermo de su vuelta al mundo: su diabetes se había agudizado, pero eso no le impidió, no solo escribir y publicar los tres volúmenes de la crónica de su más célebre viaje, sino retomar a corto plazo la redacción de otros libros y artículos, e incluso viejos activismos políticos. El propio Azorín atribuyó al deceso de Blasco la frustración del “noble proyecto del querido amigo” y también aludió a problemas de orden jurídico y económico, pero nunca a que su impulsor se echara atrás a última hora. Otros, en cambio, como el escritor Miguel Pérez Ferrero, sí responsabilizan a Blasco, “acaso porque a última hora le pareciera que era un capricho demasiado caro”. Para Pío Baroja, el proyecto eran “ganas de hablar por hablar, de escribir por escribir. ¡Qué iba a dar Blasco Ibáñez dinero para una fundación así!”.

⁄ Azorín se puso manos a la obra y contactó con los otros posibles miembros: Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Baroja y Unamuno

Si conservamos dichas cartas, escritas entre diciembre de 1922 y verano de 1924, es porque Azorín, establecido en París iniciada la Guerra Civil, las donó al mencionado Pérez Ferrero, y este se las pasó después a Joan Estelrich, cuando el escritor madrileño colaboraba en la Oficina de Prensa y Propaganda en París, fundada y sostenida principalmente por Francesc Cambó e impulsada por Estelrich para proyectar una buena imagen de la causa franquista a nivel internacional. Los documentos que hay que tener en cuenta, conservados en el Fons Joan Estelrich de la Biblioteca de Catalunya, son un total de 2 postales y 14 cartas, la mayoría mecanografiadas y con correcciones y añadidos del autor, y siempre bajo la firma característica de Vicente Blasco Ibáñez. Por el contrario, no se encuentra el informe que encargó Azorín a un abogado de Madrid para estudiar la viabilidad de la empresa, pero que sí se menciona en una de las cartas. Más allá del proyecto de la academia, la correspondencia también incluye otros temas de interés: la relación personal entre Blasco y Azorín, que explica en parte el porqué de la confianza en el encargo, y opiniones sobre literatura en general.

Postal que Vicente Blasco Ibáñez envió a Azorín desde San Francisco durante su viaje alrededor del mundo
Postal que Vicente Blasco Ibáñez envió a Azorín desde San Francisco durante su viaje alrededor del mundoREDACCIÓN / Otras Fuentes

El asunto de la futura academia no aparece hasta la cuarta misiva, fechada el 18 de junio de 1923, aunque en las anteriores ya sobrevuela la idea. Blasco tenía varios nombres en la cabeza: dudaba entre Academia de la Novela Española, Academia de los Novelistas o Academia de los Cinco. Su modelo era la Sociedad Literaria de los Goncourt —conocida como Academia Goncourt—, la célebre entidad fundada por Edmond de Goncourt que, desde 1903 y todavía hoy, otorga el prestigioso premio de novela con su nombre. En uno de los textos, el valenciano niega inspirarse en esta referencia, pero lo hace para evitar que se vea como un proyecto personalista: “No vaya usted a creer que tengo la pretensión vanidosa de formar una especie de Academia Goncourt para perpetuar mi nombre”. Sin embargo, Azorín confirmó después de la muerte de Blasco, en un breve escrito adjunto al epistolario, que el referente sí era la academia francesa. Las coincidencias entre los estatutos de la sociedad gala y el proyecto blasquista resultan, además, evidentes.

⁄ El autor de ‘Los cuatro jinetes del apocalipsis’ llegó a movilizar medio millón de pesetas de su capital para el proyecto

En la mencionada carta del 18 de junio de 1923, unos meses antes de emprender el viaje, en octubre del mismo año, el valenciano comunica explícitamente al alicantino que tiene intención de hablarle personalmente del asunto tras la aventura. Blasco aprovecha para explicarle además sus intenciones, que no son otras que literarias y comerciales: “Como muchos magazines ingleses y americanos me han pedido artículos ‘pintorescos’ de este viaje, así como fotografías para ilustrarlos, publicaré probablemente un libro con el título La vuelta al mundo de un novelista”. Es en esta carta también que Blasco pide a Azorín su parecer sobre la idea, así como que le confirme explícitamente que se encargará de “la preparación de todo eso”. En cartas posteriores, Blasco lo considera el “presidente”, “supremo director y también creador” de la futura entidad y deja claro que le considera el más preparado para la empresa: “Dejando aparte los grandes méritos de los demás, solo usted me inspira confianza por ser hombre de voluntad y además de visión amplia y generosa”.

Cinco miembros de prestigio

Azorín se pone manos a la obra en otoño y, con la libertad que tiene para formar el jurado a su gusto, se dirige a los seleccionados: con Valle-Inclán, Pérez de Ayala y Baroja, lo hace personalmente en Madrid, y con Unamuno —residente en Salamanca, meses antes de ser deportado por el régimen a Fuerteventura— vía carta. Así es como lo había previsto Blasco: la academia la formarían cinco figuras de gran prestigio. Sin embargo, la selección no vino de él: tanto Valle-Inclán como Baroja habían dado evidentes muestras de animadversión hacia su persona. Pero, con su cómplice como mediador, se allanaba el camino. En marzo de 1924, a punto de terminar el viaje de Blasco, Azorín publica un artículo en que informa del propósito de fundar “una Academia Literaria libre” y “dedicada a la novela” y, posteriormente, ambos concretarían una estrategia y calendario para difundir sus intenciones. El proyecto ya estaba en marcha, pero todo quedaba pendiente de un viaje de Blasco a Madrid para firmar los papeles y constituir la sociedad. Este viaje nunca tuvo lugar.

Cartel de 'Los cuatro jinetes del Apocalipsis' (1925), película basada en la novela homónima de Vicente Blasco Ibáñez 
Cartel de 'Los cuatro jinetes del Apocalipsis' (1925), película basada en la novela homónima de Vicente Blasco Ibáñez LMPC / Getty

Blasco contaba con una notable fortuna que le permitía pensar en financiar tanto la academia como los premios. En la carta del 10 de abril de 1924, expone su plan, que pasa por la inversión en obligaciones del Ayuntamiento de Madrid. En aquel entonces, no contó con la volatilidad política, porque la dictadura precisamente finiquitó el sistema de obligaciones. No obstante, Blasco confió en sus posibilidades e inmovilizó medio millón de pesetas de su capital y preveía medio millón más. El objetivo era que, una vez constituida y dotada la Academia, y nombrado su jurado, que debería reformarse al principio anualmente, él se desentendería de su funcionamiento. Luego se mantendrían como cargos vitalicios.

⁄ La cuantía prevista para el premio a “la mejor novela publicada del año” era generosa: 20.000 pesetas

El reglamento constaba de seis puntos. El primero establecía la generosa cuantía del premio, 20.000 pesetas, y su fecha de adjudicación, preferiblemente en diciembre, o quizás en enero para evitar la competencia mediática del Gordo. Inicialmente, los miembros del jurado serían compensados con 1.000 pesetas y, más adelante, 6.000. El segundo punto establecía el género a premiar, su lengua y el alcance territorial. El galardón era para “la mejor novela publicada en el año”, aunque también podían premiarse un conjunto de relatos cortos si eran más de diez. Optaban al premio todos los novelistas en lengua española, “sea cual sea su nacionalidad”. El tercer punto autorizaba a dar el premio “de vez en cuando (pongamos cada dos o tres años)” a un escritor conocido “de edad madura o anciano (…) por el conjunto de toda su obra”.

El cuarto señalaba que el premio podría quedar desierto o darse ex aequo, mientras que el quinto reiteraba que la obra premiada debía haber sido publicada en volumen o folletín, pero que no se aceptaban manuscritos. Finalmente, el punto seis señalaba que el veredicto se acordaba en una cena en un restaurante, siguiendo el modelo francés: “Los cinco de la Academia se reunirán para dar el premio en un restorán (almuerzo o comida), lo mismo que hace la Academia Goncourt. Esto es mejor y resulta más independiente que juntarse en el Ateneo u otro local ajeno.” 

También teniendo como referencia a la Goncourt, en las cartas se piensa en la manera de compatibilizar la actividad de la nueva academia con la RAE, aunque sin ser tan drásticos como en el caso francés. Blasco expresa los temores de que los bienes de la Academia pudiesen acabar “en manos de los curas” o de que la RAE la acabara absorbiendo, hasta el punto que, en la carta del 23 de abril de 1924, deja claro que solo dos miembros de su academia pueden serlo también de la RAE. Azorín acababa de ser designado miembro de la Academia Española, sustituyendo al también valenciano Navarro Reverter (su oponente del año en que fue rechazado), pero no lo era en aquel momento ningún otro de los escogidos para el jurado.

⁄ El exilio de Blasco a Francia por la dictadura de Primo de Rivera, y su repentina muerte, dieron al traste con la idea

Más allá de la vuelta al mundo y de los compromisos, el otro motivo que imposibilitó el nacimiento de la Academia de la Novela fue la lejanía de España. Él mismo lo dejó caer en la carta de 30 de junio de 1923, en la que subrayaba su “nueva existencia cosmopolita” ligada al éxito económico y a una intensa vida social en la Costa Azul. Se hallaba, además, en situación civil irregular respecto a la ley española desde 1907. Casado todavía con María Blasco del Cacho, convivió con la chilena Elena Ortúzar, también casada, antes de que, en 1925, viudos los dos, legalizaran su situación: “Por razones de orden pasional, yo no puedo vivir continuamente en España, país que se escandaliza cuando en asuntos de amor se adopta una actitud franca y noble, que únicamente tolera adulterios y líos llevados hipócritamente, y que además no admite el divorcio”, subrayó. Desaparecido Blasco en 1928, en su exilio dorado francés, la Goncourt española quedó en nada: un proyecto que no vio la luz.

Blasco Ibañez, exiliado desde 1923 cuando el general Primo de Rivera sube al poder e instaura la dictadura, vivió en Francia la última etapa de su vida. Efe/Archivo Vidal/tb
Blasco Ibañez, exiliado desde 1923 cuando el general Primo de Rivera sube al poder e instaura la dictadura, vivió en Francia la última etapa de su vida. Efe/Archivo Vidal/tbARCHIVO VIDAL / EFE

Una relación ambivalente

Las cartas que se escribieron Blasco Ibáñez y Azorín en los años veinte aportan mucha información interesante sobre dos figuras que comparten generación por edad, aunque quizás no corriente literaria. De hecho, la no inclusión de Blasco en la Generación del 98 por parte de Azorín es un suceso clave de una relación inconstante y ambivalente. 

Lo describía bien el propio Blasco en la carta del 30 de diciembre de 1922, en la que lamentaba que “nosotros dos, que somos los escritores más conocidos fuera de España en estos momentos, y estamos unidos además por nuestro origen mediterráneo, no nos tratemos con más frecuencia y vivamos alejados..., no sé por qué”. Ambos no se vieron en persona en todos estos años. Blasco, residente en París desde 1914, regresado de Argentina, y después establecido en Menton, en la Costa Azul, pasó, entre 1919 y 1920, muchos meses en Estados Unidos y otros países americanos. En 1921 estuvo en Madrid, poco antes de trasladarse a su último hogar francés. Sin embargo, consta que no coincidió con Azorín en la capital española.

En las cartas, no hay alusión alguna a la exclusión de Blasco del selecto grupo de escritores del 98. Sin referirse directamente a Azorín, otro insigne literato valenciano como es Joan Fuster expresaría en un artículo de 1976 su sorpresa por este hecho: “Es curioso que los eruditos especializados en la llamada generación del 98 no hayan prestado atención a estos libros de don Vicente —se refería a las llamadas novelas de rebeldía: La catedral, El intruso, La bodega o La horda—, cuando en sus páginas bulle toda la problemática propia del grupo. ¿No habrá, en el fondo, alguna reticencia política mal entendida?”.
Que Blasco no se adhiriera, desde la distancia —se encontraba en Argentina por aquel entonces—, al concurrido homenaje a Azorín que tuvo lugar en Aranjuez en diciembre de 1913 podría estar relacionado con que se sintiera maltratado por estos autores. El acto tenía como objetivo reparar el agravio que Azorín sufrió, según sus afines, al no ser elegido miembro de la RAE. Según la convocatoria que publicó entonces la prensa, el objetivo del homenaje era “recordar al público literario que Azorín aguarda a las puertas de la Academia, sin que esta se haya todavía percatado del alto respeto y sólido entusiasmo que su obra merece”. Ortega y Gasset matizó que solo se trataba de “corregir la desatención pública de que entra a participar la Academia (…). Vayamos, pues, no en contra de la adusta dama Academia, sino en pro de Azorín”.

Otro punto de fricción entre ambos tuvo lugar por un artículo de Azorín, Francia. Deplorable diplomacia, publicado en ABC el 19 de febrero de 1915, a propósito de la intervención de Blasco en un mitin de “confraternidad latina”, en París, en plena Gran Guerra y con la consecuente pugna entre germanófilos y francófilos. Azorín rechazaba la intervención supuestamente antimaurista de Blasco, y añadía que su obra literaria le inspiraba “poco interés”. Blasco contestó con un escrito entre irónico y sarcástico, a través de una carta al propietario y director del mencionado periódico.

Sin embargo, entre 1915 y 1918, Azorín reseñó varias obras de Blasco de forma positiva y le calificó de “antiguo amigo nuestro”. Incluso le escribió una carta, en 1918, remarcando que había leído Mare Nostrum y que hablaba de él en El paisaje de España visto por los españoles. En una de sus cartas, Blasco recuerda, complacido, a Azorín que, apenas publicada Los cuatro jinetes del Apocalipsis, le vaticinó el éxito. Y es que, en realidad, en función de estas cartas, se adivina una relación fluida entre dos autores que se apreciaban, especialmente en el terreno literario. Por ejemplo, en la misiva del 30 de diciembre de 1922, Blasco se sincera sobre temas personales y literarios y le confiesa que se identifica con su estilo: “Usted ha realizado en nuestro país una obra depuradora y verdaderamente artística, igual que la de Anatolio France, demostrando con el ejemplo que el verdadero estilo consiste en la concisión elegante, en encontrar la palabra exacta, en la sobriedad del adjetivo. Por desgracia, ha entrado después en España como una invasión mortal la retórica enrevesada y el adjetivo raro, cazado en el diccionario y puesto a golpes de mazo, como un tarugo de pavimento...”.

Y hay un aspecto que no hay que olvidar: su valencianidad común. Ambos la manifestaron en la evocación y en la utilización literaria del paisaje y el espíritu de su país. Azorín, según escribía Fuster en 1967, nunca debió de añorar la tierra de donde procedía, pero tampoco la sabía olvidar. La valencianidad de ambos no colgaba del idioma, pero no lo excluía. Existía el recuerdo, en el caso de Azorín, del uso disglósico familiar, pero también algo más: “¿cómo escribirá quien ha pensado, niño, adolescente, en otros signos que el castellano?”, se preguntaba ya en plena madurez. 

En el caso de Blasco, existía quizás el paso a la diglosia en el ámbito de la lengua hablada, y en ambos la valoración de la literatura catalana antigua y de la identificación de una geografía y de una cultura compartidas. Compartidas hasta el punto de afirmar, Azorín, en Una hora de España, que “Catalunya es Valencia, y es Alicante, y es Mallorca”.

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Manuel Jorba es historiador de la literatura catalana especializado en el s. XIX, catedrático emérito de Filología Catalana de la UAB, miembro de la Reial Acadèmia de Bones Lletres de Barcelona y del IEC