Una subversión feminista del Quijote
Narrativa experimental
Distinguida como modelo de la vanguard

Kathy Acker, novelista experimental y escritora posmoderna estadounidense

“Todo está ya en Cervantes. Todo lo que hará la perdurabilidad de muchas novelas futuras: el enciclopedismo, el sentido de la historia, la sátira social, la caricatura junto a la poesía y hasta la crítica literaria”. Estas son expresiones de Alejo Carpentier, manifestadas en 1977 al ser galardonado con el premio Cervantes. Desde este enfoque, El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha (1605 y 1615) representa el inicio y, por expresarlo de alguna manera, la conclusión de lo narrativo.
En este océano de relatos —denominación obtenida del ensayo que Thomas Mann redactó a bordo de la nave que lo trasladó a Nueva York, en 1934, al tiempo que consultaba El Quijote—, José Balza evocaba que Cervantes “funda un género en el arte de la escritura; y al instaurarlo parece contener en sí mismo toda la aventura formal que la humanidad puede imaginar para la ficción”. Por otro lado, Harold Bloom se expresa de forma tajante en El canon occidental: “Todas las novelas desde Don Quijote rescriben la obra maestra universal de Cervantes, aun cuando no sean conscientes de ello”.
⁄ Todo se origina no por una arremetida contra molinos de viento, sino a raíz de la vivencia de un aborto de la figura central
Buscar ejemplos sobre eso en la narrativa contemporánea resulta infinito, pero nos permitiremos citar Orlando (1928), de la británica Virginia Woolf, sobre “un hidalgo que padecía del amor de la literatura”, como preferencia personal de personaje quijotesco del siglo XX, y ya en el nuestro XXI, Las puertas del tiempo (2025), de la cubano-mexicana Gabriela Guerra Rey, con una protagonista a la que “se le ha secado el cerebro” por culpa de la lectura.
Así las cosas, la lista de caracteres inspirados en Alonso Quijano es muy diversa: Vida de don Quijote y Sancho (1905), de Unamuno; el Graham Greene de Monseñor Quijote (1982); Jorge Luis Borges y su Pierre Menard, autor del Quijote; o Quijote (2019), de Salman Rushdie, sobre la obsesiva vida de un viajante de origen indio “y facultades mentales menguantes que, por culpa de su amor por la televisión más estúpida, se pasaba una parte enorme de su vida mirándola en exceso”.
Decimos todo esto a propósito de Don Quijote, que fue un sueño (1986), de Kathy Acker (Nueva York, 1947-Tijuana, 1997), que lleva a cabo una subversión radical del mito cervantino, reescribiéndolo para abordar cuestiones contemporáneas de poder, género, sexualidad y lucha feminista. Y es que toda la obra y vida de esta novelista, ensayista y dramaturga es contestataria, incomparable: trabajó como profesora de universidad, pero también como stripper y performer porno, además de firmar llamativos títulos como Great Expectations, en que le dio la vuelta a la novela de Dickens Grandes esperanzas, El imperio de los sinsentidos o Aborto en la escuela.
De hecho, en el primer capítulo de Don Quijote, que fue un sueño presenta a una protagonista que, al igual que el Caballero de la Triste Figura, se ve obligada a emprender una peripecia absurda e inusitada en plenos Londres y Nueva York; todo se desencadena no por un ataque a molinos de viento, sino por la experiencia de un aborto. Por este motivo, el libro adquiere una mirada incuestionable en torno a la complejidad de la identidad femenina en una sociedad donde el cuerpo de la mujer está regulado por la política y el llamado patriarcado.
De tal forma, lo más cautivador es el conflicto anímico de la figura central, quien afronta una intensa desolación vital tras su aborto y se lanza a una “gran aventura”: hallar el afecto, sentir enamoramiento. No obstante, Acker, cual si fuera auténtica sucesora de la temática de la decepción que produjo tantas obras en nuestro Siglo de Oro, provocará que dicho periplo impacte contra una realidad que atenta contra la autonomía del individuo, todo esto mediante un relato vanguardista y dividido en fragmentos.
“Necesitaba una vida nueva. Tenía que recibir un nombre”, dice el personaje, sugiriendo que sólo a través de una ruptura radical con el pasado es posible encontrar algo que se pueda llamar vida o identidad. De este modo, es una suerte de ‘caballero nocturno’ que adopta un nombre masculino, desdibujando con ello las categorías de género tradicionales. ¿Puede haber algo más actual y provocador?
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Kathy Acker. Don Quijote, que fue un sueño. Traducción de Marcelo Cohen. Anagrama. 240 páginas. 18,90 euros