A la escritora Muriel Spark le pasaban “cosas raras”; a sus personajes, también
NOVELA
En 'El banquete', la parodia social camina con tacones de aguja entre robos, muertes, monjas marxistas, la alta comedia y el mal de ojo

Muriel Spark en Roma en 1968

Se nota que Evelyn Waugh fue amigo suyo, porque la consideraba una “santa”. Y que las experiencias del editor Howard Sergeant, quien conoció a Muriel Spark de otras maneras que Waugh –fueron amantes, aunque él estaba casado– resultaron muy diferentes, porque llegó a decirle que era “algo así como una bruja”.
Nada, pamplinas para una escritora que se refería a sí misma como “Muriel la Maravilla, con sus ojos de rayos X”. Sí, Muriel Spark (1918-2006) tenía rayos X en los ojos, una inteligencia afilada, una afinada consciencia de todo ello y, lo más importante, la habilidad de trasladar todas estas cualidades a las más de veinte novelas que escribió y que brillan especialmente en El banquet , publicada ahora por Blackie Books.
Bruja o santa, Muriel Spark tenía otra capacidad que sería más fácil adjudicar a la primera de sus atribuciones que a la segunda: en una muy documentada biografía aparecida el pasado año – Electric Spark: The Enigma of Dame Muriel –, la académica británica Frances Wilson desgrana cómo la vida de la escritora se componía de “accidentes extraños, coincidencias curiosas y sucesos espeluznantes”.
Una de las amigas de Spark revelaba en aquellas páginas que “de alguna manera, sucedían cosas, cosas raras, cuando Muriel estaba cerca”, mientras que el crítico Frank Kermode pensaba que la escritora “tenía mal de ojo”. Como en todas las narraciones los autores siempre dejan algo de sí mismos, recogemos estas notas biográficas justamente en relación con El banquete , una novela tan festiva como maliciosa como son todas las de la autora británica y en la que el mal de ojo ejerce de octavo pasajero.
⁄ Diez personas se reúnen en Londres en una cena de alto copete con faisán, cotilleos, vino y una ausencia: alguien está siendo asesinado
El noveno, a decir verdad. Son diez los comensales que se reúnen a cenar en una elegante vivienda de Londres. Entre los invitados hay lores, artistas, diplomáticos y millonarias que regalan a su hijo recién casado un piso en Hampstead; lo mejor de cada casa, porque se trata de que “nadie de los que están en la mesa sea un estúpido”, y sepan llevar al mismo tiempo una copa de Martini seco y una conversación ingeniosa pero educada.
Es lo que tienen las clases que aún siendo altas siguen teniendo aspiraciones. El menú, después de largas deliberaciones, se compone de faisán al coñac con sus verduritas regado con vino francés, servido por un impecable y guapo mayordomo.
Todo es apropiado como debe serlo y como lo es siempre entre los “afortunados”, todo menos Margaret, la esposa de William, la pareja receptora del pisito. Margaret resulta para los presentes un misterio tan grande como lo es su entrada en la vida del joven: lo único que se sabe es que se le acercó casualmente en la sección de frutas de Marks & Spencer y le comentó que los pomelos estaban un poco pasados.
Lo de casualmente es un decir en opinión de la madre del novio, Hilda Damien, consciente de la diferencia social y económica entre ambos, todos son conscientes y les dan “un año como mucho”. Pero eso nunca llegaremos a saberlo. Margaret procede de una familia escocesa en la que han pasado, pasan, accidentes extraños, coincidencias curiosas y sucesos espeluznantes, toda novela es autobiografía. Y Hilda, como las amigas de Muriel Spark, percibe, cada vez con mayor inquietud, que esa chica desprende algo anómalo.
La cena constituye un éxito, con la salvedad de que en ese mismo momento alguien está siendo asesinado.
El banquete está lleno del ingenio de la autora, de quien no hay que olvidar que en la segunda guerra mundial trabajó con el contraespionaje británico difundiendo lo que ahora llamamos bulos para confundir a los alemanes. La parodia social camina con tacones de aguja entre robos, sorpresas, crímenes y unas estrafalarias monjas marxistas; nacida en Edimburgo como Muriel Sarah Camberg, de padre judío y madre presbiteriana, Spark fue una de los tres grandes novelistas británicos del siglo pasado que se convirtieron al catolicismo, con Graham Greene y Evelyn Waugh, cuyo sentido del humor compartía.
Pero la autora de La plenitud de la señorita Jean Brodie , su novela más conocida, tenía pliegues ocultos: Blackie Books también publica ahora Las voces , su primera novela –en inglés The Comforters –, escrita poco después de su conversión y bajo los efectos, confesó más tarde, de la Dexedrina, una anfetamina que tomaba para adelgazar y que le provocaba alucinaciones, como pensar que el poeta y dramaturgo T.S. Eliot la perseguía, le enviaba mensajes amenazantes y se colaba en su casa para robarle comida de la despensa. Cosas raras, muy raras.
Muriel Spark El banquete Traducción de José María Gómez Blackie Books 208 páginas 19,95 euros
