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Zanón ha vuelto

Narrativa

La desaparición en Barcelona de un jugador de rugby británico teje una novela existencialista en que lo ‘noir’ es la excusa para interrogarse sobre la fragilidad contemporánea

El barcelonés Carlos Zanón, autor de‘Objetos perdidos' 

El barcelonés Carlos Zanón, autor de‘Objetos perdidos' 

Àlex Garcia

“Desaparecer es siempre un crimen colectivo, piensa Álex, porque no basta con quedarte quieto y callado: los demás también deben extraviarte en su memoria” y ese deseo y su ausencia, es el aliento que envuelve Objetos perdidos , el último artefacto literario de Carlos Zanón (Barcelona, 1966)

La desaparición en Barcelona de un jugador de rugby británico —eco del caso Levi Davis— y el arrastre mediático que provoca la muerte de otro jugador de rugby australiano, también en la ciudad condal, tejen una novela existencialista donde lo noir es el andamiaje que mantiene en pie el edificio, pero que claramente no deja de ser una excusa para interrogarse sobre la fragilidad contemporánea y la facilidad con que cualquiera puede volverse invisible en una urbe hiperconectada que no deja huella en casi nadie. 

“Todos estamos a dos pasos de desaparecer” reza la frase promocional, y Zanón, aquí, regresa a su territorio más reconocible y entronca de nuevo con la espina dorsal de su obra: vuelve al noir sentimental de sus primeras novelas, Tarde, mal y nunca, No llames a casa y la exitosa Yo fui Johnny Thunders .

 Épica de perdedores, oralidad callejera, amor de garito y lumpen, barrios que exponen la cara B de la Barcelona posa’t guapa. Inmigración, precariedad. La ciudad, su ciudad, como un personaje que ya ensayaba en Taxi pero que en Objetos perdidos se despoja de pasados excesos, apareciendo, ahora sí, desnuda y como no, perdida.

⁄ ‘Objetos perdidos’ se eleva con unos diálogos brillantes y una prosa directa y afilada sin abandonar el lirismo

Cuatro años ha tardado en escribir esta historia de no lugares: un hotel llamado Excálibur, donde malvive Álex Gual, abogado cocainómano en proceso de aniquilación personal y moral después de un divorcio y un linfoma marginal tipo T, con Niño Gordo, una suerte de pepito grillo cobardica y faltón, que le amarga y reprime con tanto empeño como falta de éxito. 

Un antro con nombre de diva boomer del funk, Donna Summer, donde reina el Señor Paco, uno de los aciertos de la novela, figura de atracción y repulsión que condensa uno de los temas del autor: la fascinación por el poder dañino, la seducción del malo de patio de colegio. Objetos perdidos es, a la vez, un catálogo de no relaciones: la no relación tóxica de Álex con Lola K, una pintora en decadencia que devuelve al abogado a su circuito de soledades y, al final, la tentación de una vida de mínimos con Inés, camarera del Donna Summer que es la única que aporta un soplo de autenticidad y humanidad sin prometer salvación alguna.

Y es este elenco de secundarios, en esta novela bien delimitados y con voces propias, el que sostiene el andamiaje de pérdidas. De entre ellos sobresale la mencionada Inés, la camarera colombiana, que aparece en la vida del abogado, precisamente en el epicentro de su deriva, acosado por los engaños del Señor Paco y enredado en la toxicidad permanente de Lola K. Inés proyecta luz de manera inesperada sobre esta historia que quiere ser oscura y desesperanzada. 

Hay una evolución en el trabajo y consistencia de los personajes femeninos, ya ensayada con la Eileen de Love song, que enriquece sobremanera el catálogo de vidas rotas característico del autor.

El extravío de un pasaporte catapulta la acción, y es en ese punto cuando Zanón, que en ningún momento nos coge de la mano, enreda la trama haciéndose, a ratos, la lectura morosa. En todo caso, un mal menor en una novela que se eleva en unos diálogos brillantes y certeros, una oralidad hecha de frases cortas, prosa directa, afilada y rítmica que no abandona el lirismo que la caracteriza. Imágenes poéticas que exigen una lectura atenta y rigurosa, una clara marca de la casa para la que posee un innegable talento. 

Podríamos aventurar que se ha producido un ejercicio de introspección, evolucionando un estilo menos expansivo que en etapas previas, bajando los decibelios, y haciendo que cada frase, cada diálogo esté donde debe estar. Zanón vuelve, se perfecciona y se destila, elevando el nivel de la apuesta y ganándola.

Carlos ZanónObjetos Perdidos Salamandra. 272 páginas. 22 euros

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