Las derrotas dulces no existen para el Real Madrid y así lo ha entendido Florentino Pérez, impermeable a los análisis buenistas que aseguraban que Xabi Alonso salía reforzado del clásico. Perder no entra en los planes del presidente madridista, que por otra parte tenía ganas de cargarse a su nuevo juguete desde hace meses, decepcionado por la flacidez tanto de su apuesta deportiva como de su carácter, vencido en el vestuario por los cracks, que a su vez sabían que el amo había sacado la guadaña. Mal asunto para mantener la autoridad del entrenador.
Hay quienes aseguran precisamente que ha sido la falta de cobertura aérea la que ha acabado con el vasco, subrayando en el calendario el día que todo se torció entre jefe y empleado: el Madrid ganó en la Liga al Barça (2-1) en el Bernabéu pero Vinícius montó una desagradable escena al ser sustituido. El club ni sancionó la indisciplina del brasileño ni salió en defensa de Alonso, que quedó a la intemperie y desprovisto de dotes de mando.
Xabi Alonso no ha encontrado nunca el tono, pero se diría que hasta abandonó la lucha por dar con él
Aceptado ese capítulo como argumento de autodefensa para el vasco, lo cierto es que su propuesta futbolística ha oscilado entre la decepción y la inacción. Una cosa es que no sientas el cariño de quien te paga y otra muy distinta bajar los brazos y no ofrecer resistencia alguna al destino que te escriben otros. Vendido como el gran modernizador del manual madridista, “anticuado” por un Ancelotti que levantó tres Champions, Xabi Alonso no ha transmitido una idea nítida de lo que quería lograr con su equipo. No se plantó para exigir un centrocampista organizador, cráter que limita la creatividad de su equipo, y la presión alta que logró arrancar de sus jugadores en el Mundial de clubs se desintegró entre el calor del verano y la indisimulada desobediencia de las vacas sagradas del vestuario.
Hace meses que Xabi Alonso tenía la cara rígida. No fue nunca el vasco un tipo de excesiva gestualidad, ni mucho menos el que ponía la música en el vestuario siendo futbolista, pero sí se le tenía por sibilino e inteligente, aptitudes que en el club blanco no ha dejado ver. La pose de Alonso durante su estancia en el Madrid parecía generada a través de IA, por robótica y desprovista de pasión. Cada entrenador es un mundo (busquen y lean la fantástica entrevista de Alberto Martínez a la seleccionadora de natación artística Andrea Fuentes en Guyana Guardian ), pero de alguna u otra manera la figura del que manda debe ser capaz de transmitir energía a través de un mensaje eficaz o de un carisma natural o trabajado. Alonso no ha encontrado el tono, pero se diría que abandonó hace tiempo la lucha por dar con él. El mar arreciaba a su alrededor y su rostro comparecía invariable, con la resignación del que se sabe condenado.
Si la destitución de Alonso sorprende por la crudeza del ejecutor, el nombre del sustituto causa escalofríos. Quien apreció cierta mourinhización en el planteamiento ultra defensivo del Madrid en la final de la Supercopa debe saber que el sustituto es Álvaro Arbeloa. De la supuesta modernidad, al papel de lija.