Faltaban cuarenta y cinco minutos para que el balón comenzase a rodar cuando Joan Garcia volvió a pisar el césped del RCDE Stadium en medio de una neblina blanca provocada por varias bengalas. La última vez que el guardameta había paseado por este campo, el pasado mes de mayo, Garcia salió a hombros de numerosos aficionados, besándose el escudo y con una sonrisa inmensa por la salvación del Espanyol tras derrotar al Las Palmas en la última jornada de Liga. El de esta noche fue, en cambio, el recibimiento más hostil que habrá recibido en toda su vida.
Salió corriendo, decidido y sin mirar atrás, como en su adiós al club que durante años lo moldeó hasta darle la alternativa en Primera División. A su paso, los ya numerosos aficionados que aguardaban el comienzo del partido le dedicaron una pitada terrible. Un recibimiento propio de un enemigo, pero dentro de los estándares deportivos. Fue más de medio minuto en el que el de Sallent alcanzó a la portería en el fondo de El Prat y comenzó con sus ejercicios rutinarios.
Imágenes del recibimiento a Joan Garcia
Desde ese momento un gran número de aficionados se concentraron en el fondo detrás de la portería del guardameta para incordiarlo durante el calentamiento. Eso sí, las redes que el club instaló detrás de ambas porterías cumplió con su tarea disuadir a los aficionados de lanzar cualquier tipo de objeto al portero.
Imágenes del recibimiento a Joan Garcia
Los sonidos de viento se reprodujeron cuando el equipo culé saltó al césped para calentar. En este caso los silbidos duraron menos. Y regresaron, a veinte minutos para el comienzo del partido, cuando el guardameta se marchó de nuevo al vestuario. También con la presentación del equipo inicial del equipo azulgrana por megafonía. Tanto Joan Garcia como Lamine Yamal fueron los más pitados a lo largo de la noche.
Es cierto que a partir de entonces cada vez que el portero entró en acción todo el estadio le silbó con fuerza. Muchos aficionados se concentraron detrás de su portería para incordiarlo y dedicarle todo tipo de lindezas. Por fortuna cumplieron con su tarea disuasoria las redes que el club perico colocó detrás de las porterías.
Pese a la animadversión de quien fue su gente, el de Sallent encontró momentos para emitir señales de su pasado perico. Como su aplauso indisimulado a Jofre Carreras, amigos desde los trece años y que vivieron varios años juntos, cuando este recibió una camiseta por sus 100 partidos con el Espanyol. Y ya con el partido en juego, fue el primero en pedir la asistencia para Lele Cabrera, su capitán hasta el año pasado, que yacía en el suelo ensangrentado tras un choque con Eric Garcia.
Enfrente, en cambio, no hubo piedad. En el minuto trece de partido los aficionados de La Curva mostraron carteles con la imagen de una rata y de Judas Iscariote. Pero la crítica no afectó en absoluto al rendimiento del guardameta, que fue capaz de abstraerse de todo lo que sucedía a su alrededor y mantener la concentración de un modo insospechado. Hizo lo que mejor sabe hacer en su versión más extraordinaria y con ello consiguió en algún momento acallar a una afición totalmente descolocada. Fueron varias las ocasiones en las que el calderó de caos, ayer con la quinta mejor entrada de su historia, llegó a celebrar el gol. Aunque a buen seguro todos salieron del campo recordando para sus adentros una mano inverosímil a un remate de cabeza de Pere Milla en el primer tiempo. Carlos Romero, autor del centro, no lo podía creer. Pere Milla se descargó contra la base del poste y después le dio una palmada al portero, reconociéndole la barbaridad que había hecho.
Roberto Fernández fue el más frustrado por el portero a lo largo de toda la noche. Dos mano a mano y varios disparos a quemarropa. Pero Siempre a merced del guardameta que ayer hizo de lo imposible una rutina.
Y quedaba en realidad lo peor de la noche, permanecer 45 minutos delante de la portería que da al fondo ultra del equipo blanquiazul, quienes antes del partido habían empapelado numerosas marquesinas de la ciudad con motivos pericos y anticulés. Nada cambió en Joan, que volvió a ser crucial con intervenciones de mérito. Como una mano a un disparo de Romero desde la frontal.
El abrazo de Dmitrovic al termino del encuentro fue todo un reconocimiento. Flick también se acercó a él. Después de todo lo vivido, el entrenador alemán lo apretó con fuerza. Lo abrazó contra sí. Había pasado la noche más difícil. Pero ahora sabe que Joan puede con todo
