En el partido de perfil bajo que excita al público de Riazor (la gente de La Coruña sigue ensoñada recordando tiempos gloriosos que quién sabe si algún día volverán; entre los parroquianos se asoma Donato, uno de los protagonistas de aquellos maravillosos años), Antoine Griezmann marca la diferencia y el Atlético se abre paso hacia los cuartos de final de la Copa (0-1).
Es curiosa la montaña rusa del francés, brillante en sus años en la Real Sociedad y en su primera etapa en el Atlético, anodino en el Barça, renacido a su vuelta al club colchonero.
Si se atasca el Atlético, que no encuentra refugio en Julián Álvarez ni tampoco en Sorloth, y que se enreda en la desordenada vehemencia de Llorente, entonces se faja Griezmann, generoso en el compromiso defensivo, insistente en el montaje del armazón ofensivo y, si se tercia, inspirado de cara a puerta.
Su ejecución de un lanzamiento de falta es perfecta. La pelota se enrosca y se incrusta en la cruceta del travesaño, entra ligera como una pluma o como un cuchillo en la mantequilla, y Parreño, el guardameta del Depor, solo puede rendirse.
Es el minuto 60 y el gol de Griezmann aturde al animoso Depor y redime al Atlético, despistado en La Liga española (se encuentra a once puntos del líder Barça), y que halla sosiego en la Copa, quizás el torneo que le queda más a tiro de aquí a final de curso.
(Ahora mismo, la Champions parece venirle un poco grande, no nos vamos a engañar).
A partir del elegante gol de Griezmann, alea jacta est.
El Atleti se recoge, se tranforma en el Atleti que siempre ha desplegado Simeone, y el Depor, menor, demasiado tiempo lleva alejado de la élite del fútbol español, no halla la manera de hincarle el diente. Se desesperan los coruñeses, que ven cómo vuelan los minutos y no son capaces de romper la telaraña colchonera. Le queda el reto de regresar a Primera, tan lejos tampoco se encuentra.
