Las Claves
- Un piloto de un Boeing 737 priorizó la seguridad de los pasajeros ante una avería crítica pese a las quejas recibidas.
- Es fundamental fomentar
Durante el anterior noviembre, a bordo de un Boeing 737 de uso comercial, el capitán comunicó inicialmente una demora y, poco tiempo más tarde, un desvío de trayecto hacia Sevilla. Dentro del habitáculo se escucharon lamentos de molestia y murmullos que describían el escenario como inaceptable. Desde las butacas, únicamente se percibía el paso del tiempo y el malestar por la modificación de los planes previstos. No obstante, gran parte del pasaje ignoraba que el aparato había experimentado un problema técnico crítico (la avería de dos sistemas hidráulicos) que forzaba a ejecutar una maniobra de urgencia. Disponiendo de todos los datos necesarios, el aviador eligió una resolución controvertida que protegió la integridad de los 190 individuos que viajaban en el interior.
Este suceso sirve para evidenciar un tema que suele ignorarse en las compañías: la urgencia de valorar y respaldar a los individuos con cargos de gestión. En una etapa donde se promueve intensamente (y con acierto) la empatía del superior hacia sus subordinados, es necesario reivindicar también una actitud empática hacia los mandos. No se trata de mitificar a los responsables, sino de asimilar los desafíos propios de su tarea, que obliga a renunciar al bienestar de defender solo la opinión propia para ubicarse en un escenario donde chocan intereses múltiples y, habitualmente, enfrentados.
Debilitar constantemente a los líderes que protegen el bienestar colectivo termina provocando consecuencias.
Valorar el rol de liderazgo exige asimismo cierta humildad. Pues resulta común dejarse llevar por la idea de que superaríamos el desempeño ajeno en cualquier labor. Un técnico superior a Xabi Alonso, un estadista más hábil que Pedro Sánchez o un gestor más capaz que mi superior… y, a veces, todo de forma simultánea. Las plataformas digitales han potenciado este sentimiento de prepotencia a posteriori, impulsado por un prejuicio psicológico muy identificado: las dificultades siempre parecen menores cuando se observan desde la barrera.
Además, si las justificaciones éticas no resultan suficientes, hay un motivo puramente práctico para promover dicha consideración. Dentro de los vínculos personales, y sobre todo en los entornos corporativos, es sensato eludir procesos nocivos. El historiador económico Carlo Maria Cipolla lo resumió acertadamente en su teoría de la estupidez humana, señalando que las situaciones de mayor riesgo ocurren cuando un individuo daña al resto sin lograr provecho alguno para sí mismo. Aplicado a la cotidianidad de las compañías, desgastar continuamente la autoridad de quienes deciden en favor del interés general suele terminar siendo contraproducente para uno mismo.
Un piloto en la cabina del avión
Dichos factores ganan una trascendencia todavía más profunda en un escenario de agitación incesante y fragmentación social al alza. En las controversias generales suelen prevalecer las explicaciones elementales, la persecución de rivales y el bienestar fugaz de percibirse en la facción acertada. Sin embargo, cuando ese pensamiento se introduce en las entidades, el efecto es devastador. Las diferencias razonables mutan en sospechas habituales y el análisis indispensable desemboca en una erosión continua. En tal atmósfera, es lógico que los puestos de mando dejen de seducir a profesionales con voluntad de ayuda y aptitudes genuinas, siendo finalmente asumidos por individuos guiados, esencialmente, por el lucro monetario o la autoridad oficial.
Brindar cierta consideración a los que toman determinaciones no equivale a validar cada una de sus posturas, sino a comprender que elegir conlleva percibir factores que no resultan evidentes desde la posición de acompañante. Y tener en cuenta que, de carecer de esa estima básica, el peligro no radica solo en fallar la ruta, sino en que ningún perfil competente desee volver a asumir el control.
Deslegitimar la autoridad
Dentro del volumen La rebelión de las masas, José Ortega y Gasset avisaba sobre la amenaza de una población que reclama sin hacerse cargo de sus deberes, restando valor habitualmente a toda clase de jerarquía. Su análisis continúa siendo relevante: al desautorizar a los responsables de elegir sin considerar lo intrincado de su papel, no se robustece el análisis, sino que se fragiliza la dirección, tanto en la esfera pública como en la privada.