Los diez millones de catalanes
Ya me gustaría convencerme de que aumentar la inmigración, a estas alturas, es lo que el país necesita. Pero por más que revise hechos y datos, no lo acabo de ver.
Bueno para el país quizás sería si pudiéramos asegurar que el aumento de la inmigración incrementa la renta per cápita conjunta. Basta de mostrar la bondad de crecer con el aumento global de la economía, con el PIB total y no con la renta per cápita y la productividad. Parece que es aquel y no estos otros indicadores lo que únicamente interesa a algunos empresarios. Y ojalá que este aumento de la renta familiar bruta disponible se acompañara de una acogida como Dios manda: equipamientos suficientes, integración cultural, servicios adecuados y precariedades producidas, respecto a las cuales la Generalitat o bien no tiene competencias (solicitudes de acogida, etcétera) o bien no tiene la capacidad económica suficiente para hacerlo (más vivienda, más médicos, más maestros).
Vía factible
Si necesitamos trabajadores, tendríamos que recuperar a gente formada con jubilación forzada o desocupada de larga duración
Ciertamente, algunos de estos recién llegados hacen trabajos que los autóctonos no queremos hacer y eso favorece que podamos buscar mejores empleos, pero no es seguro que la vía sea la de premiar a los que entran sin papeles. No entiendo tampoco cómo algunos apoyan una inmigración desde “la selección de los mejores” en su país de origen, con argumentos de solidaridad, cuando en realidad suponen un drenaje de cerebros de los afortunados de los países pobres que, en vez de empujar el progreso de su país, vienen a los nuestros trabajando en puestos inferiores para los que se formaron. Tampoco veo el argumento de la bondad de su carácter procíclico: vienen, nos dicen, con la demanda de trabajo y vuelven cuando esta baja. Pobre gente tapando agujeros, para tener que emigrar después, cuando el trabajo falta. Así, pocas raíces son posibles con la comunidad que los acoge. Y no sé cómo eso lo puede corregir un proceso de regularización masivo, que genera un efecto llamada y premia a los más atrevidos que se juegan la vida en una patera o tienen bastante dinero para entrar en el país como turistas sin billete de vuelta. No es creíble que estos contingentes ayuden a salvar las cotizaciones; ¿o se piensa negarles la pensión cuando ellos las merezcan? También es poco verosímil pensar que generarán con sus impuestos un saldo fiscal positivo en el Estado de bienestar, cuando está calculado que solo en torno a 60.000 euros anuales las contribuciones de una familia superan los gastos. Además, la métrica de costes y beneficios fiscales aplicados a personas no pasa filtros éticos mínimos. ¿Si necesitamos más trabajadores, no habría que recuperar a gente formada con jubilación forzada o desocupada de larga duración, que conoce el país, tiene sitio donde vivir y un talento recuperable?
Con tantos descosidos como tiene Catalunya (infraestructuras, financiación autonómica insuficiente, falta de vivienda), echar la pelota hacia delante, hacia la Catalunya de los 10 millones, me parece un riesgo elevado en ausencia de las políticas de acompañamiento necesarias.