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A medida que los costes se incrementan velozmente y las remuneraciones siguen estancadas: la situación económica real que subyace tras el tique del supermercado.

Inflación

Trabajamos igual, pagamos más: la economía cotidiana vista desde el supermercado<br>

Trabajamos igual, pero el gasto es mayor: la economía cotidiana analizada desde el sector de la alimentación.

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Abandonar el establecimiento de comestibles se ha transformado en una vivencia casi alarmante. Cargas el carro con lo que antes constituía una adquisición “normal” —un poco de pan, fruta, café y detergente— y al alcanzar el mostrador el recibo recuerda al de un banquete de fin de año. No es una impresión: constituye una circunstancia que experimenta toda la sociedad y que ilustra, con mayor claridad que múltiples cifras, la mecánica de las finanzas contemporáneas. Tras cada renglón del comprobante se oculta un universo de gastos, mercados y determinaciones que terminan manifestándose en euros.

Cualquier artículo que adquirimos es el fruto de un proceso de fabricación y logística que atraviesa diversas naciones. El tomate puede proceder de Almería, aunque el abono que lo alimenta dependa del gas natural; el detergente se fabrica con derivados del petróleo; el pan, hecho con harina de trigo que tal vez proceda de Ucrania o de Canadá... Si alguno de estos factores aumenta su coste —debido a un conflicto bélico, una época de aridez o una subida de los precios de la energía— el engranaje completo se ve perjudicado. En última instancia, es el comprador quien acaba asumiendo el gasto.

Este escenario recibe un apelativo que ha resonado con frecuencia recientemente: inflación. Consiste en la dinámica por la cual los importes aumentan de forma global, reduciendo lo que podemos adquirir con idéntica suma. Sin embargo, tras este término se agrupan distintos sucesos. Existe la inflación “importada”, que proviene del exterior mediante el sector energético o los insumos básicos, y la inflación “interna”, nutrida por causas domésticas como la limitada disponibilidad de inmuebles o el alza en los gastos de transporte. El efecto, de todas formas, es idéntico: el coste de los productos básicos se eleva paulatinamente cada semana.

El comprobante de la compra detalla de forma más precisa que múltiples estadísticas el modo en que opera la economía presente.

Resulta paradójico que, al tiempo que los costes responden con agilidad ante cualquier variación, las remuneraciones no actúan de igual forma. Los pagos se actualizan de manera tardía, frecuentemente tras extensos diálogos o evaluaciones de cada año, lo cual provoca lo que los expertos en economía denominan merma de la capacidad de compra. En otras palabras, no percibimos una cifra inferior, sino que nuestro ingreso “vale” menos. Esta falta de sincronía entre el ámbito financiero “macro” y el día a día constituye uno de los motivos centrales del descontento ciudadano de hoy: la percepción de laborar lo mismo que antaño pero con una calidad de vida inferior.

Este escenario fuerza a muchos hogares a realizar malabares financieros mensualmente. Las marcas de distribuidor ganan relevancia, las promociones se rastrean con mayor cautela y las costumbres de gasto se transforman: disminuyen las salidas a restaurantes, se da prioridad a artículos esenciales y se dilatan los tiempos de adquisición. Esta reacción es lógica, pero demuestra que si el encarecimiento persiste por mucho tiempo no solo daña la economía doméstica, sino también la confianza.

El desafío, en consecuencia, consiste en hallar una estabilidad inédita entre costes y remuneraciones evitando que la actividad económica pierda ritmo. En caso de que las pagas se incrementen con excesiva celeridad, podría generarse un ciclo de inflación adicional; no obstante, si permanecen estancadas, la demanda interna se debilita y la expansión se ve afectada. Se trata de un ajuste complejo que exige a las administraciones, compañías y centrales obreras actuar de forma conjunta para distribuir de manera más equitativa las cargas de este periodo actual.

Aun con la complejidad existente, se perciben razones para un moderado positivismo. Los canales de abastecimiento que sufrieron presiones durante la crisis sanitaria han recuperado su equilibrio, los costes de la energía se han asentado y el encarecimiento general comienza a suavizarse en diversos países europeos. No obstante, la percepción de que “todo sigue caro” se mantiene, debido a que los importes difícilmente regresan a niveles previos.

No es que percibamos una suma inferior, sino que lo que ganamos tiene menos valor.

El recibo del supermercado representa bastante más que un simple listado de artículos. Constituye un breve ejemplo del funcionamiento de las finanzas mundiales y de su impacto en nuestra cotidianidad. De este modo, cada importe manifiesta resoluciones gubernamentales, conflictos internacionales y variaciones comerciales, evidenciando además la brecha entre las estadísticas macroeconómicas y la realidad ciudadana. Tal vez carezcamos de control sobre los costes, aunque es posible reclamar que, ante el encarecimiento general, se equilibren igualmente los niveles de bienestar. Puesto que, en última instancia, la actividad económica no resulta algo etéreo: ocurre cada ocasión en que abonamos con el plástico en el mostrador y observamos el comprobante con asombro y paciencia. Tras ese fragmento de papel subyace un relato completo —nuestra propia vivencia— narrado mediante euros y cifras decimales.

Sin lugar a dudas, en la siguiente ocasión que sostengas un recibo de compra podrás percibir algo superior a una mera enumeración de artículos y costes; estarás observando de forma indirecta la situación presente de las finanzas mundiales.