Mette-Marit ha colmado la paciencia del pueblo noruego: qué destino le espera a la princesa a partir de ahora.
Análisis
La cónyuge del príncipe Haakon, sucesor a la corona, encara la controversia generada a raíz de su relación con Jeffrey Epstein.

La princesa Mette Marit, en una fotografía del 17 de mayo de 2024, durante el transcurso del día nacional de Noruega

La población de Noruega siempre ha destacado por su mentalidad avanzada. Lo probaron en 1968 cuando Harald, el entonces príncipe heredero, se vio en la situación de abdicar a sus derechos sucesorios si no se le autorizaba a contraer nupcias con Sonia Haraldsen, la primera ciudadana sin títulos en incorporarse a una casa real. Tiempo después, en 2001, los noruegos exhibieron nuevamente su carácter abierto al acoger como consorte del príncipe heredero, Haakon, a una madre soltera con un pasado “salvaje”, tal como ella misma reconoció ante los medios internacionales dos días antes de su enlace matrimonial.
Cercanos a celebrar sus veinticinco años de casados, el vínculo de Haakon y Mette-Marit ha pasado a ser un tormento para los pacientes noruegos. Su contacto con el criminal Jeffrey Epstein, respaldado por incontables menciones en los archivos que acaban de publicarse, sitúa a la princesa heredera en una posición límite de compleja estabilidad en una monarquía ya afectada por las infracciones de Marius Borg, el vástago que ella integró a la pareja. Una separación, el aislamiento o, incluso más grave, el descenso al abismo.
A partir del comienzo, el matrimonio debió sobrellevar los estallidos de mal genio de la princesa heredera consorte quien, durante 2002, al arribar a la localidad de Haugesund, mostró un comportamiento descortés, incluyendo un golpe con la mano a su esposo, al tiempo que bajaba por la escalinata de la aeronave estatal. El amable Haakon excusó el incidente debido a la ansiedad que Mette-Marit sentía al volar y gradualmente, por la limitada exposición pública de la princesa, la situación se terminó calmando.

Durante los años recientes, ante las excentricidades de la princesa Martha Luisa, primero unida a Ari Behn, un literato alternativo que terminó por suicidarse, y después ligada (en el doble sentido) al chamán Durek Verret, se percibía que los herederos conservaban una relativa firmeza institucional. La conveniente dolencia de Mette-Marit, una fibrosis aguda que señalaba incluso la urgencia de un trasplante de pulmón, le había proporcionado algo de lástima y la justificación idónea para alejarse del primer plano.
La reputación positiva de la princesa Ingrid Alejandra, sucesora del sucesor, ha calmado el panorama, al igual que la actitud de su progenitor, Haakon, quien se muestra como un individuo formado y tolerante. El soberano Harald, aquejado por múltiples dolencias y su longevidad, no halla el instante oportuno para renunciar al trono, consciente, ciertamente, de que el conflicto de Mette-Marit se encontraba próximo a detonar.
Situación difícil para una institución monárquica que, sin el peso de sus vecinos suecos ni la distinción de otras casas reales, se halla ante lo que ya se considera un escándalo de gran magnitud.
Mette-Marit ya se distanció de Epstein, no obstante, recientemente ha salido a la luz que mantuvo cercanía con un individuo quien, aparte de su relación con ella, estableció conexiones con el ya apartado Andrés de Inglaterra e incluso con la princesa Sofía de Suecia, cónyuge de Carlos Felipe, el hermano menor de Victoria.
El mandatario de Noruega, Jonas Gahr Store, se ha pronunciado alertando sobre la carencia de juicio de la mujer del sucesor real, destinada a ser reina consorte. No parece que ese vaya a ser su porvenir; la población de Noruega ha perdido la paciencia y Mette-Marit no tiene más opción que marcharse antes de su expulsión. Con su presencia, la institución real de Noruega se encuentra bajo amenaza de desaparecer.