
Justo en el instante en que Rosalía desafía las normas.
Los influencers no son un fenómeno reciente. Para los jóvenes, han existido desde los inicios de la humanidad. Los primeros —los auténticos Km 0— son los padres y sus sustitutos: maestros, hermanos mayores, tíos. Son los más determinantes no solo por su cercanía, sino porque su influencia surge de un deseo personalizado. Desean algo para ese hijo o hija específicos. Ese deseo, que implica tiempo y presencia, forja un vínculo duradero.
Luego aparecen las figuras mediáticas: referentes culturales, religiosos o políticos que cada individuo elige según sus preferencias y momentos vitales. Pueden tener un alcance local o internacional. En España, aproximadamente la mitad de los jóvenes declara ver como “amigos” a sus influencers. No obstante, la gran mayoría jamás ha tenido un trato directo con ellos. En este escenario no existe un lazo real, sino una relación unidireccional y fugaz. No actúan ni el físico ni el transcurso del tiempo; lo que manda es la pantalla.

El ascendiente de los primeros es más hondo ya que se basa en una conexión afectiva específica, parcialmente subconsciente. Los segundos no buscan nada determinado para sus seguidores, excepto lucrar con su atención. Sin embargo, esto no aminora su repercusión. Los jóvenes precisan de guías ajenas al entorno familiar para fortalecerse en su “autenticidad”. Y ese rastreo suele integrar algún grado de desobediencia.
Siempre que un influencer utiliza un discurso transgresor, consume alcohol o tabaco retando las convenciones o pone en duda el orden social, personifica una actitud rebelde que su audiencia percibe como genuinidad. Al margen de su propia percepción, se transforma en un modelo de conductas y una guía figurada durante el desarrollo de la identidad.
Por eso la responsabilidad que asumen cuando su audiencia son niños y adolescentes, más fáciles de influir por su necesidad de referencias. Sin embargo, esa influencia es inestable. Aparece y desaparece. Como las espirales del humo de un cigarrillo, puede desvanecerse con rapidez. Las caladas de Rosalía no generarán una epidemia de fumadores; lo que importa más para sus seguidores es su desfachatez y osadía, su talento y su anhelo de vivir.
