Historia medieval

Sant Miquel del Fai, el monasterio benedictino entre riscos a solo una hora de Barcelona

Arquitectura gótica

A partir de una ermita troglodita en la comarca del Vallès Oriental, el conjunto de Sant Miquel del Fai crecería gracias al impulso de un hombre de confianza de Ermessenda de Carcasona

Sant Miquel del Fai abrirá a diario a partir del próximo año

Conjunto monumental de Sant Miquel del Fai, monasterio en el Vallès Oriental

Conjunto monumental de Sant Miquel del Fai, monasterio en el Vallès Oriental

iStock/Getty Images

En el extremo occidental de los Riscos (Cingles, en catalán) de Bertí, unas formaciones rocosas pertenecientes a la cordillera Prelitoral catalana, se halla el valle de Sant Miquel. Sobre él, en un entorno caracterizado por los espectaculares saltos de agua del torrente Rossinyol y el río Tenes, se encuentra el que fuera cenobio benedictino de Sant Miquel del Fai. Un enclave excepcional que aúna patrimonio, naturaleza e historia en la comarca barcelonesa del Vallès Oriental. El monasterio nació de la voluntad de Gombau de Besora (c. 992-1050), el segundo de su linaje y un poderoso noble catalán dueño de buena parte de las tierras de esa comarca.

Fundador y protector

Gombau ocupaba importantes cargos en la corte de los condes de Barcelona, Girona y Osona, Ramon Borrell (972-1017) y Ermessenda de Carcasona (972-1057), y gozaba, especialmente, de la plena confianza de la condesa. De ahí que algunos autores afirmen que fue ella quien cedió los terrenos para la edificación del nuevo monasterio. Sin embargo, la documentación existente acredita que, en 997, fue Ramon Borrell quien vendió las tierras a Gombau como una extensión de sus posesiones en torno al castillo de su propiedad, situado en la localidad de Caldes de Montbui.

Los torrentes de Sant Miquel del Fai
Los torrentes de Sant Miquel del FaiLídia Miranda / Terceros

Poco después, en 1006, ya hay constancia de la existencia de una pequeña comunidad de benedictinos en torno a una ermita puesta bajo la advocación de san Miguel y la autoridad de un abad llamado Guillemund. Parece ser que se trataba únicamente de una iglesia troglodita, es decir, excavada en la montaña, que, pese a sufrir importantes reformas a lo largo de los siglos XVI y XVII, sigue manteniendo su espíritu primitivo de austeridad y penitencia.

Paulatinamente, gracias a las muchas donaciones de Gombau de Besora y de su segunda esposa, Auricia, el eremitorio fue transformándose en un amplio cenobio. No hay que olvidar que tras las fundaciones monacales se escondía la pretensión de sus impulsores de hacerse perdonar sus malas acciones terrenales y acumular méritos para asegurarse la gloria eterna. Un criterio compartido con sus soberanos, que no solo realizaban sus propias fundaciones, sino que apoyaban las de los patricios de sus cortes.

La reputación perdida

No obstante, en 1042, a raíz de las sospechas de corrupción en el seno de la comunidad, Gombau decidió poner el monasterio bajo la obediencia de la abadía de San Víctor de Marsella, también benedictina. Según parece, si bien esto no deja de ser una leyenda, en las inmediaciones del cenobio se hallaba una pequeña comunidad de religiosas, y las relaciones entre ambas congregaciones traspasaban los límites propios de sus respectivos votos de castidad.

En la actualidad, en el lugar en el que se encontraba el monasterio femenino se halla una pequeña balsa conocida como de “les Monges” (las monjas), ya que el edificio que las acogía se derrumbó fulminado por un rayo, que la tradición popular asegura que fue un castigo de la providencia por la mala conducta de las religiosas.

Estanque, el campanario y la Casa Prioral de Sant Miquel del Fai
Estanque, el campanario y la Casa Prioral de Sant Miquel del FaiJosé Córdoba García

Ciertamente, la autoridad moral del monasterio provenzal era indiscutible. Fundado en el siglo V, San Víctor de Marsella fue considerado uno de los pilares fundamentales de la patrística y se benefició de la protección del papado. Tras sufrir en repetidas ocasiones el asalto de piratas musulmanes, acabó convertido en una auténtica fortificación amurallada, por lo que consiguió resistir cualquier ataque por mar o por tierra.

Esta condición le permitía ser garante de una estabilidad que propiciaba el estudio y la discusión teológica, por lo que gozaba de la protección de la diócesis y era referente piadoso de los reyes francos. Fue precisamente su prestigio moral y su saneada economía lo que decidió a Gombau de Besora, bien asesorado por su hermano Oliba, obispo de Elna, a someter Sant Miquel del Fai a la autoridad de la abadía provenzal.

De monasterio a santuario

Bien por las dimensiones arquitectónicas del cenobio, bien por lo aislado de su ubicación o por la distancia que le separaba de San Víctor de Marsella, la comunidad benedictina de Sant Miquel del Fai nunca fue muy numerosa. Es más, jamás llegó a sobrepasar los siete monjes, y hacia 1490 su número se había reducido a cinco.

Tal vez por esa razón, la reforma eclesiástica del siglo XV la desligó de la tutela benedictina. En 1567, el monasterio fue secularizado y pasó a depender directamente de la diócesis de Girona, un cambio de rumbo que conllevó su decadencia definitiva. Por entonces, solo habitaban el cenobio tres monjes, cuya única función era salvaguardar el lugar y mantener en buen estado las edificaciones.

De ahí que fueran trasladados a otras abadías de la orden de San Benito, mientras que el ejercicio del culto en Sant Miquel pasó a manos de sacerdotes beneficiados. Es decir, de aquellos clérigos seculares que recibían una renta por parte de la Iglesia para su sustento. La fórmula, muy frecuente en áreas rurales, obligaba a los beneficiados a celebrar misas diarias y atender a los feligreses en momentos puntuales, pero sin residir en el monasterio o parroquia a la que se les destinaba.

Ante la falta de una comunidad estable, Sant Miquel del Fai se convirtió en un santuario frecuentado por los habitantes de la zona para asistir a los actos litúrgicos, sin la continuidad o las labores que le habían sido propias cuando albergaba una comunidad monástica.

Iglesia del monasterio de Sant Miquel del Fai
Iglesia del monasterio de Sant Miquel del FaiiStock/Getty Images

Finalmente, en 1835, una desamortización hizo que Sant Miquel del Fai pasara a manos privadas, concretamente, a las de los dueños de la masía Torras, ubicada en la cercana población de Sant Quirze Safaja, quienes, desde la partida de los monjes, eran arrendatarios de sus tierras.

En 1949, tras el paréntesis de la Guerra Civil, Sant Miquel del Fai fue catalogado como Monumento de Interés Nacional. Por entonces, el traspaso a manos seculares y los daños ocasionados por la contienda habían conllevado el expolio de buena parte del patrimonio acumulado a lo largo de los siglos y el deterioro de las edificaciones era considerable.

Aun así, algunas de las piezas más valiosas del antiguo monasterio han podido conservarse. Es el caso de una cruz procesional de plata, una pieza excepcional de la orfebrería románica que se conserva en el Museu Diocesà de Barcelona, o de diversas lápidas sepulcrales, sarcófagos y elementos litúrgicos, que demuestran la riqueza que un día tuvo el cenobio. Finalmente, en 2017, la Diputación de Barcelona adquirió las setenta hectáreas de bosque y tierras cultivables que rodean el antiguo monasterio para integrarlas en la red de Parques Naturales de Catalunya.

Un singular conjunto monumental

Pese al abandono y el expolio, el conjunto patrimonial de Sant Miquel del Fai manifiesta todavía la gracia de un pasado que lo reconoció como una de las muestras más características de la austeridad y la mística benedictina. Tras cruzar un puente sobre el Tenes, erigido en el siglo XVI tras la secularización, y una vez superadas las escaleras labradas en 1592 en la propia roca, se accede al que fuera recinto monacal.

El conjunto monumental se compone, principalmente, de la residencia abacial y la iglesia del monasterio. Esta, uno de los mayores templos trogloditas de la península ibérica, se ubica en el interior de una amplia cueva y utiliza como cubierta la propia roca. Al interior se accede a través de una portalada románica, compuesta por arcos de medio punto y rematada por una arquivolta que descansa sobre columnas cuyos capiteles están decorados con motivos vegetales. Bajo la nave se halla una pequeña cripta donde recibieron sepultura algunos de sus abades.

Cueva en el entorno del monasterio de Sant Miquel del Fai
Cueva en el entorno del monasterio de Sant Miquel del FaiiStock/Getty Images

Junto a la iglesia se halla la casa abacial, construida en el siglo XV, que, pese a haber estado destinada durante los siglos XIX y XX a hospedería, conserva sus trazas góticas originales. Sin embargo, el mayor mérito y lo que hace del conjunto un enclave excepcional es su perfecta imbricación con la naturaleza que lo rodea. Son las mismas rocas y las grandes cuevas del lugar –como la de Les Tosques– que dieron abrigo a la pequeña comunidad de monjes que se instalaron allí en el siglo XI, mientras el río Tenes y el torrente Rossinyol les regalaban sus aguas.

Una simbiosis entre patrimonio y naturaleza que hoy sigue presente y se manifiesta al contemplar la casa abacial, que parece suspendida sobre el abismo mientras, a sus pies, se desploma la espectacular cascada del Rossinyol. Una muestra que, junto al vecino y no menos espectacular salto de agua del río Tenes, ejemplifica la estrecha unión entre historia, arte y naturaleza de Sant Miquel del Fai.