Historia antigua

Trump, Maduro y los desfiles romanos de quienes resultaron vencidos.

Antigua Roma

En esa captura inicial que se difundió del mandatario venezolano bajo arresto, hubo quienes identificaron un “triunfo”, el trayecto humillante que se preparaba en Roma para los adversarios derrotados.

Un triunfo romano, c.1630. Obra en la colección de la National Gallery, Londres

Un triunfo romano, c.1630. Obra en la colección de la National Gallery, Londres

Fine Art Images/Heritage Images/Getty Images

Se nota una organización fílmica meticulosa, en la cual los lentes enfocan con precisión como si el cineasta de western John Ford los hubiese colocado, junto a una estética aficionada que recuerda a la prensa de antaño y a las plataformas digitales que representan el principal instrumento de difusión masiva. De esta manera contemplamos a quien fuera mandatario de Venezuela Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, arribando a Estados Unidos, con grilletes, vistiendo un conjunto deportivo Nike, sandalias y medias blancas, rodeados por oficiales de la DEA para ser mostrados posteriormente bajo una iconografía delictiva firmemente construida.

Un deshonor público destinado al ensalzamiento de la entidad que lo organiza, evidenciando la fuerza de quien saca de su hogar a un mandatario para transformarlo en preso, sirviendo simultáneamente de advertencia para opositores. Un escarnio que nos remite a periodos antiguos donde los líderes derrotados eran exhibidos como botín de guerra por el triunfador. Esas eras carentes de normativa global en las que dominaba el derecho del más poderoso y a las cuales nos aterra tanto volver.

Los desfiles de la victoria

La antigüedad se encuentra llena de marchas humillantes destinadas a los vencidos. Los asirios mostraban una gran ferocidad al forzar a la nobleza sometida a marchar cargando con los restos decapitados de sus jefes. De acuerdo con un grabado resguardado en el Museo Británico que relata las hazañas del monarca Asarhaddón: “Para mostrar al pueblo el poder de Assur, mi señor, colgué las cabezas en los cuellos de sus nobles y desfilé por las plazas de Nínive con cantores y liras”.

Se halla un testimonio adicional de la cruenta soberbia patriótica de los asirios tallada en el bajorrelieve de la Estela de la Victoria de Asarhaddón, donde dicho monarca sostiene un par de sogas que acaban en ganchos que atraviesan las bocas de respectivos cautivos postrados ante él como canes: dos mandatarios que anteriormente fueron adversarios.

En el antiguo Egipto también eran dados a festejar victorias atroces en las que el faraón contaba las manos derechas de los enemigos abatidos que le ofrendaba su ejército y pisoteaba a los supervivientes. Una práctica que siglos después recuperó el Imperio bizantino con el calcatio colli, ceremonia en la que el emperador se sentaba durante horas pisando el cuello de los enemigos que después serían decapitados.

El triunfo romano

Sin embargo, el modelo de las procesiones de victoria donde se conducía al enemigo vivo para doblegarlo fue fijado por los triumphus romanos. De este acto civil y religioso surge la palabra que define los éxitos logrados: “triunfo”, una distinción a la que no todos los generales triunfantes podían optar.

El enfrentamiento tendría que haber resultado verdaderamente magnífico para ser digno de las galas del triumphus. “Antes se decía que debía haber matado a 5.000 o, incluso, 10.000 enemigos en la batalla, pero las cifras en la Edad Antigua hay que tomarlas con pinzas, porque un ejército tan grande era difícil de mantener en aquel tiempo. Lo que sí queda claro es que se exigía una victoria impresionante”, indica Paco Álvarez, especialista en historia, comunicador y creador de Julio César Imperator en Hispania (Licurgo, 2025).

“De hecho, el triunfo era una institución muy democrática, porque eran los soldados quienes, una vez ganada la batalla, proclamaban a su general imperator, que es algo así, para que nos entendamos, como si le dijeran: ‘torero, lo has hecho muy bien’. De eso toman nota los demás legados de la legión y se concede el derecho al triunfo en Roma”, añade Álvarez.

La victoria constituía un acto verdaderamente espléndido, el cual excedía lo que se espera de una parada castrense. Los vencidos encabezaban la procesión. “Era una tradición importante, porque la mejor forma de demostrar la sumisión total de un país era llevando a la capital a su máximo representante”, señala David Hernández de la Fuente, profesor de Filología Griega en la Universidad Complutense de Madrid y coautor de Breve historia política del mundo antiguo (Guillermo Escolar, 2017). Caminaban sujetos por cadenas, vistiendo ropajes lujosos que evidenciaban la importancia del prisionero y a veces portando un pequeño letrero para que el gentío reconociera al sometido.

El rey Perseo de Macedonia fue llevado a Roma para el triunfo del romano Emilio Paulo
El monarca Perseo de Macedonia fue trasladado a Roma para la celebración de la victoria del romano Emilio Paulo.Dominio público

Posteriormente se mostraba el imperator en su carroza y escoltado por su gente. “Podían ser otros generales, amigos e, incluso, está documentado que alguno de ellos fue acompañado por sus hijos pequeños”, señala Álvarez. El triunfador se veía ataviado para la ceremonia: “Era tratado como si fuera Júpiter y por ello se vestía y se pintaba como si fuera una estatua del dios”.

Más adelante, diversos representantes del senado y magistrados, junto con una delegación del ejército, quienes portaban, en aquel entonces, flores y exhibían guirnaldas de laurel o palmas de la victoria. No despertaban tanto interés como el botín capturado, el metal dorado, la plata o las alhajas, ya que en esos tiempos aún no se mencionaban los barriles de petróleo.

Un espectáculo para el pueblo

A los romanos les encantaban estos festejos, los cuales se extendían por diversas jornadas, durante las cuales el general financiaba una comida multitudinaria para la gente junto a otra, de carácter privado, destinada a los generales, senadores y allegados. El otro punto de interés principal consistía en las escenificaciones, modelos o funciones que relataban el combate. Asimismo, a veces, el imperator tenía la posibilidad de ofrecer sin coste funciones de gladiadores. Todo este despliegue poseía un inmenso valor publicitario: “Incluso los esclavos se enorgullecían de pertenecer al lugar donde residían los poderosos”, según relata Álvarez.

El triumphus representaba, al mismo tiempo, una maniobra política, puesto que la mayoría de los imperator acababan por ser cónsules. En cualquier caso, conviene señalar, tal como indica Álvarez, que desde el año 19 a. C. Los generales tienen vetado ser designados imperator, pues dicha prerrogativa se destina únicamente al césar y sus allegados. El “plebeyo” final que festejó la victoria era gaditano, proveniente de Gades. Lucio Cornelio Balbo el Menor alcanzó Tombuctú y venció a los garamantes del norte de África, erigiéndose como el primer imperator que no nació en Italia. Y el último que no poseía sangre azul.

El destino de los vencidos

¿Cuál era el destino de los vencidos tras marchar vestidos con sus trajes más lujosos y cargando grilletes? De acuerdo con Hernández de la Fuente, resulta imposible establecer una norma común: “Muchos eran ejecutados, otros eran encarcelados, pero había algunos que podían llegar a vivir toda su vida como cautivos o incluso como invitados en la corte; hay un poco de todo”.

Los ajusticiamientos jamás se realizaban a la vista de todos; tenían lugar dentro del tullianum, un tipo de fosa que contaba con dos niveles. En la parte de arriba, el ejecutor asfixiaba al sentenciado para luego arrojarlo a la zona de abajo. “No había ceremonia, era un trámite”, aclara Álvarez.

Un motivo principal por el cual Cleopatra echó mano del veneno decidió morir consistió, puntualmente, en evitar la deshonra de ser exhibida con grilletes por las vías de Roma como un trofeo de su enemigo, Octavio, quien se transformaría en el mandatario inicial romano con la identidad de César Augusto.

“A Augusto le hubiera encantado llevarse a Cleopatra en el triunfo; sin embargo ella se adelantó con su suicidio en Alejandría. El vencido optaba por el suicidio porque era una manera de evitar la humillación de ser expuesto en el triunfo de un general o de ser hecho prisionero”, comenta Hernández de la Fuente.

Suicidio de Cleopatra
Suicidio de CleopatraTerceros

El triunfador de la batalla de Accio (31 a. C.) “Tuvo que conformarse con exhibir dos figuras que representaban a Cleopatra y Marco Antonio momificados, porque el rito funerario de los egipcios era considerado de bárbaros por los romanos, quienes incineraban a los fallecidos”, explica Álvarez. La imagen de Cleopatra mostraba una serpiente enroscada en el brazo.

Quienes no evitaron el desfile degradante detrás de la efigie de su difunta progenitora resultaron ser los descendientes procreados con Marco Antonio –Cesarión, el vástago de Julio César, fue ejecutado bajo el mandato de Octavio con el fin de no obstaculizar sus pretensiones al poder–: los mellizos Alejandro Helios y Cleopatra Selene junto a Ptolomeo Filadelfo.

Sin embargo, en aquel momento, el escarnio resultó contraproducente: la estampa de los menores atados detrás de una efigie de sus progenitores fallecidos no se percibió como un despliegue de fuerza, sino como una brutalidad gratuita. De forma llamativa, Octavia la Menor, la cónyuge legal de Marco Antonio a la que él dejó por Cleopatra, se encargó de criar a los infantes con su propia descendencia, dándoles un trato propio de la estirpe monárquica. Aquella era una costumbre frecuente, cuya finalidad consistía en “romanizar” a los descendientes de los adversarios.

Una de las muestras más logradas de integración romana ocurrió durante la victoria mencionada anteriormente. Un pequeño diferente, Juba II, formó parte del desfile luego de la caída de su progenitor, un monarca bereber de Numidia, quien igualmente eligió quitarse la vida para eludir la vergüenza. La refinada formación que obtuvo lo transformó en un autor culto respetado por su vasto conocimiento. Dejó atrás su condición de descendiente de un adversario para ser un ciudadano romano ejemplar, recibiendo como recompensa el trono de Mauritania. Esta función la desempeñó junto a su cónyuge, Cleopatra Selene, esa joven que, al igual que él, fue exhibida como botín bélico.

Otros absueltos

Aparentemente tampoco finalizó en el tullianum la insumisa Zenobia, soberana de Palmira, si bien la tradición relata que necesitó auxilio para transportar sus grilletes de oro. “En el siglo III desafió el poder de Roma y casi se independizó hasta que el emperador Aureliano pudo someterla. La llevó en triunfo a Roma y luego perdemos su pista, aunque seguramente se quedó en la corte de Roma”, comenta Hernández de la Fuente.

Una situación notable adicional involucró a Carataco, monarca de los catuvellaunos de Britania, quien participó en un desfile triunfal en 51 d. C. Frente a Claudio. Según ciertos relatos, durante su alocución ante el Senado, lejos de rogar por su existencia, exhibió una entereza que impactó al césar, el cual optó por perdonarle la vida. Un relato distinto sostiene que efectivamente suplicó por su salvación hasta lograr sensibilizar al generoso Claudio.

Rendición del galo Vercingétorix a las tropas de Julio César por Henri Motte
Rendición del galo Vercingétorix a las tropas de Julio César por Henri MottePhoto Josse/Leemage

“Si la guerra tenía visos de prolongarse, se quedaban con líder o con sus hijos como rehenes para forzar a su familia o a su bando a negociar. Por eso era muy importante capturar vivo al adversario”, indica Hernández de la Fuente. El hospedaje de los prisioneros era suntuoso con el propósito específico de que conocieran los beneficios de la existencia romana y desecharan sus impulsos de rebelión.

Era frecuente que se otorgara clemencia a los militares tras la muerte de su dirigente, tal como se vio con los insurgentes galos. Su guía, Vercingétorix, permaneció a la espera seis años hasta que Julio César volvió de sus variados combates y los mostró como botín en su desfile de 46 a. C. Él acabó siendo el único que entregó su vida por haber desafiado a los romanos.

La capacidad de evidenciar al oponente.

La suerte de quienes perdían estaba ligada a la visión política que ejercían los triunfadores. Si bien los asirios, a modo de ilustración, ejecutaban estrategias de pánico deliberado, los romanos se decantaban por la romanización. Los sucesos recientes evidencian que la utilidad mediática de exhibir el botín obtenido continúa generando una fuerte repercusión. “Seguimos mirándonos en el espejo de Roma. El capitolio, los diputados, los senadores… estamos modelados por la historia antigua y hablamos de imperios para referirnos a la superpotencia dominante, que es Estados Unidos”, sugiere Hernández de la Fuente.

En cualquier caso, tal como indica Paco Álvarez: “Aunque la imagen de Maduro capturado nos haga pensar en el triunfo romano, parece que la intención es dar una prueba de vida, mientras que lo otro era presumir. Un auténtico triunfo hubiera sido que Maduro desfilara y Trump le siguiera con una limusina. En ese sentido, ahora somos un poco más civilizados”, comenta con ironía.

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