Historia antigua

Las piezas de escultura de procedencia íbera que el Louvre custodió y que actualmente se exhiben en Madrid.

Exposición

La exposición ‘Diálogos de escultura ibérica’ congrega de manera excepcional en España diez obras ibéricas de gran trascendencia custodiadas en París desde finales del siglo XIX.

Esfinges de Agost (Louvre y MAN)

Esfinges de Agost (Louvre y MAN)

Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso

El 21 de diciembre de 1940, en momentos en que Europa sufría los estragos de la Segunda Guerra Mundial y con París ocupada por la Alemania nazi, se concluyó en la capital francesa un trato que guardaba escasa relación con la lucha que asolaba el territorio. Apartados de las típicas gestiones diplomáticas o castrenses de entonces, enviados de los regímenes de Franco y del mariscal Pétain sellaron un compromiso que permitía el retorno a España de una serie magnífica de tesoros artísticos y arqueológicos, destacando un conjunto primordial de restos de la cultura ibérica. La Dama de Elche se incluía en dicho grupo.

El embajador alemán en Madrid, Hans-Heinrich Dieckhoff (segundo a la izquierda) y el ministro español de Educación José Ibáñez Martín (primero a la izquierda) contemplan la Dama de Elche en el Museo del Prado, en 1944
El delegado alemán en Madrid, Hans-Heinrich Dieckhoff (el segundo desde la izquierda), junto al titular hispano de Educación José Ibáñez Martín (el primero a la izquierda) contemplan la Dama de Elche dentro del Museo del Prado en el transcurso de 1944.Dominio público

Sin embargo, ¿cuál era el motivo de que estuvieran en Francia piezas tan significativas de la crónica peninsular? Para resolver esta duda hay que retroceder hasta la segunda mitad del siglo XIX, momento en que España no contaba con normas que ampararan su patrimonio nacional. Fue en ese tiempo cuando se empezaron a explorar múltiples yacimientos ibéricos en diversos puntos de la geografía peninsular.

Allí se localizaron numerosos objetos propios de una civilización que en esa época resultaba todavía bastante ignorada. Su carácter único atrajo la atención particular de hispanistas y arqueólogos franceses, los cuales, contando con el respaldo de su gobierno, obtuvieron y enviaron a su nación varias de las piezas de mayor valor.

El interés por esta civilización en la Francia de comienzos del siglo XX fue tan intenso que el mismo Museo del Louvre, donde se resguardó una fracción importante de las mismas, abrió en 1904 una estancia particular dedicada al arte ibérico.

Durante 1941 arribaron a nuestra nación 36 contenedores provenientes del Louvre que albergaban piezas de gran importancia. No obstante, el convenio suscrito el ejercicio previo no garantizaba la devolución de la totalidad de los objetos que habían partido tiempo atrás. Realmente, hoy en día todavía se encuentran en el acervo francés “321 esculturas, bronces y cerámicas” de la civilización ibérica, tal como comenta a Historia y Vida Alicia Rodero, conservadora jefe del departamento de Protohistoria y Colonizaciones del Museo Arqueológico Nacional.

Diez piezas del Louvre se exhiben por primera vez en Madrid.

En la actualidad, y hasta el venidero 10 de mayo, la exhibición ‘Diálogos de escultura ibérica. El Museo del Louvre en el Museo Arqueológico Nacional’ brinda una posibilidad magnífica para apreciar en el recinto español diez de esas piezas que no habían vuelto a nuestro territorio. Mostradas en interacción con otros trabajos similares del fondo del Museo Arqueológico, la elección de los elementos sigue una pauta sumamente básica, confiesa Rodero, quien funge también como una de las organizadoras de la muestra. “Las que han venido son las más importantes”, manifiesta con seguridad.

La muestra facilita que diversas series, pares y agrupaciones de esculturas vuelvan a coincidir en un solo espacio, un suceso inédito desde su presentación en París hace prácticamente cien años. Dicho encuentro ofrece la posibilidad de alcanzar una perspectiva bastante más integral sobre una de las manifestaciones creativas más destacadas de la protohistoria de la península: la estatuaria ibérica tallada en piedra.

Presentación de la exposición ‘Diálogos de escultura ibérica. El Museo del Louvre en el Museo Arqueológico Nacional’
Apertura de la exposición ‘Diálogos de escultura ibérica. El Museo del Louvre en el Museo Arqueológico Nacional’Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso

Según señala Rodero, la importancia de esta muestra resulta dual para los expertos. En primer lugar, representa un entorno privilegiado para la investigación comparada y el examen de piezas que han estado distanciadas por mucho tiempo. Simultáneamente, la responsable de la muestra suma un aspecto más complejo de cuantificar, aunque igualmente significativo, la asombrosa “emoción por verlas juntas”.

Los objetos que conforman la muestra derivan de diversas excavaciones ejecutadas a finales del siglo XIX y comienzos del XX en los sitios de Cerro de los Santos (Albacete), Osuna (Sevilla), el Llano de la Consolación (Montealegre del Castillo, Albacete) o Agost (Alicante). Los descubrimientos logrados en estos puntos fueron fundamentales para construir la noción de lo que suele definirse como “la primera gran cultura peninsular que desarrolla la escultura como arte”, indica Rodero.

Y es justamente en esa utilización deliberada de la estatuaria donde reside su relevancia. En la destreza de estas sociedades prerromanas para emplear la escultura “como expresión de un diálogo entre vivos y muertos; un diálogo entre humanos y divinidades, en ocasiones ayudados por los seres fantásticos”, señala la especialista.

El análisis de estas piezas manifiesta una situación intrincada, ligada a distintas civilizaciones de la época. Durante el periodo de los siglos VI al II a. C., Rodero aclara a Historia y Vida, “existía un importante comercio en rutas del Mediterráneo”. Tomando esto como base, añade, “se intercambiaban enseres, objetos de prestigio, materias primas o ideas con Grecia o con Cartago, por ejemplo”.

Acompañantes en el recorrido que transcurre entre la vida y el deceso

El valor de los objetos congregados mediante el trabajo conjunto del Louvre y el MAN es evidente. Es sumamente atractivo examinarlos para comprender las ceremonias de las culturas ibéricas y su vínculo con el fallecimiento. Ciertamente, el origen de la civilización ibérica durante el siglo VI a. C. Está estrechamente ligado a doctrinas inéditas que se expresan en prácticas como la incineración de los restos mortales. En esos cementerios que se exploraron centurias más tarde, se hallaban sepultados los restos calcinados, los tributos y las pertenencias individuales de los fallecidos.

En ese punto de transición entre la existencia y el deceso surgen unas criaturas mixtas, con fisonomía humana y animal, que funcionan como escoltas del difunto hacia el otro mundo y guardianes de sus sepulcros. De entre estas figuras sobresalen las esfinges, que se hallan de igual modo en distintas civilizaciones antiguas, como la egipcia o la de Oriente Próximo. Tal como se aprecia en la muestra del Museo Arqueológico Nacional, dichas representaciones se encuentran también en la cultura ibérica.

Esfinges de El Salobral (Louvre y MAN)
Esfinges de El Salobral (Louvre y MAN)Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso

Durante 1901 se descubrieron en el yacimiento del Salobral un par de esfinges que actualmente interactúan en el museo madrileño, de las cuales una proviene del Louvre y la otra de los fondos del Arqueológico. Diseñadas posiblemente como un conjunto coordinado, las evidencias sugieren que debieron integrar algún tipo de monumento sepulcral. En dichas figuras sobresale la relevancia dada a su fisonomía de león, especialmente en su robusto cuello y sus prolongadas garras.

Asimismo, se juntan por ocasión inicial dos esfinges halladas en 1893 en el enclave de Agost, en Alicante. En este ejemplo no da la sensación de que integrasen un par, dado que ambas están dirigidas hacia la izquierda. Al provenir una de ellas igualmente de los fondos del Louvre, mantienen alas extensas, fisonomía de león y muestran una clara impronta griega.

Entre la guerra y la muerte

Las ceremonias de entierro se reflejan igualmente en diversas piezas obtenidas durante las prospecciones efectuadas en el enclave de Osuna a comienzos de la centuria XX. Las tallas pétreas de un par de combatientes noveles cedidas por el Louvre encajan idealmente con las piezas custodiadas en el fondo estable del MAN, enriqueciendo la perspectiva sobre los desfiles sagrados concebidos aproximadamente entre los siglos III y II a. C. Estas figuras escenifican actos de sacrificio y lucha destinados a rendir tributo a la persona fallecida.

De Osuna provienen también cuatro obras sumamente distintas de las precedentes, dos toros y dos carneros que se descubrieron cerca de las murallas de la población y que se sitúan cronológicamente entre los siglos IV a. C. Y II a. C. Cincelados en un sillar de piedra caliza, seguramente formaron parte de edificaciones monumentales que hoy en día son complejas de determinar.

Toros de Osuna (Louvre y MAN)
Toros de Osuna (Louvre y MAN)Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso

Las piezas hurtadas que motivaron la creatividad y pertenecieron al joven Picasso.

Por otro lado, resultaría inapropiado ignorar la existencia de bustos de personas esculpidos en piedra dentro de la cultura ibérica. En el acervo del Louvre sobresale un rostro de hombre descubierto durante las excavaciones en el asentamiento de El Llano de la Consolación, pieza que fue comprada y enviada a la institución de París en el año 1891. 

Si existen un par de obras que captan un interés particular dentro de la actual exposición, se trata de un busto de mujer y otro de hombre hallados en el recinto sagrado del Cerro de los Santos. Esto se debe, sin duda, a su relevancia artística e histórica. No obstante, destaca principalmente el relato que las acompaña a partir de su arribo a París.

Cabezas Cerro de los Santos (Louvre y MAN)
Cabezas Cerro de los Santos (Louvre y MAN)Museo Arqueológico Nacional. Foto: Alejandro Rubio Grueso

Previamente mencionamos el gran interés que el arte ibérico generó hacia el cierre de la centuria XIX dentro del ámbito de la arqueología. Dicho entusiasmo alcanzó igualmente a los grupos de la vanguardia artística, quienes hallaron un estímulo creativo en la reciente galería ibérica del Museo del Louvre. De hecho, un individuo estrechamente vinculado a esos sectores innovadores, Géry Piéret, asistente del autor Guillaume Apollinaire, sustrajo estas piezas escultóricas del interior del espacio ibérico en el museo parisino.

Al poco tiempo de la sustracción, Piéret se las presentó a Pablo Picasso, quien se hizo con la cabeza de mujer. El ayudante de Apollinaire, por su cuenta, entregó la restante al malagueño. Ambas piezas pasaron a integrar el fondo personal de un autor que atravesaba un ciclo de gran ingenio y búsqueda estética. El rastro de la cultura ibérica se percibe claramente en variadas producciones de este tiempo. Solo hace falta fijarse en Las señoritas de Avignon para verificarlo. En los trabajos del joven Picasso de esos años se aprecian detalles como orejas de gran tamaño, párpados resaltados o los toscos mechones de pelo que se observan en los ejemplares del Louvre.

Regresemos a la actualidad. Esta muestra representa una ocasión excepcional para descubrir las principales piezas magistrales de una expresión artística escasamente difundida fuera de la Dama de Elche. Y afirmamos que es irrepetible con total seguridad. Desde Historia y Vida consultamos a Alicia Rodero sobre la posibilidad de futuras colaboraciones institucionales o el traslado de algún objeto del catálogo nacional hacia París. Su contestación resulta tajante: “De momento, no”. Por lo tanto, actualmente, disponemos únicamente hasta el 10 de mayo para aprovechar lo que constituye, insistimos, una vivencia inigualable.

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