Historia contemporánea

El petróleo de La Lora, fracaso de un sueño de riqueza nacido en pleno desarrollismo franquista

Pozos de ambición

En 2017, después de medio siglo de actividad durante la que se extrajeron 17 millones de barriles, cerró en La Lora (Burgos) el único campo de petróleo de la península

Operarios en las prospecciones petrolíferas en Valdeajos de Lora, junio de 1964

Operarios en las prospecciones petrolíferas en Valdeajos de Lora, junio de 1964

EFE/Jacinto Maillo/aa

En el páramo de La Lora, al norte de la provincia de Burgos, el reloj se detuvo a las 11:45 de un día ventoso. Aquel 6 de junio de 1964, un chorro de crudo de casi treinta metros brotó del suelo y empapó los campos de trigo y cebada de alrededor. Tras el hallazgo del tesoro, los responsables de la prospección acudieron rápidamente al puesto de teléfono y llamaron a Madrid para comunicarlo con un sencillo mensaje: “Éxito”.

El primero de los pozos del campo de petróleo de Ayoluengo era el sondeo número 149 que se realizaba en el país desde 1941, cuando se empezaron a llevar registros. Los técnicos habían levantado una torre de cincuenta metros a principios de abril, y un mes después comenzaron a taladrar la tierra con el objetivo de descender hasta los 3.500 metros de profundidad, donde se encontraban los sedimentos del período Cretácico. Pero cuando la sarta de perforación, ese conjunto de tuberías con una inmensa broca en su extremo, traspasó los 1.348 metros, el crudo brotó con fuerza. Los vecinos de Valdeajos, uno de los pueblos de Sargentes de la Lora, afirmaban que se habían derramado 50.000 litros en la media hora en la que se tardó en taponar el pozo, aunque se acabó estimando en diez veces menos.

Apertura del pozo Ayoluengo III en el yacimiento petrolífero de La Lora. Valdeajos de Lora, agosto de 1964
Apertura del pozo Ayoluengo III en el yacimiento petrolífero de La Lora. Valdeajos de Lora, agosto de 1964EFE/yv

Según la Compañía Arrendataria del Monopolio de Petróleos (Campsa), que tenía el monopolio de explotación de hidrocarburos en España desde 1927, aquel descubrimiento era el primero en “cantidad apreciable” en territorio nacional. Miguel Delibes escribió entonces a su editor diciendo que se había encontrado petróleo “a dos pasos” del refugio en el que pasaba temporadas. “Si se confirma el hallazgo –continuaba–, ¡adiós truchas y adiós tranquilidad!”. Delibes no se equivocaba: a la apertura del primer pozo, con el consiguiente trajín de operarios y maquinaria, le siguieron varias decenas de pozos más en la formación Purbeck (depósitos de origen lacustre entre el Jurásico superior y el Cretácico inferior), que entraron en funcionamiento en febrero de 1967.

La explotación del campo petrolífero se había concedido, por un período de cincuenta años, a Amospain, una empresa en la que la mitad de la participación pertenecía a Campsa y la otra mitad a Texaco y Standard Oil Company of California, como anunciaba el Boletín Oficial del Estado. La orden, publicada el 31 de enero de 1967, mencionaba “la existencia de hidrocarburos en cantidades comerciales” y la “capacidad técnica y financiera” de la empresa. Así, con los primeros treinta y dos pozos abiertos y unas reservas estimadas en diez millones de barriles, la industria del petróleo arrancó su aventura en La Lora para revitalizar una comarca que perdía población a marchas forzadas.

Retos técnicos

El primer rastro de la industria del petróleo en Burgos se remonta a 1866, cuando se otorgó la concesión del yacimiento El Progreso, situado en Hoya de Huidrobo, a apenas 18 kilómetros de Sargentes de la Lora. En aquella ocasión se intentaron destilar piedras areniscas impregnadas de petróleo, cuya presencia superficial atrajo la atención, pero la decantación artesanal, un proceso en el que se calentaban las arenas con agua y se quedaba flotando el petróleo, no resultaba rentable. En 1900, sin embargo, se perforaron dos pozos en Huidrobo, y, aunque se hallaron indicios de petróleo, la cantidad estimada no justificaba la inversión. Dos décadas después, se siguieron perforando pozos en Ozana, Cubillos del Rojo, Basconcillos del Tozo y Robredo-Ahedo, siguiendo la anhelada pista de una mayor cantidad de crudo.

Las primeras prospecciones en profundidad, sin embargo, aún estaban por llegar tras el parón provocado por la Guerra Civil. Al finalizar la contienda, Campsa llegó al cercano Valle de Zamanzas, manteniendo su decisión para hallar, por fin, yacimientos en grandes cantidades. Según los antiguos estudios geológicos, en Burgos había petróleo, así que en 1944 se declaró Reserva Petrolífera a favor del Estado una extensa área de la provincia. El objetivo estaba cada vez más cerca.

La Lora es un árido páramo, reconocido como geoparque por la Unesco, que estuvo cubierto de agua hace 180 millones de años. Durante miles de años, ese inmenso océano fue depositando la materia orgánica que dio lugar a una roca madre de petróleo, que Amospain comenzó a explotar gracias a la Ley sobre Régimen Jurídico de la Investigación y Explotación de Hidrocarburos de 1958. La norma impulsó la creación de aquel consorcio cuyo objetivo consistiría en buscar petróleo con fuerzas renovadas. Esa apertura a la inversión extranjera suponía incorporar tecnología más avanzada para hacer prospecciones que, hasta entonces, desafiaban sus capacidades, permitiendo localizar petróleo en el anticlinal (pliegue convexo de la corteza terrestre) de Ayoluengo.

Poca calidad

Cuando se comenzó a explorar el futuro campo petrolífero, los técnicos se encontraron con la complejidad del terreno. El crudo estaba almacenado en más de cuarenta capas de arenas lenticulares de entre dos y tres metros de espesor, entremezcladas con capas de arcillas y localizadas entre los 800 y los 1.500 metros de profundidad. Esa estructura de capas compartimentadas complicaba su extracción, por lo que se hizo necesaria la apertura de muchos pozos. La independencia de los trescientos almacenes de petróleo se confirmó durante el último sondeo, realizado en 1991, al comprobar que la presión de la bolsa se mantenía intacta. Esa característica, de hecho, fue la que hizo que su producción fuera natural, aunque, si la presión disminuía por la pérdida de gas en el pozo, se empleaban las bombas de balancín, o “caballitos”.

Trabajos de prospección petrolífera en Valdeajos de Lora tras el éxito del pozo Ayoluengo I. Junio de 1964
Trabajos de prospección petrolífera en Valdeajos de Lora tras el éxito del pozo Ayoluengo I. Junio de 1964EFE/Jacinto Maillo/aa

Las complejidades técnicas, además de hallarse en los motores de los balancines propulsados por el gas del propio yacimiento, se encontraban en todo el entramado industrial, que trataba hasta cinco mil barriles de fluidos al día. En La Lora había tuberías y tecnología capaz de separar el gas y el agua que estaban mezclados con el crudo, tanques para almacenar hasta veinte mil barriles de petróleo, una central eléctrica que se abrió en los años ochenta para aprovechar el gas del yacimiento o una terminal de carga a los pies de la carretera entre Santander y Burgos, conectada por una tubería de once kilómetros con los pozos.

El petróleo que cargaban los camiones, sin embargo, nunca fue de gran calidad. Los análisis pronto demostraron que contenía un porcentaje elevado de parafina y arsénico, y poco azufre. Su alto contenido en vanadio, detectado en los análisis de la refinería de Escombreras (Murcia), además, lo hacía inviable para refinar, ya que estropeaba los catalizadores. Su destino fue servir como combustible industrial de empresas de Cantabria o el País Vasco.

Propaganda y autarquía

El descubrimiento de petróleo en La Lora fue usado por el gobierno franquista para consolidar su rumbo económico. El 1 de enero de 1964, se había presentado el primer Plan de Desarrollo Industrial, tras inaugurar el desarrollismo con el Plan de Estabilización de 1959. España salía de su autarquía, que había limitado su expansión económica y provocado serios problemas con el abastecimiento de combustible.

Aquel hallazgo aliviaría la dependencia crónica, incluida la causada por el breve embargo de petróleo a España por parte de Estados Unidos en plena Segunda Guerra Mundial. José Luis Arrese, consejero de Campsa, dijo a Guyana Guardian que hallar petróleo en La Lora era “el mejor regalo que Dios puede hacer a España y al Caudillo al cumplirse los XXV años de paz”. Y esa independencia sería el mayor beneficio en un país que recordaba la escasez de gasolina de los años cuarenta, cuando se llegó a racionar el combustible y se vaciaron las ciudades de coches, se recomendó el uso de gasógeno, se volvieron habituales los cortes de luz y se ordenó el descenso del consumo en lugares públicos.

No es extraño que, al hallazgo de petróleo, le siguieran una infinita sucesión de noticias que respondían más a deseos del régimen que a la realidad. Miguel Delibes ya lo advirtió en “Un árbol en el páramo”, artículo publicado en Guyana Guardian dos semanas después del ansiado anuncio: “El tiempo nos dirá en qué queda todo esto; si el páramo de La Lora se despetroleó del todo con este pinito o si aún queda petróleo en sus entrañas para dar y tomar”.

Los técnicos también se mostraban cautos, por mucho que subieran las acciones de Campsa en la Bolsa y de que los reporteros trataran de sacarles declaraciones huecas. El ingeniero Ruperto Sanz y Sanz, jefe de prospecciones de esa compañía, se mostraba prudente en una entrevista en ABC el 12 de agosto, mientras que Mr. Godfre, ingeniero jefe de los sondeos de la American Overseas Petroleum Limited, explicó que las indicaciones eran buenas, pero que no era “posible decir nada más”. Diario de Burgos también se hizo eco de esa prudencia al afirmar que los técnicos “no han perdido la cabeza” y que “no conviene desorbitar con exceso algo que la propia realidad se encargará de dejar en sus propios límites”.

Valdeajos de La Lora, junio de 1964. Un guardia civil sostiene un pitillo junto al cartel que prohibe fumar en una zona de prospecciones petrolíferas
Valdeajos de La Lora, junio de 1964. Un guardia civil sostiene un pitillo junto al cartel que prohibe fumar en una zona de prospecciones petrolíferasAlbum / Archivo ABC

Los vecinos, por si acaso, siguieron cultivando patatas y criando ovejas en ese gélido páramo situado a mil metros de altitud, aunque la prensa, desde Hola hasta la satírica La Codorniz, se subieran a la ola de alegría. La Voz de Castilla señaló el 7 de junio que “todos los síntomas permiten albergar la esperanza de que se trata de un yacimiento importante”. El Alcázar, por su parte, tituló el 8 de junio de 1964: “Este páramo puede convertirse en el Oklahoma español”. Al día siguiente, Diario de Burgos recogió las declaraciones del director general de Minas: “Ya se puede hablar de petróleo de gran calidad”. 

Hubo advertencias, como la que El Alcázar realizó para tratar de evitar un “optimismo exagerado”, aunque las publicaciones siguieron su curso y ofreciendo, a bombo y platillo, las bondades del páramo, como Sábado Gráfico, que una semana después dedicó un importante despliegue precedido de un enorme “¡ORO NEGRO!”. Un reportaje del NO-DO titulado Petróleo a la vista, envuelto en un lenguaje hiperbólico, subrayaba que el petróleo era de “excelente calidad”.

Los mensajes optimistas no cesaron, y, durante los dos años y medio que transcurrieron entre el descubrimiento del petróleo y su explotación, se siguió avivando la promesa del petróleo al punto de que un periódico alicantino, ya en septiembre de 1967, afirmó que las noticias desde La Lora cada día eran mejores. La agencia de prensa Cifra estimó en 200 millones de dólares el petróleo del subsuelo. Todo servía para reflotar la esperanza.

Un lento declive

Quiso el destino que, en plena fiebre en La Lora, se emitiera en España Los nuevos ricos, una serie estadounidense en la que un hombre hallaba petróleo en Misuri y se mudaba con su familia a California, convertido en multimillonario, sin abandonar sus maneras rústicas. La serie se convirtió en un espejo para una comarca que, entre 1960 y 1980, perdió tres cuartas partes de su población.

En torno al hallazgo, hubo voces que afirmaron que Ayoluengo-1, el primero de los pozos, daría 80.000 litros diarios, aunque finalmente se extrajeron 85 barriles al día, unos 13.500 litros. El fin de la explotación llegó en 2017 tras una larga agonía, ya que la producción durante sus dos últimas décadas superaba ligeramente los cien barriles, un 0,01% del consumo diario en España.

El 6 de junio de 1964 se anunció el descubrimiento de un yacimiento de petróleo en el Páramo de La Lora. En la fotografía, el snack-bar “El rey del petróleo”, en Valdeajos de La Lora
El 6 de junio de 1964 se anunció el descubrimiento de un yacimiento de petróleo en el Páramo de La Lora. En la fotografía, el snack-bar “El rey del petróleo”, en Valdeajos de La LoraAlbum / Archivo ABC / Enrique Ribas

Los 17 millones de barriles que han salido de La Lora en medio siglo han sido muy desiguales. El año de máxima producción fue 1969, cuando se extrajeron 5.200 barriles de petróleo diarios. A partir de 1987, sin embargo, el descenso comenzó a ser acusado, y el año siguiente cerró con 1.083 barriles, cinco veces menos que en su pico más alto. 

Con el objetivo de reflotar la producción, ese año se lanzó una campaña mediante un sistema con imágenes en tres dimensiones que escudriñó 70 km2 y elaboró seiscientos mapas, pero la exploración no localizó arenas productoras. Aquel barrido, al menos, aportó la información necesaria para abrir el último pozo. Era 1990, y el horizonte de la explotación era ya muy limitado. Aunque esta pequeña porción del territorio llegó a albergar 52 pozos, el espejismo se fue desinflando con el tiempo, dejando atrás una biografía que La Lora sigue honrando.

Adiós en 2017

Cinco años después de su cierre, el conjunto fue declarado Bien de Interés Cultural

Desde que Repsol tomara las riendas de Ayoluengo en 1990, han sido varias las concesionarias que han tratado de reflotar la producción de petróleo. La última fue la Compañía Petrolífera de Sedano, que finalizó su actividad en 2017 con la obligación de taponar los pozos, desmantelar las instalaciones y restaurar el paisaje a su estado original, como indicaba el proyecto de abandono.

Al finalizar la concesión, hubo empresas interesadas en prorrogar la actividad, puesto que se estimaron reservas de cien millones de barriles. El gobierno propuso aceptar la prórroga, pero la Secretaría de Estado de Energía ordenó en 2018 el desmantelamiento final.

El ayuntamiento de Sargentes de la Lora comenzó entonces una batalla para la declaración de Bien de Interés Cultural (BIC) de ese conjunto industrial, un hito que logró en 2022 y que ha permitido conservar nueve de los icónicos balancines. Las emblemáticas piezas se suman así al Museo del Petróleo y al monumento en el pozo Ayoluengo-1. El recuerdo de la industria se ha convertido en el último intento de frenar el despoblamiento de una comarca en la que apenas resiste un centenar de habitantes.