“Tan pronto como se iban, la bestialidad de los alemanes regresaba”: los españoles de la División Azul y los judíos

Segunda Guerra Mundial

Los voluntarios españoles que combatieron contra la Unión Soviética entre 1941 y 1943 no compartían el antisemitismo de sus superiores nazis, y mostraron un trato cordial hacia los judíos

Voluntarios de la División Azul en el frente ruso.

Voluntarios de la División Azul en el frente ruso.

Terceros

España, junio de 1941. En la víspera del inicio de la Operación Barbarroja, tres de los más altos cargos de Falange –Ramón Serrano Suñer, Dionisio Ridruejo y Manuel de Mora-Figueroa–, en una comida celebrada en el hotel Ritz de Madrid, acordaban que, llegado el momento, debía organizarse una unidad de voluntarios para luchar contra los soviéticos.

Iniciadas las operaciones militares alemanas, y tras recibir el beneplácito de Franco, Serrano Suñer se puso manos a la obra (como presidente de la Junta Política de FET y de las JONS, no como ministro de Asuntos Exteriores). Su programa se plasmó en el acto multitudinario del 24 de junio, en el que se acuñó la consigna de “¡Rusia es culpable!”. Parecía que solo quedaba abrir los banderines de enganche.

La División Azul

El 13 de julio salió con todos los honores de la Estación del Norte de Madrid una primera expedición, el regimiento Rodrigo, con destino a Irún, y de allí al campo de entrenamiento de Grafenwöhr (Baviera), cerca de la frontera checa. El 20 de agosto, las primeras unidades partieron en tren hacia Polonia, ya organizadas y pertrechadas. Nueve días después, en un recorrido de unos 1.200 km, llegaron a Suwalki.

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Salida de los voluntarios de la División Azul

Otras Fuentes

Para decepción de sus integrantes, no formaron parte de una división acorazada ni mecanizada, sino de la 250.ª División de Infantería de la Wehrmacht, conocida como Blaue Division, por el color de la camisa azul, no reglamentaria, que vestían muchos de sus integrantes. Una vez allí, se les comunicó que el trayecto hacia el frente lo harían a pie. Una durísima travesía de entre 900 y 1.000 km a través de Polonia, Lituania, Bielorrusia y Rusia, a un ritmo de entre 30 y 40 km diarios, en los que entrarían en contacto con las gentes y pueblos que poblaban la URSS.

Cuando llevaban andado parte del recorrido, se les cambió de ruta: ya no seguirían en dirección a Moscú, sino al frente de Leningrado, para integrarse en el 16.º Ejército del general Ernst Busch. Como señaló el voluntario Teodoro Recuero, “a nuestro paso por Polonia y la llamada Rusia Blanca, la actitud de la población fue hostil. Solo encontramos amigos en Lituania y, posteriormente, en Letonia y Estonia”. Pocos divisionarios habían tenido contacto con un polaco o un ruso, y mucho menos con un judío. ¿Qué sentían hacia estos últimos?

Los judíos en la España de entonces

En aquellos años había en España poco más de tres mil judíos, la mayoría en el Protectorado de Marruecos. Fuera de allí, eran muy pocos los que habían tenido contacto con un israelita. Aunque no existía un antisemitismo de corte racial, sí había un repudio cultural e ideológico alimentado por la tradición católica, que había derivado en la idea de una conspiración judeo-masónica que movía los hilos de las finanzas internacionales. A esos prejuicios se añadía entonces el componente comunista.

En general, aunque los artículos antisemitas solían aparecer de vez en cuando en la prensa, no trascendían a la mayor parte de la población, que, sin embargo, sentía un atávico recelo ante los judíos. Estos escritos fueron a más por influencia alemana, y se materializaron en actos como el cierre de ciertas sinagogas, si bien el jefe de Estado siempre manifestó que en España no había ningún problema judío.

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Tras la caída de Francia, en junio de 1940, su frontera con España se convirtió en una de las principales rutas de escape para aquellos que pudieron sustraerse a las garras de la Gestapo y de la Sicherheitsdienst (SD); entre veinte mil y treinta mil judíos lograron cruzarla.

Un decreto publicado el 11 de mayo de 1939 denegaba la entrada a aquellas personas de “marcado carácter judío”, a menos que hubieran mostrado una actitud específicamente amistosa hacia España o el Movimiento Nacional. Sin embargo, en la práctica no recibieron un trato distinto al de otros refugiados, especialmente si se hallaban en tránsito y no pretendían quedarse en territorio español.

Boicot antisemita contra negocio judeo-alemán (Tietz), marcado por los nazis con estrella amarilla.

Boicot antisemita contra negocio judeo-alemán, marcado por los nazis con una estrella de David

Dominio público

Por el contrario, quienes no tenían documentación ni destino solían ser encerrados. Las mujeres, en prisiones, por un tiempo no muy largo, y los hombres, en campos de concentración, por períodos más extensos, a la espera de los correspondientes avales.

Divisionarios y judíos

Salvo excepciones, lo habitual entre los guripas (término con el que se identificaban los divisionarios) era el buen trato a la población civil. Los trueques de una serie de reducidos productos, en su mayoría alimentos, y ciertos servicios, como los de lavandería –en especial, con sus mujeres–, estaban a la orden del día.

No pocos divisionarios quisieron traerse a sus “paniencas” a España. Pero, realmente, lo que se dice judíos, pocos vieron antes de llegar a Grodno (Bielorrusia), dado que los Einsatzgruppen ya habían ejecutado a muchos de ellos y los supervivientes estaban siendo concentrados en guetos a los que los soldados españoles no tuvieron acceso en un principio (ahora bien, pudieron haber oído difusas noticias de lo que había sucedido allí).

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En la zona en la que finalmente fueron desplegados, en las regiones de Novgorod y el río Vóljov, apenas había judíos, aunque sí los había en Vilna (Lituania) y Riga (Letonia), donde los españoles tuvieron hospitales.

Tras repetidas “Aktionen” de los alemanes y sus ayudantes lituanos, en la ciudad de Grodno, que había contado antes de la guerra con una importante comunidad judía, quedaban unos veinticinco mil supervivientes, que fueron concentrados en guetos y obligados a realizar trabajos forzados. Allí el grueso de la División Azul pasó unas dos semanas.

Un grupo de soldados de la División Azul se entretienen acompañados de una guitarra. Culture Club/Getty Images

Un grupo de soldados de la División Azul en un descanso

Culture Club/Getty Images

La primera impresión que rezuman los escritos de los divisionarios en sus diarios, memorias y cartas es la de tristeza, al ver lo mal que lo estaban pasando aquellas gentes. Los judíos se veían pobres y sórdidos, arrastrando una mísera existencia al socaire de lo que decidieran los ocupantes.

Así lo manifestaba el soldado Juan José Saiz: “Pero lo más sorprendente, por novedoso y porque nada sabíamos de ello, fue encontrarnos con la gran comunidad judía que allí vivía (Grodno), deambulando por las calzadas de las calles, no por las aceras, y en solitario, marcados con un brazalete en el brazo y la doble estrella amarilla de seis puntas en el pecho y en la espalda, que no se podían quitar, iban cabizbajos y no podían hablar con nadie”.

Lo ratifica Jesús Martínez Tessier, padre de los escritores Javier y Jorge M. Reverte: “A los judíos les está prohibido el acceso a las tiendas y a los lugares públicos. No pueden marchar por las aceras y viven recluidos en el gueto, de donde salen únicamente para trabajar, previa justificación de su empleo. Perciben una escasa ración alimenticia y duermen sin cama. La mayoría serán evacuados de Vilna”. Aún no se sabía el significado exacto del término “evacuación”.

Pero también había quienes les responsabilizaban de su propia suerte, como José Luis Gómez-Tello: “¿Y por qué no hablar de que son los judíos los que organizan las sociedades de los ‘sin Dios’ y las procesiones sacrílegas, y las destrucciones de iglesias, y la lucha implacable, que no ha conocido tregua, del Estado Comunista contra la Religión? ¿Y para qué contar que en Wilna, en Riga, en Polonia, en 1939 el judío llegaba tras los regimientos soviéticos como verdugo y policía?”.

Humanos con ellos

Al parecer, muchos divisionarios ignoraron a sabiendas las prohibiciones de tratar con los judíos, lo que escandalizaba a los oficiales alemanes y fue causa de algunas trifulcas. No solo mantuvieron sus habituales contactos con ellos, sino que los empleaban en trabajos auxiliares. Para aquellos trabajadores forzados, ser empleados por los “azules” era uno de los destinos más solicitados.

Tampoco se pueden excluir los favores sexuales a cambio de alimentos o dinero, algo que los soldados alemanes tenían terminantemente prohibido bajo durísimas penas. El propio general Fedor von Bock se hizo eco de ello en su diario, acusando a los españoles de insaciables. Tales tratos se vieron favorecidos no porque aquellos judíos fueran de origen sefardí, pues casi todos eran askenazíes, sino porque algunos habían estado en Argentina, y, mal que bien, entendían el idioma.

Fedor von Bock en 1940

Fedor von Bock en 1940

Bundesarchiv, Bild 183-1986-0226-500 / CC-BY-SA 3.0

En líneas generales, los españoles solían ser humanos con ellos. Su extroversión, el hecho de que gesticulasen mucho al hablar y su tez morena les hacía próximos. En los pocos casos en que los divisionarios fueron encargados de la custodia de una columna de trabajadores, no resultaba extraño que alguno abandonara la formación por tal o cual cuestión, e incluso que desapareciera.

Los casos de acciones individuales proliferaron: entrega de comida, protección ante abusos, ocultamiento, etc. Quizá el más conocido, porque afectó a un mayor número de judíos, fuera el del Hospital Militar de Vilna. En los lazaretos que dependían de la División, los sanitarios españoles no dudaban en utilizar personal médico de origen judío, lo mismo que báltico o polaco.

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Como represalia por un atentado, las autoridades militares germanas ordenaron la deportación de todos los judíos que no fueran imprescindibles. Curiosamente, todos los que trabajaban para los españoles, alrededor de una cincuentena, resultaron de golpe “imprescindibles”, salvando momentáneamente la vida.

Lo que dijeron de los españoles

Los testimonios de los supervivientes judíos avalan tales consideraciones. Así, Felix Zandman señaló: “Durante unos diez días la División Azul pasó por Grodno, estuvieron en la ciudad, fueron muy amables, salieron con chicas judías. No había palizas (cuando estaban allí), eran absolutamente agradables. Tan pronto como se fueron, la bestialidad de los alemanes regresó”.

Algo parecido ocurrió en Vóronovo (Bielorrusia). Como relató Moshé Berkowitz, el 6 de septiembre se estableció allí un escalón avanzado del Cuartel General de la División. Mientras estuvieron allí, “los honestos e ingenuos españoles se encargaron de arrancar estrellas amarillas de las ropas de muchos judíos… Mientras los españoles estaban en nuestro pueblo, la policía gentil evitó los encuentros con los judíos. Un supervisor y guardia gentil que empujó a un judío en el trabajo fue azotado por un oficial español”. Cuando se anunció que los españoles marchaban, una comisión judía se presentó en el puesto de mando para ver si se podía prolongar su estancia. Como es lógico, no tuvieron éxito.

Dos divisionarios españoles hablando con un oficial alemán de la Luftwaffe. Rusia, octubre de 1941.

Dos divisionarios españoles hablando con un oficial alemán de la Luftwaffe. Rusia, octubre de 1941

Heinrich Hoffmann/Mondadori vía Getty Images

Sin embargo, la protección de civiles judíos fue siempre una cuestión aislada. Nunca hubo órdenes ni instrucciones de la superioridad, más allá de la obligación de ceñirse a las ordenanzas dadas por las autoridades alemanas de mantenerse al margen. Dado que la División Azul fue una unidad militar destinada al combate, donde primaban la jerarquía y la obediencia, no podía ser de otra forma, so pena de socavar la disciplina.

Quizá el siguiente párrafo del escritor y voluntario Dionisio Ridruejo ilustre, más que otra cosa, el dilema de los divisionarios ante el maltrato que sufrían los judíos: “A nosotros esto nos desagrada hondamente, nos subleva, nos parece torpe y estúpido aún más que cruel… Aquí pobres gentes desamparadas dan pena, pese a la repulsión que indudablemente produce en nosotros, por no sé qué atávico rencor, la ‘raza elegida’… Acaso en conjunto nos repugnen los judíos. Pero no podemos por menos de sentirnos solidarios con los hombres”.

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