Qué hay detrás del anarcocapitalismo de Milei (y de quién lo ha aprendido)
Culto al mercado
Los derechos sociales son prácticamente una perversidad en los planteamientos del presidente argentino, que bebe de economistas de la Escuela Austriaca

Javier Milei en octubre de 2025
La reforma laboral de Javier Milei, recién aprobada por el Senado, ha sido ampliamente comentada en la prensa internacional. En contra de la tradición obrerista de su país, Milei restringe el derecho de huelga, permite las jornadas de hasta doce horas y penaliza a los trabajadores que caigan enfermos con una reducción salarial. Para entender este giro necesitamos conocer las raíces históricas de una ideología que se opone frontalmente a las normativas de protección social.
Los tiempos cambian. La extrema derecha actual, al contrario que la del pasado, no pretende fortalecer el Estado, sino reducirlo a la mínima expresión. Son los anarcocapitalistas. El término es, en realidad, un oxímoron, porque mezcla dos términos incompatibles: “anarquismo” y “capitalismo”. El actual presidente argentino es uno de los máximos representantes de esta doctrina. Para él, solo cuenta la libertad. Los otros dos elementos de la tríada de 1789, la igualdad y la fraternidad, deben ser rechazados. De ahí que afirme con rotundidad que la justicia social es mala y que dedique todo su esfuerzo a deslegitimar lo público y ensalzar lo privado.
Sus intervenciones en el debate público se han distinguido por su extrema agresividad verbal. Un pequeño ejemplo: “Mi misión es cagar a patadas en el culo a keynesianos y colectivistas hijos de puta”. John Maynard Keynes (1883-1946), un teórico que no fue ningún radical de izquierdas, representa para él la quintaesencia del mal. ¿Qué es lo que le reprocha? Defender la intervención del Estado para reactivar la economía. Eso, para el mandatario argentino, equivale a propugnar una ideología colectivista y totalitaria.

En su imaginario, da igual si hablamos de fascismo, socialismo o comunismo. Todo son variantes del colectivismo. Comunismo, en su vocabulario, es cualquier cosa, incluso la doctrina social de la Iglesia. Por eso atacó al papa Francisco, al que calificó de “representante del Maligno en la Tierra”.
El individuo y solo el individuo
Keynes, en realidad, fue un liberal que propugnó el intervencionismo para proteger al mundo capitalista de sus propios excesos. Su doctrina permitió superar la Gran Depresión de los años treinta y condujo a Occidente a la prosperidad durante varias décadas. Pero la crisis del petróleo, a partir de 1973, hizo que este marco teórico entrara en declive. Fue a partir de entonces cuando el neoliberalismo, basado en la desregulación económica, comenzó a abrirse paso hasta convertirse en hegemónico.
Dos líderes, Margaret Thatcher en Gran Bretaña y Ronald Reagan en Estados Unidos, encabezaron esta reacción contra valores que consideraban de izquierdas. El peruano Mario Vargas Llosa, en La llamada de la tribu (2018), señala que Reagan no poseía un conocimiento profundo de las teorías liberales, pero contribuyó eficazmente a imponerlas. Thatcher, en cambio, se distinguía por su perfil más ideológico. Consultaba a un economista como Friedrich von Hayek y leía al filósofo Karl Popper.
Milei ha manifestado su admiración por la premier británica, en la que vio a una heroína en la lucha anticomunista que, a su juicio, condujo a la caída del Muro de Berlín. Este tipo de elogios, en un país como Argentina, resulta chocante, porque fue precisamente la política conservadora quien dirigió la recuperación británica de las islas Malvinas.
Hayek (1899-1992) fue uno de los grandes representantes de la Escuela Austriaca, una corriente que se formó en Viena a finales del siglo XIX y en la que se contarían también autores como Carl Menger o Ludwig von Mises. Su metodología se basaba en entender la economía a partir de las decisiones de los individuos, no de los grupos sociales.

Milei, que no es un pensador original, tiene en este grupo a sus grandes referentes intelectuales. Coincide con Hayek, por ejemplo, en su rechazo a la justicia social. Para el austriaco, ese concepto designaba una idea ilusoria. Si la justicia era “social”, no podía ser justicia. En La fatal arrogancia (1988), una de sus últimas obras, este teórico niega que cualquier ser humano tenga algún derecho solo por existir, sin haber contribuido al mismo alguna forma. Al defender esta tesis, lo hace con una evidente crudeza neodarwinista por su desprecio de los más débiles: “No todos los seres vivientes tienen derecho a seguir viviendo. Una práctica que a nosotros puede parecernos cruel, como la de ciertas tribus esquimales que abandonan a los viejos e impedidos al emprender su emigración estacional, puede resultar imprescindible para que las generaciones más jóvenes lleguen a la siguiente estación”.
Milei sigue esta línea de razonamiento. Sabe que en el mundo hay hambrientos, pero considera odioso que el Estado le cobre impuestos para darles de comer. Nada justificaría ir contra el derecho de propiedad. En cuanto a la atención sanitaria, aplica exactamente el mismo criterio: “Drogarte es suicidarte por cuotas. Si vos te querés drogar, hacé todo lo que quieras, pero no me pidas que yo pague la cuenta”.
Planteadas así las cosas, el concepto de “igualdad de oportunidades” deja de tener sentido, porque implicaría siempre un acto de expropiación a alguien. Para Milei, sería algo tan absurdo como, en un equipo de baloncesto, cortar las piernas a los más altos para que no tengan ventaja sobre el resto. En cambio, Vargas Llosa no dudaba en afirmar que la igualdad de oportunidades constituye un principio profundamente liberal. El Nobel peruano, además, criticó el sectarismo de “ciertos economistas hechizados por el mercado libre como una panacea capaz de resolver todos los problemas sociales”.
Como acabamos de comprobar, la etiqueta “liberal” puede englobar teorías que son muy distintas. Milei, por ejemplo, piensa que los monopolios son algo beneficioso. En cambio, Adam Smith (1723-1790), el gran apóstol del laissez-faire, los condenaba como algo opuesto al interés público. Decía que, en cuanto varios miembros de un mismo sector económico se reunían, enseguida tramaban algo para elevar los precios. Smith, según Vargas Llosa, no fue el hombre frío que dibujaban sus enemigos: “Por el contrario, era muy sensible al horror de la pobreza”. A la vista de los hechos, ese no parece ser el caso de Milei.
Todo a la venta
El anarcocapitalismo llega a mercantilizarlo todo, incluso lo más impensable, siempre en nombre de la libertad. Para Milei, uno tiene derecho a vender sus propios órganos si lo estima oportuno. ¿Piensa también que los padres deberían vender a sus propios hijos si así lo desean? Uno de sus pensadores de referencia, Murray N. Rothbard (1926-1995), en la estela de la Escuela Austriaca, defendió tan polémica prerrogativa en La ética de la libertad (1982): “Tenemos que enfrentarnos al hecho de que en una sociedad absolutamente libre puede haber un floreciente mercado libre de niños. Esto suena a primera vista a cosa monstruosa e inhumana. Pero una mirada más atenta descubre que este mercado posee un humanismo más elevado”.

No por casualidad, uno de los perros de Milei, clonados a partir del difunto Conan, se llama Murray. Es en honor de Rothbard. ¿Quiere esto decir que estaría también a favor de la venta de niños? Ernesto Tenembaum, en Milei. Una historia del presente (Península, 2025), nos cuenta que el presidente argentino afirmó que, de tener un hijo, él no lo vendería. Sin embargo, cuando le preguntaron si admitiría que lo hiciera otro, respondió con evasivas: “No es una discusión de hoy en la Argentina”.
La democracia no es un fin
El anarcocapitalismo defiende la libertad. ¿Hace lo mismo con la democracia? Hayek creía que valía más una dictadura que aplicara el liberalismo que una democracia que no lo hiciera. Vargas Llosa, defensor del liberalismo clásico, le admiraba profundamente, pero le criticó por defender esta postura, que él consideraba inasumible para un verdadero demócrata.
Rothbard, como Hayek, también se mostró tibio con el gobierno del pueblo: “La democracia es incompatible tanto con una sociedad libre como con el socialismo”. Milei demuestra una similar falta de entusiasmo. Cuando le preguntaron si creía en la democracia, en lugar de asentir, respondió que la democracia tenía muchísimos errores y no quiso manifestar una posición clara. Lo que él denomina despectivamente “democracia de las mayorías” consiste, según sus propias palabras, en que se juntan cuatro lobos y una gallina para decidir qué hay que cenar por la noche.

Tampoco resultan muy tranquilizadores sus elogios a la dictadura de Pinochet, de la que destacó sus éxitos económicos. El régimen se habría equivocado por no dar la batalla cultural, no por reprimir a los disidentes políticos. Las alabanzas de Milei, en realidad, tienen su punto de coherencia. Como es sabido, Pinochet hizo una política económica neoliberal basada en Milton Friedman (1912-2006) y los Chicago Boys, partidarios de la desregulación, las privatizaciones y la reducción del gasto fiscal.
Milei tiene admiradores en otros países, que le han convertido en una especie de mesías junto con otros líderes igualmente polémicos, caso del estadounidense Donald Trump o del brasileño Jair Bolsonaro. ¿Se mueve el mundo hacia una regresión de la democracia? La extrema derecha suele presentarse como un movimiento de rebeldía contra una supuesta casta, apropiándose de un lenguaje de libertad que acostumbraba a ser patrimonio de la izquierda. No obstante, ese fenómeno no es nuevo. En los años veinte y treinta del siglo pasado, el fascismo jugó a presentarse como algo revolucionario. A la hora de la verdad, su cuestionamiento de los principios conservadores no fue más allá de las palabras.
En la actualidad, lo que presenciamos es un intento de recortar los valores revolucionarios de 1789: libertad, igualdad y fraternidad. Para los liberales en la estela de Milei, solo contaría el primer elemento de esta tríada. Entretanto, se mueven dentro de una llamativa contradicción: atacan al Estado y no parecen reparar en que su existencia hace posible el derecho de propiedad y el marco jurídico que la economía necesita para existir. En este sentido, parece que solo quieran las ventajas del sistema y no pagar ningún precio por disfrutarlas. Como los impuestos.

