Historia contemporánea

Julián Chaves Palacios, historiador: “No toda la Iglesia estaba con el programa político del régimen de Franco”

Entrevista

La Iglesia fue un pilar fundamental en la consolidación del franquismo, lo que no significa que la relación con la dictadura estuviera exenta de conflictos. Chaves estudia aquellos primeros años de la alianza

El historiador Julián Chaves Palacios, autor de ‘El águila y la sotana’ (Ático de los Libros)

El historiador Julián Chaves Palacios, autor de ‘El águila y la sotana’ (Ático de los Libros)

Cedida

El historiador Julián Chaves Palacios, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, analiza en su última obra, El águila y la sotana (Ático de los Libros), la doctrina de la Iglesia durante el primer franquismo, entre 1936 y 1945. Que el poder espiritual confraternizara con el poder temporal del régimen no significa que acatara ciegamente sus órdenes, por lo que los roces y las suspicacias fueron una constante entre ambos.

¿Tenía razón de ser la famosa frase de Azaña en el discurso el 13 de octubre de 1931: “España ha dejado de ser católica”?

Yo entiendo que Azaña pronunció esa frase en un contexto muy determinado. La Constitución de diciembre de 1931 contemplaba que España no era un Estado confesional, sino aconfesional. Y en tanto en cuanto era así, pienso que las afirmaciones de Azaña se tergiversaron, porque lo que trataba de decir, sencillamente, era que había un nuevo escenario legal, justificado por la misma Constitución, que era aconfesional.

El presidente de la República, Manuel Azaña, junto al abad de Montserrat, Antoni Maria Marcet
El presidente de la República, Manuel Azaña, junto al abad de Montserrat, Antoni Maria MarcetColaboradores

¿Hubo alguna posibilidad de evitar el choque de trenes Iglesia-Estado en el primer gobierno de la República?

En mi opinión, ese fue uno de los errores de la República: buscar el frentismo con el estamento eclesiástico significaba enfrentarse a uno de los poderes fácticos del país. Y eso, evidentemente, conllevaba un problema serio. Máxime en un régimen recién nacido, que requería estabilidad y al que lo que menos le interesaba era esa hostilidad.

Dentro de las muchas reformas que se llevaron a cabo durante el primer bienio de la Segunda República –laborales, militares, agrarias…–, uno de sus objetivos fue frenar el protagonismo social que había tenido la Iglesia. De este modo, el corpus legislativo incluyó un sustancial recorte del presupuesto, que abocaba a la Iglesia a la precariedad.

Desde luego, la secuencia de acontecimientos que se produjeron –y no me refiero solo a los más llamativos, como la quema de conventos–, sino a la legislación y, sobre todo, a la falta de entendimiento, originó no ya una crisis dentro del gobierno de la República, con Azaña y Alcalá-Zamora, uno laico y el otro cristiano, sino también en una institución clave de España.

¿Revirtió la CEDA esas políticas tras su victoria en las elecciones de 1933?

La CEDA tenía un manifiesto entronque católico, con personalidades como Herrera Oria y otros representantes cualificados de la Iglesia. Consciente de ello, recuperó hasta donde pudo el protagonismo de esa institución en todos los órdenes. Sin embargo, las alarmas volvieron a saltar en febrero de 1936. En un principio, hubo un intento de entendimiento, e incluso un encuentro entre el primado de España y Manuel Azaña, en el que este último le aseguró que, respetando la legalidad, la Iglesia no tenía que temer salidas de tono como las que se habían producido durante el primer bienio. A medida que fue avanzando la primavera, no obstante, se acentuó el enfrentamiento, particularmente, con el tema de la educación.

Azaña, junto a un grupo de periodistas en 1936
Azaña, junto a un grupo de periodistas en 1936Gamma-Keystone via Getty Images

Elecciones del Frente Popular en febrero, sublevación en julio. La temperatura política y social subió ostensiblemente entre esas fechas. ¿Diría que la jerarquía eclesiástica, encarnada entonces por el arzobispo de Toledo Isidro Gomá, alentó el golpe de Estado?

Una de las aportaciones del libro es precisamente esa. En la primavera de 1936 se registran movimientos sediciosos. Hay una conspiración, como todos sabemos, dirigida por el general Mola. ¿Fue ajena la jerarquía eclesiástica, o, más concretamente, el primado de España? Isidro Gomá, cuyo epistolario he tenido la oportunidad de revisar, en una comunicación con el Vaticano habla de “acontecimientos imprevistos”. Yo creo que conocía que algo se estaba cocinando en España y qué rumbo podían tomar esos hechos.

Tras producirse el alzamiento, el mundo católico se posicionó mayoritariamente a favor de los sublevados. En 1937, Gomá redacta la Carta colectiva de los obispos españoles con motivo de la guerra en España. Sin embargo, hubo quien no se sumó a ese documento, como el “cardenal de la paz”, el arzobispo de Tarragona Francesc Vidal i Barraquer. ¿Qué motivos arguyó para no hacerlo?

Hubo cinco prelados que no se adhirieron a la carta, entre ellos, Vidal i Barraquer, que había partido al exilio y seguía siendo un referente dentro de la jerarquía eclesiástica. Él no estaba de acuerdo con el documento porque entendía que era plegarse. Hay que recordar que la carta fue una petición al primado de España del mismísimo Franco, que necesitaba un gesto para reafirmarse internacionalmente. Con su negativa, Vidal i Barraquer firmó su sentencia de no volver a España, ya que permaneció en el exilio hasta su muerte en 1943.

El cardenal Francesc Vidal i Barraquer
El cardenal Francesc Vidal i BarraquerTerceros

¿Contribuyó la carta a cambiar la percepción que había fuera de nuestras fronteras sobre los sublevados?

Esa era la pretensión, desde luego. Que aunara a todo el catolicismo internacional. Que concitara la atención sobre lo que realmente se había pretendido con la sublevación, más allá del conflicto bélico. Los miles de clérigos ejecutados pesaban como una losa en la imagen de la República, a la vez que fomentaban una proyección más favorable hacia el régimen de Franco.

Efectivamente, miles de religiosos fueron asesinados durante la Guerra Civil, entre ellos, trece obispos, pero también las fuerzas franquistas reprimieron al clero vasco. ¿Fue ese un factor decisivo para la equidistancia y el tardío reconocimiento del gobierno de Franco por el Vaticano?

Qué duda cabe. En la Santa Sede había un lobby vasco y catalán, por llamarlo de alguna manera. Hemos hablado de Vidal i Barraquer, pero podríamos mencionar a otras personalidades, que, como es lógico, no dejaban de presionar. En el libro recojo un cuadro con los sacerdotes vascos que fueron asesinados simplemente por el hecho de ser nacionalistas. La pregunta que se hacían en la Santa Sede era: “¿A quién vamos a reconocer?”.

Igualmente, hay que contextualizar el peso de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini durante la Guerra Civil. ¿Le preocupaba a la Iglesia española ese ascendiente?

Muy interesante la pregunta, porque ese es uno de los temas capitales que desarrollo en el libro, y creo que aporto bastante luz. El Vaticano veía con recelo el totalitarismo de Hitler, entre otras cosas, por su laicismo. La deriva española, con el protagonismo de Falange que acaparaba el “cuñadísimo” Ramón Serrano Suñer, constituía una seria amenaza. Si en España se instalaba un régimen totalitario, remedo del que había en Alemania o Italia, la Iglesia tendría un problema.

Visita a Berlín de Serrano Suñer en 1940, acompañado de otros cargos españoles y Heinrich Himmler
Visita a Berlín de Serrano Suñer en 1940, acompañado de otros cargos españoles y Heinrich HimmlerTerceros

¿Contribuyó entonces a relajar la tensión la caída en desgracia de Serrano Suñer, ministro de Exteriores hasta 1942?

Claro. En 1942 la situación empieza a cambiar, entre otras cosas, porque el mismo régimen ve la evolución de la Segunda Guerra Mundial, la entrada de Estados Unidos en el conflicto y cómo va menguando la pujanza alemana.

Pío XII, elegido papa el 2 de marzo de 1939, celebró la victoria de la “heroica España” frente a los “enemigos de Jesucristo” en un radiomensaje a los fieles. ¿Cómo se recibió su elección por el gobierno de Burgos?

Con el secretario de Estado Eugenio Pacelli, antes de ser papa, la relación había sido muy fluida. El mismo Gomá había cruzado numerosas cartas con él, e incluso lo había visitado en Roma. Por consiguiente, fue bien recibido. Era un hombre que conocía bien la “cuestión española”, como la llamaban en la Santa Sede. Esa locución reafirmó su entendimiento con el nuevo orden, trenzando los mimbres para que la Iglesia comulgara con el régimen franquista.

Al desfile de la Victoria del 19 de mayo de 1939 no faltaron el nuncio ni el primado de España. No obstante, las fricciones entre el águila y la sotana empezaron casi desde el principio. El cardenal Segura, que había sido una china en el zapato del primer gobierno republicano, no tardó en tener fricciones con Franco. ¿Qué pasó en la Semana Santa de Sevilla de 1940?

Lo que sucedió entonces fue un aviso a navegantes. El Viernes Santo, Franco quería estar presente en la Semana Santa sevillana, y Segura se sintió molesto. Conocía lo que estaba pasando en España, que era muy triste, con una represión y un control sobre la población tremendos. Sus impresiones llegaron a los falangistas, que hicieron unas pintadas en el palacio episcopal, lo que molestó al cardenal Segura, hasta el extremo de hacerle el vacío a Franco en la misa de Viernes Santo. El Generalísimo permaneció allí, mientras que Segura se fue de gira por los pueblos. Aquel episodio evidenció las tensiones entre la jerarquía eclesiástica y el franquismo. No toda la Iglesia estaba con el programa político del régimen.

El cardenal Segura, junto a Francisco Franco 
El cardenal Segura, junto a Francisco Franco Dominio público

La vigencia del Concordato de 1851 fue uno de los temas más espinosos, por el derecho del patronato para el nombramiento de obispos, que Franco quería mantener a toda costa. ¿Quién se impuso finalmente en esa disputa?

Desde el régimen se exigía al Vaticano que se firmara un nuevo concordato. Sin embargo, la Santa Sede se mostraba reacia, ya que entendía que el concordato había sido anulado por la República. Al fin, tras un toma y daca tremendo, se llegó a un acuerdo, el Convenio de 1941. El tema crucial era la potestad de nombrar obispos. Según el antiguo concordato, esa potestad la tenía el rey, y Franco quería que se mantuviera en manos del jefe de Estado. Sin embargo, la Iglesia acabó imponiendo su criterio. Había una terna de candidatos, sí, pero la última palabra la tenía el pontífice. Tras el Convenio de 1941, lo que hace el franquismo es encargar a la Dirección General de Seguridad (DGS) y a Falange una serie de informes sobre todos los sacerdotes susceptibles de ser obispos. Provincia por provincia. En el libro detallo quiénes fueron propuestos, las críticas y comentarios que recibieron…

Cita, sin ir más lejos, el caso del rector de la Universidad de Murcia Jesús Mérida Pérez, que fue designado obispo de Astorga en 1943 pese a la valoración contraria de FET-JONS y la DGS.

Así es. Al final, el régimen trataba de recabar una información fidedigna sobre la fidelidad o no de cada uno de ellos. Lo normal, en todo caso, es que hubiera consenso respecto a los nombramientos, gracias, sobre todo, a la labor del embajador de la Santa Sede, José de Yanguas –hasta 1942–, y a la del secretario de Estado del Vaticano.

¿Cedió la Iglesia con la censura? ¿Cómo es posible que la Junta Superior de Censura acallara la voz de Gomá en su pastoral Lecciones de la guerra y deberes de la paz? ¿Tan crítica era con el nuevo régimen?

Hay que entender, primero, cuál es la potestad de la Iglesia. La Iglesia es el poder espiritual, mientras que los políticos encarnan el poder temporal. La Iglesia se sintió herida en lo más profundo ante la posibilidad de que, dentro de la implacable censura que trajo consigo la Ley de Prensa de 1938, se vieran afectados los boletines, las circulares, las pastorales…, es decir, todo lo que era intrínseco a la Iglesia. El colmo llegó en 1940 cuando Gomá sufrió esa censura, lo que le hizo protestar ante el mismo Caudillo. Desde ese momento se atenuó un poco la aplicación de la censura a la Iglesia, si bien el relajamiento fundamental se dio en 1942, cuando Serrano Suñer dejó de ser ministro de Asuntos Exteriores.

Isidro Gomá
Isidro GomáDominio público

Hablemos ahora de la Ley de Responsabilidades Políticas, promulgada en febrero de 1939. ¿Participaron los sacerdotes en esta herramienta de delación represiva?

Sí. En el libro hago referencia a la Ley de Responsabilidades Políticas para mostrar que los representantes de la Iglesia tenían capacidad de decisión en leyes coercitivas, esencialmente, porque en los informes de los expedientes que se incoaban eran juez y parte. Y, en muchas ocasiones, la palabra de la Iglesia fue peyorativa hacia los republicanos, objeto de todo tipo de represalias.

También dedico otro apartado a su participación en el decreto sobre protección de huérfanos, que el régimen promulgó en 1940. Había mucha necesidad, estaban muriendo niños; de ahí que hubiera que asignarles una pensión como fuera. Sus beneficiarios fueron, en primer lugar, los familiares de las víctimas del bando franquista, pero la beneficencia competió a todos. Y en los expedientes que se incoaban en cada municipio, en cada ciudad, a través de las secciones de beneficencia, participaban activamente, y de qué manera, los sacerdotes. Ahí entraba en juego la moralidad, el comportamiento de la viuda, etc.

Dedica el último capítulo a la oposición armada al franquismo y la Iglesia católica, y cita varios sacerdotes muertos a manos del maquis.

El maquis fue el primer movimiento de oposición armada contra franquismo; en regiones como Galicia, pero no solo ahí, se produjeron ajustes de cuentas con los sacerdotes. Consideraban que ese estamento estaba dando soporte intelectual, educativo y moral al régimen. Es decir, que era un aliado. Y, como tal, un enemigo a batir.

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