
Estados Unidos es la antítesis de Europa
Diplomacia
Europa es una alianza de consensos frente a EE.UU., país que acumula poder político y tecnológico en una elite antidemocrática. Trump cree que puede doblegar a cualquiera sin ayuda de nadie porque ha olvidado Vietnam, Irak y Afganistán
La relación entre Europa y Estados Unidos es similar a la de un padre y un hijo. Europa es el padre y Estados Unidos, el hijo que parte de casa para vivir su vida. Los peregrinos del Mayflower que en 1620 fundaron la colonia de Plymouth en Massachusetts habían huido de Europa para fundar una sociedad mejor y más libre. Eran europeos que debían matar al padre para convertirse en americanos. La evolución de las especies aplicada a los pueblos y naciones dice que lo nuevo y más fuerte se impone a lo viejo y más débil. Así que Estados Unidos debía ser la antítesis de Europa para ser Estados Unidos, y así lo vieron y describieron dos de los mejores observadores europeos de la realidad norteamericana, Alexis de Tocqueville y D.H. Lawrence en el siglo XIX. Hablaron de una antítesis que hoy, en boca del presidente Donald Trump, parece nueva, pero que siempre ha existido.
Hace 25 años, la Casa Blanca, entonces presidida por George W. Bush, menospreciaba a Europa tanto como ahora. El secretario de Defensa era un hombre colérico que acusaba a los gobiernos de Europa occidental de haber creado sociedades pusilánimes y desagradecidas, mimadas por el estado del bienestar y pacifistas a costa del ejército norteamericano, su verdadero protector. Aquel hombre, que también se llamaba Donald, Donald Rumsfeld, habló de la nueva y de la vieja Europa. La nueva era la más fiel a Estados Unidos, la que contribuía a su expansión militar. España, por ejemplo, estaba entre los nuevos porque el Gobierno apoyó la invasión de Irak, una guerra imperialista a la que se opusieron Francia y Alemania, pilares de la vieja Europa.
Estados Unidos se siente cómodo en el papel de nación imprescindible, de salvador de Europa y de la civilización occidental. Cree que Dios está de su parte, como lo estuvo en las playas de Normandía en 1945 y en los desiertos de Irak en el 2003, y como vuelve a estarlo ahora que los bárbaros acechan desde fuera y conspiran desde dentro. El poder político americano se cubre con el manto de un cristianismo anticristiano para justificar su violencia contra todo tipo de enemigos.
Estados Unidos siempre ha necesitado enemigos. Lo fueron al principio los pueblos originarios, los mexicanos, los británicos y los españoles, y después los comunistas, los islamistas y los europeístas.

Las naciones, sin embargo, se definen mejor por sus alianzas que por sus enemigos. La buena gestión de las alianzas amplifica el poder del estado nación, como sucede en Europa.
Europa no es lo que se dice una gran potencia, es decir, un país capaz de liderar el mundo, de enfrentarse solo a cualquier enemigo. Estados Unidos ha sido el país más poderoso de la historia, sobre todo en 1945, cuando tenía la bomba atómica y la mitad de la producción industrial del mundo. Aún cree que lo es y que puede doblegar a cualquiera.
Nadie, sin embargo, puede con todo. Napoleón fue invencible solo entre 1804, cuando se coronó emperador, y 1812, cuando se congeló ante un Moscú en llamas. Hitler ocupó Francia en dos meses de 1940 y cinco años después se suicidó.
EE.UU. Ganó todas las grandes batallas en Vietnam, pero perdió la guerra. Irak y Afganistán también fueron guerras largas y contraproductivas. El ISIS, por ejemplo, aún mata a soldados americanos en Siria y los talibanes han devuelto Afganistán a la crueldad medieval.
Putin también cree Rusia es una superpotencia con legitimidad para aplastar a Ucrania. A pesar de que es una dictadura con una economía débil, Putin hace la guerra para afirmar su poder, como también lo hace Trump, el pacificador que ha bombardeado Irán, Siria y Nigeria, y ha hundido lanchas y abordado petroleros en el Caribe como si fuera un pirata.
El liderazgo es una variable que los realistas no tienen en cuenta. Creen que la fuerza de los estados condiciona la estrategia internacional del líder, cuando, muchas veces, es al revés. El interés personal del líder determina el interés nacional.
El poder se acumula con liderazgo y un sistema político antidemocrático. La base de este poder siempre es la misma: la fuerza económica y tecnológica.
Así funciona Estados Unidos. Los magnates de la inteligencia artificial forman una elite que sostiene al líder que erosiona la democracia, se enriquece con codicia y va a la guerra como si fuera un justiciero en el salvaje oeste.
Europa prueba que las naciones se definen mejor por sus alianzas que por sus enemigos
Los líderes de la vieja Europa solo pueden acumular poder a través del consenso. Las normas democráticas gestionan el debate que lleva al consenso. Este sistema parece débil, y es verdad que es lento en la toma de decisiones y vulnerable a las interferencias exteriores, sean de Rusia, China o Estados Unidos. Pero, al mismo tiempo, nada es más resiliente que el consenso entre aliados.
La amenaza de China demuestra que EE.UU. Necesita a Europa mucho más que Europa a EE.UU.
Estados Unidos, sin embargo, está solo y solo se encamina hacia el duelo con China, el más determinante de su historia. Es un error que puede precipitar su decadencia. Por eso necesita a Europa mucho más de lo que Europa necesita a EE.UU. Necesita, en todo caso, a una Europa nueva y servil, como la que exigió tener hace 22 años para invadir Irak. Por eso alienta a la derecha radical que tanto daña la convivencia y el consenso europeo.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que los estadounidenses venían a Europa en busca de cultura y los europeos iban a EE.UU. En busca de más libertad. Fue un tiempo simbiótico y fértil que un día volverá porque lo bueno siempre vuelve. Solo falta esperar.
