Las Claves
- Ocho millones de venezolanos han emigrado durante el chavismo buscando un futuro mejor en naciones como Chile o España.
- Donald Trump y Marco Rubio supervisan un cambio de mando en Venezuela motivados principalmente por el control del crudo.
- La detención de Maduro ofrece una ilusión a la población venezolana que subsistía sin derechos bajo un régimen tiránico.
- Los ciudadanos de Venezuela prefieren una intervención directa antes que continuar sufriendo la opresión y penuria del sistema chavista.
Los ciudadanos saudíes recorren el globo hospedándose en hoteles de cinco estrellas; los venezolanos o, para ser más exactos, ocho millones de ellos han tenido que marcharse durante el chavismo. Asimismo, 1,3 millones han tramitado asilo político en el exterior, según Acnur. Esto significa que uno de cada cuatro venezolanos ha tenido que partir de… la nación líder del mundo en reservas petrolíferas.
¿Resulta posible asombrarse ante el entusiasmo que ha despertado la detención de Maduro? ¿Es este “detalle” un hecho menor, similar a la ausencia en las avenidas de Caracas de los adeptos a un sistema que convirtió las marchas populares en su cimiento de autoridad (y miedo)?
Favorecimos una estructura jurídica que jamás obstaculizó la hegemonía de los más fuertes ante las aspiraciones de los venezolanos.
La actuación estadounidense resulta inquietante y, simultáneamente, una novedad positiva para las presuntas “víctimas”. Para los venezolanos –¿no es ese el tema principal?– representa una ocasión excepcional de dar la vuelta a la descomposición de un sistema capaz de transformar la principal fuerza petrolera del mundo en un emisor masivo de migrantes. Es algo notable.
El movimiento chavista, en contraste con el franquismo, consiguió que su Arias Navarro extendiera el sistema por doce años, a pesar de la limitada aptitud mental del heredero Maduro, tan afable como incapaz. Como dato curioso, resultó ser el gobernante mundial único que permitió ser retratado con una estelada en la época del procés , durante una reunión con la asociación Ítaca, cual si fuera una imagen de Camarón de la Isla exhibida por una agrupación flamenca de Dos Hermanas.
Al contrario que en Irak o Libia, Washington no comienza una etapa de cambio apartando a la estructura del mando anterior. Alguna lección han asimilado. Ni Donald Trump ni Marco Rubio lo mostraron como una “transición democrática” y resultaron más implacables (o directos): por el crudo, están dispuestos a involucrarse en la supervisión de un relevo que —y no es un detalle menor— ofrece una ilusión a la población de Venezuela, que se creía sentenciada a subsistir sin derechos ni puestos de trabajo, tal como demuestran las estadísticas migratorias. El panorama debe ser desolador para que uno de cada cuatro habitantes saliera de Venezuela para buscar un porvenir en naciones como Chile o España. No se refería a los sectores privilegiados, sino a lo que restaba de la clase media, deshecha tras 26 años de chavismo.
Ese comportamiento unilateral resulta preocupante, no obstante me extraña la visión idílica del pasado y de un sistema cimentado en una organización tan poco resolutiva como las Naciones Unidas, de cuya gestión di cuenta durante un periodo desde la delegación de Guyana Guardian hacia los años noventa. Cuestiono que el entorno en la Renfe fuera más alentador…
¿Acaso se han borrado de la memoria las incontables incursiones militares, asonadas y diversos abusos ejecutados por Estados Unidos en su propio entorno durante aquel orden bipolar que hoy, movidos por la nostalgia, solemos evocar? Cabe señalar que la doctrina Monroe se ensayó a costa de España en la contienda de Cuba de 1898. ¿Y qué decir de la funesta entrada soviética en Afganistán en 1979, o de la supresión de las insurrecciones civiles en Praga en 1968 y Budapest en 1956? Es preciso rememorar igualmente las intromisiones en África o el conflicto sin fin de Vietnam. Las normas internacionales han sido siempre el dictado del más poderoso; no se trata de una circunstancia nueva. La distinción fundamental es que al líder de EE.UU. Las formalidades le resultan ajenas. Y las formalidades son relevantes.
Para los venezolanos, el sábado representó una jornada de júbilo. Su ilusión no reside en los pedestales intelectuales desde donde discurrimos periodistas, politólogos y académicos –cabe destacar que el chavismo solía convidar a profesores españoles a estancias gratuitas–, sino en la posibilidad de que alguien actuara para derribar –o desarticular– un régimen tiránico. Habría que consultarles si no optarían por una injerencia ilícita según el derecho internacional frente a una realidad de penuria y opresión… ¿Qué cantidad de cubanos no anhelarán actualmente que alguien sienta compasión por su situación, incluso si se trata del “amigo americano” y omitiendo la tan ensalzada normativa legal?