Las Claves
- El Imperio Alemán surgió en mil ochocientos setenta y uno expandiendo su influencia colonial hacia África y Oceanía antes de la Gran Guerra.
- La República
La instauración del Imperio Alemán no ocurrió sino hasta el 18 de enero de 1871. Sin embargo, a pesar de nacer como una potencia de gran magnitud y fuerza en el ámbito europeo, mantuvo fuera de sus límites a más de diez millones de alemanes repartidos por el Imperio austrohúngaro y ciertas zonas, principalmente las bálticas, del Imperio ruso, circunstancia que posteriormente acarrearía efectos fatales.
Dicha cohesión se dio mayormente en términos idiomáticos y mercantiles, mas no en lo referente a la política o el credo. No obstante, liderado por el canciller Bismarck, y aun con los persistentes tropiezos y contratiempos de todo tipo, el emergente Imperio se fue configurando y robusteciendo su vigor manufacturero y monetario.
No obstante, arribaba con retraso al espléndido casino donde los restantes imperios de su vecindad se adjudicaban jubilosamente el globo. Pese a ello, al comienzo Bismarck se oponía al establecimiento de proyectos coloniales, aunque solo fuera porque Alemania no disponía de una marina que lograra resguardarlas.
Dicha postura se transformaría drásticamente desde el año 1883, y en un breve periodo el Reich, ansioso por obtener dominios que todavía se hallaban ajenos al dominio de sus rivales imperiales, desplegaría su influencia colonial a través del África Occidental, desde Liberia hasta Gabón, especialmente en Togo y Camerún.
Sus ambiciones de expansión se extendían igualmente hacia Oceanía, donde no demoraron en asentarse en Samoa, las islas Marshall o Nueva Guinea. Sobra decir que, ante tal estrategia, se mostraron inquietos los experimentados actores de esa implacable pugna geopolítica entre naciones imperiales.
De tal modo que ya se antojaba forzoso que estallara un conflicto armado, que resultaría ser la Gran Guerra (1914-1918), conllevando la capitulación total de Alemania, la privación de sus nuevas colonias de ultramar, la disolución de los imperios austrohúngaro y el otomano, además del ruso, transformado súbitamente en la Unión soviética.
Joseph Conrad (1857-1924) narra en Crónica personal, su corta obra autobiográfica, una idea que ya manifestó tiempo atrás en El corazón de las tinieblas, consistente en que durante su infancia, al mirar el mapa de África, percibió una vasta zona vacía que le fascinaba profundamente, hasta el punto de jurarse que en el futuro viajaría a ese lugar. Y ciertamente lo cumplió, hallando en aquel sitio el espanto, la atrocidad del lado sombrío del imperialismo -y de la condición humana- que saqueaba sus territorios coloniales sin compasión.
En la actualidad, los territorios inexplorados son el Ártico, la Antártida y Groenlandia. El imperialismo ha regresado con un deseo ferviente de apoderarse de su riqueza, que es inmensa y vasta. No obstante, al igual que ocurrió en el pasado con Alemania tras su unificación, se ha incorporado a la partida del Gran Casino Geopolítico un nuevo participante que pretende controlar el juego: la República Popular China.
Trump, astuto dueño de salas de juego con gran experiencia, repentinamente ejecuta una maniobra brillante orientada a, inicialmente, retirar del establecimiento a un participante débil y desorientado conocido como Unión Europea, previamente a que ocurra el forzoso enfrentamiento con su mayor adversario, que es China.
En la actualidad, Estados Unidos, China y Rusia, con los otomanos aguardando a la entrada para ser aceptados de nuevo, se restringen a fragmentar el globo en áreas de influencia, asignándose cada cual la propia y eludiendo choques superfluos. Estados Unidos retiene la totalidad del territorio americano, el Atlántico y el Pacífico oriental; China absorbe Taiwán sin que nadie intervenga y el Pacífico occidental; Rusia recobra los límites territoriales obtenidos en la partida de Yalta. Y todos satisfechos y en plena armonía.
Esto seguirá así hasta que, en los polos norte y sur, abandonen las cartas por una lucha violenta, como la que ocurría antes de que se aplicaran los preceptos del marqués de Queensberry, es decir, los de la ONU o del Tribunal Internacional de Justicia. La disputa se augura emocionante.
Al mismo tiempo, se libra una contienda distinta en un territorio inexplorado diferente, que no es sino el cosmos inabarcable donde puso su mirada, tal como hizo Conrad en su época, el joven Elon Musk. En definitiva, el neocolonialismo únicamente nos dirige, igual que ocurrió con el pasado, hacia el centro de la oscuridad potenciado mil veces.
