El 47% de la población de Irán (42 millones) es menor de 30 años. Es decir, la mitad de la población ha nacido después de la Revolución islámica de 1979. Han nacido en una teocracia opresiva y han crecido en un contexto social y económicamente deprimido. Un Estado que les niega oportunidades de formación cultural y desarrollo profesional que una vez sí existieron. Casi la mitad de ellos son mujeres. Ellas han soportado un lastre adicional: el de la presión institucional, no cultural ni religiosa, que las considera legalmente como ciudadanas de segunda clase.
Las multitudinarias protestas del 2022 demostraron la amplísima deslegitimación de estas normas discriminatorias. Las protestas masivas que empezaron hace más de diez días, fueron la reacción ante el desplome histórico del rial, que pasó de 30.000 a 1,45 millones por dólar en una década. La inflación media del 40% anual desde 2019 (y supera el 20% anual desde 1979), ha hundido salarios y poder adquisitivo. El ingreso medio se sitúa en torno a 400 dólares mensuales, no muy lejos de los umbrales de pobreza. Esto impide la provisión de bienes y servicios básicos –alimentos, medicamentos, suministros– para más de dos tercios de la población.
Los que han extendido las protestas a lo largo del país son los jóvenes, hombres y mujeres, que protestan en contra del régimen, enfrentándose a las fuerzas de seguridad (la Guardia Basij). La imagen es muy simbólica: un régimen físicamente envejecido, con una cúpula de clérigos octogenarios, que oprime a una sociedad joven y preparada que reclama sus derechos.
Irán bajo 30: la generación que está empujando las protestas
Irán tiene el mayor porcentaje de universidades per cápita de la región y del mundo musulmán en su conjunto (entre los países grandes), vestigios de su etapa de desarrollo previa a la Revolución. Así como el mayor porcentaje y número de universitarios de la región: el 40% de la población tiene estudios superiores y el 60% de la población joven en edad de estudio es universitaria, cifras comparables a las de la UE.
El 50% de la población universitaria son mujeres. Pero solo son entre un 12-15% de la fuerza laboral, dado que el régimen las aparta en muchos sectores. Son generaciones de graduados, bien preparados y conectados con el exterior, reflejo de cualquier generación joven en un país europeo, de las que forma parte quien escribe estas líneas.
Un grupo de mujeres pasea por Teherán la semana pasada
Sin embargo, su pronóstico es desolador. El desempleo juvenil alcanza un 25% (35% en mujeres), el empleo juvenil es tremendamente precario y estos 10 millones de graduados de la última década no tienen ninguna perspectiva de alcanzar el desarrollo profesional en sus disciplinas (la mayoría no se dedican a ellas), debido a la débil demanda interna. Esta situación ha provocado una fuga notable de jóvenes graduados en los últimos años. La dificultad es extrema para los jóvenes de minorías étnicas y religiosas. Los baha’is están legalmente privados del derecho a cursar educación superior, por lo que se ven obligados a hacerlo en una universidad clandestina (Instituto Baha’i de Educación Superior). Cultura, cine y activismo también sostienen la movilización juvenil y la desobediencia civil. Además, el 86% de la población burla la censura de internet con redes privadas.
La represión se ha intensificado tras el bloqueo de internet. En varias ciudades las protestas han intentado irrumpir en edificios gubernamentales, cuarteles de la Guardia Basij, bancos, mezquitas e infraestructura. La población ya conoce la respuesta habitual: intensificar la represión. El régimen no tiene margen real para reformas estructurales a corto plazo ni cumplir con las demandas internas o los compromisos internacionales. Ese descrédito es patente en la sociedad iraní, especialmente entre sus valientes jóvenes.