
No solo de software vive el hombre
UNA NOCHE EN LA TIERRA
Después de décadas de economías volcadas en los servicios, el regreso de la geografía, el poder y la guerra obligan a los países a devolver su atención hacia el mundo material y a alimentar sueños imperiales.

En la Edad Media, Inglaterra producía la mejor lana del mundo y la exportaba a Flandes y a Italia, donde elaboraban la tela. Inglaterra era un suministrador de materias primas, pero quien capturaba el valor añadido eran holandeses e italianos. Años de guerras y de leyes de la Corona forzaron a que finalmente la industria textil se quedara en las islas (lo que ahora llamaríamos reshoring ) y, con ello, la capacidad para procesar la lana. Fue ese cambio, decisión de la monarquía, lo que acabó por conducir hasta la primera industrialización.
El inversor y periodista australiano Craig Tindale utiliza este ejemplo para resaltar la importancia de los procesos industriales en el futuro de los países y reprochar a las elites de Occidente que hayan vivido tantos años obsesionados con los servicios y se hayan olvidado de la manufactura.
Según su libro, The Return of Matter , el sueño liberal de un mundo interconectado y sin fronteras, y la convicción de que el control de la propiedad intelectual, los instrumentos financieros y el software bastaban para asegurar el éxito de una economía, ha llevado a Estados Unidos y a Europa a un malentendido del que justo ahora empiezan a percatarse.
Y ha sido la fortaleza de China lo que les ha sacado de ese error. Subcontratar a países baratos determinados procesos industriales (físicos, y en algunos casos sucios e intensivos en energía), es arriesgado. Tindale habla en su libro de minería, refinado de minerales, aleaciones y fundiciones, porque lo escribe en pleno shock por las tierras raras. Porque es gracias al casi monopolio en la explotación y transformación de esos minerales básicos para la economía moderna, que China tiene en un puño a Estados Unidos y a Europa.
Subcontratar según qué actividades industriales a países baratos no siempre sale gratis
Muchos economistas discreparán de esa visión que parece devolver la economía al siglo XIX y que va contra las reglas del mundo conocido (que creíamos de una abundancia infinita). Pero son ideas como las de este hombre las que explican los anhelos imperiales de Donald Trump y los hombres que lo han llevado a la Casa Blanca. Es la voluntad de controlar sobre el terreno el crudo de Venezuela lo que llevó al golpe del 3 de enero en Caracas. Es la promesa mineral de Groenlandia la que explica en parte la arriesgada aventura de Washington ta isla ártica.
El diagnóstico de Tindale, en realidad, confirma las intuiciones de una minoría que piensa que Estados Unidos y Europa no debieron haberse desindustrializado con la rapidez con la que lo hicieron.
Seguridad y geopolítica están detrás de los intentos de recuperación de la actividad manufacturera
Es difícil imaginar hoy lo que fue la civilización industrial. Jordi Dinarés y Albert Amat presentan los próximos días Fils de Memòria , obra que describe 150 años de vida del Institut Industrial de Terrassa (1873-2023). Más que una cronología de esa patronal del textil lanero, el libro es el relato del poder excepcional que tuvieron esos industriales en la organización económica, social y moral de la ciudad y su influencia en los acontecimientos del país.
Es la historia de un siglo de expansión y cincuenta años de supervivencia. Y, al final, su derrumbe, resultado de la confluencia de factores: la apertura al exterior, la obsolescencia de su tecnología, los cambios en la moda y la aparición de nuevos materiales en el vestir... ¿Pudo haber sido de otro modo? “No -responde después de un largo silencio Dinarés, que es empresario textil-. Deberían haberse reinventado, pero eso era muy difícil para los grandes actores del sector en aquel período, con estructuras muy pesadas para actuar”.
The Economist aseguraba en un número reciente dedicado a la manufactura, que la desindustrialización no es sinónimo de decadencia. Su argumento es justamente el inverso al de los “industrialistas”. Para ellos, Estados Unidos es un país rico porque ha triunfado en los servicios de alto valor añadido. Por el contrario, si Alemania y Japón son todavía potencias industriales, es porque han fracasado en su paso a la digitalización.
Sin embargo, el temor a la desindustrialización, la nostalgia (acertada o no) por los tiempos pasados, está en la base del éxito de las campañas electorales de Trump. El regreso de esos empleos “perdidos” forma parte del programa económico del hombre que hoy ocupa la Casa Blanca. Y el temor a los efectos de la desindustrialización a causa de la actual oleada de exportaciones chinas es hoy el fantasma que recorre Europa. Muy extendido en el que ha sido el poder industrial más próximo a nosotros, Alemania.
Muchos de los razonamientos favorables al regreso de la manufactura a los países occidentales (que creará más empleo, que crecerán la productividad y los salarios) son discutibles. Solo un argumento es difícil rebatir: un país debe mantener su capacidad industrial por razones geopolíticas y de seguridad. Porque su existencia es una póliza de vida para el futuro, puede ser necesaria cuando menos te lo esperas (como la tecnología sanitaria en tiempos de la covid) y nunca sabes qué es lo que te vas a encontrar. ¿Quién hubiera imaginado hace veinte años que los drones eran tan necesarios para las guerras?
Bajo ese prisma, no tendría mucho sentido relocalizar sectores como el textil, los muebles, los juguetes, el equipamiento deportivo o los adornos de Navidad. Sí lo tendría los coches, las computadoras, los teléfonos, la maquinaria electrónica, la química, o los productos del metal.
Hubo un tiempo en el que los occidentales pensamos que podíamos quedarnos con las actividades inmateriales y dejar el resto para los “otros”. Pero el mundo real ha resultado no ser así.

