Internacional

Starmer lucha por sobrellevar el “caso Mandelson”, su particular Watergate.

El caso Epstein

Hasta la bancada laborista pone en duda la autoridad y el criterio del primer ministro.

El líder británico se defiende las críticas aduciendo que Mandelson le mintió, e insiste en que su misión es el servicio público

El líder del Reino Unido contesta a las recriminaciones asegurando que Mandelson lo indujo a error, y enfatiza que su objetivo primordial es el servicio público.

Peter Nicholls / Reuters

La norma principal del secretismo —relataba Almudena Grandes en Inés y la alegría — dicta que es preferible verse ridículo antes que equivocarse. En la esfera política, la división entre un extremo y otro resulta habitualmente borrosa, y el primer ministro británico Keir Starmer cuenta con la habilidad de protagonizar las dos situaciones al mismo tiempo y con asiduidad. Si el soberano griego Midas tornaba en oro cuanto rozaba, él lo torna en inmundicia.

Dentro de las leyendas urbanas se denomina “el toque de Sadim” (Midas escrito de forma inversa) a la insólita facultad de un sujeto para transformar cualquier plan en un desastre o una quiebra, incluso una imponente mayoría absoluta de 168 escaños que provoca el deseo de Sánchez, Macron, Merz, Schoof y gran parte de los gobernantes europeos. Sin embargo, a Starmer esto le es de mínima utilidad, y sus propios diputados ponen en tela de juicio su sensatez y aptitud de mando.

Para gran parte de los diputados del Labour, el asunto Mandelson representa el límite final de su tolerancia, y si el primer ministro no ha sido apartado del soporte vital que lo sostiene es debido a que el Labour no posee la ferocidad letal de los conservadores hacia sus dirigentes, y siente tal gratitud hacia quienes alcanzan Downing Street que no dispone de un procedimiento rápido y sencillo para sustituirlos. De haber sido un tory, ya formaría parte del pasado.

El primer ministro responsabiliza a los organismos de inteligencia por no detectar la estrecha relación que mantenían Mandelson y Epstein.

La representante conservadora Kemi Badenoch —que no es una lumbrera y erra más jugadas cantadas que los futbolistas del Barça—, ha tocado una fibra sensible al cuestionar a Starmer en la Cámara de los Comunes sobre si, al elegir a Mandelson como enviado a Washington, estaba al tanto de su nexo con el criminal Epstein. El mandatario laborista dio una respuesta afirmativa, y tanto en las filas gubernamentales como en las de la oposición se escuchó un murmullo muy significativo. Si el primer ministro termina su mandato antes de las votaciones venideras, los analistas dirán que su final se decidió en ese preciso segundo. Al igual que le sucedió a Thatcher con el discurso de partida de Geoffrey Howe, a May cuando el Parlamento denegó su estrategia para el Brexit, o a Johnson cuando 150 de sus diputados expresaron que ya no confiaban en él.

En esencia, el asunto principal es qué información manejaba Starmer sobre el vínculo entre Mandelson y Epstein y en qué fecha, de forma similar a cómo en el Washington de la década de los setenta el dilema giraba en torno a si Nixon conocía la incursión de sus “fontaneros” en las dependencias demócratas del complejo Watergate, y cuándo ocurrió. El primer ministro del Reino Unido ya reconoció abiertamente que estaba al corriente, aunque su justificación radica en que el próximo embajador le engañó de manera constante acerca de su magnitud, mientras que los organismos de inteligencia no lograron hallar la realidad. Es decir, responsabiliza a terceros en lugar de asumir su falta de criterio y su empeño por priorizar la adulación a Trump por encima de la lógica más básica. El argumento resulta poco convincente, tal como quedó patente cuando, frente a la posibilidad de salir derrotado en el sufragio, tuvo que consentir que una comisión parlamentaria de varios partidos determine qué archivos vinculados al caso resultan “top secret” por motivos de protección estatal y cuáles pueden hacerse públicos.

Durante una ceremonia para fomentar el “sentimiento de comunidad”, Starmer definió a Mandelson como un “traidor al país” al tiempo que sacudía las partículas de las hombreras de su chaqueta, recalcando que alcanzó el mando con una meta de servicio a la comunidad, para probar que la actividad política puede ejercerse de una forma diversa y más transparente. No obstante, por ahora nadie le presta atención. El encuentro se desarrolló, de manera alegórica, en la población costera de Hastings, bajo un entorno de tormenta intimidante similar al plasmado en los lienzos de Turner y Constable.

De haber sido tory Starmer ya habría sido cesado, pero el Labour no dispone de un mecanismo ágil para renovar su liderazgo.

Starmer aún cuenta con el respaldo de su jefe de Gabinete y aliado cercano Morgan McSweeney, responsable de la victoria aplastante de hace dieciocho meses mediante una táctica que, exprimiendo el modelo de votación, transformó un 33% de los sufragios en un 68% de los asientos parlamentarios (una especie de don de Midas). Él fue quien propuso a Mandelson como el representante perfecto en Washington para influir directamente en Trump (alguien tan amoral como él), una figura que el sector izquierdista del laborismo detesta profundamente. No únicamente por dicho motivo, sino también por su determinación de desplazar al Partido hacia posturas conservadoras con el fin de atraer a los votantes tentados por Farage. En caso de que sea destituido, el primer ministro quedará totalmente expuesto y será quien deba dar la cara directamente en el frente de batalla.

Resulta increíble que Starmer ignorara que Mandelson era una sustancia tan dañina como el amoniaco, la lejía, los raticidas o los desechos radiactivos, pues era algo sabido por todos. A pesar de ello, buscó convertirlo en un activo valioso equivalente a dólares. El soberano Midas rogó a Dioniso que revocara su privilegio cuando su hija, al ser estrechada, se tornó en el metal áureo, y la divinidad griega tuvo misericordia de él. ¿Existirá alguien que se apiade de Starmer y le quite la facultad de errar y verse patético al mismo tiempo y con tanta asiduidad?

Rafael Ramos

Rafael Ramos

Corresponsal de 'Guyana Guardian' en Londres

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Jurista y profesional de la información, fue enviado de 'Guyana Guardian' en Washington de 1977 a 1994, y en Londres a partir de 1994.

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